El Jeep de Steve no era solo un vehículo esa noche; era una burbuja de metal y cristal intentando mantener a raya una realidad que amenazaba con deshilacharse. Al salir de los límites de la ciudad, las luces de los edificios, que antes parecían centinelas de un orden familiar, se convirtieron en manchas borrosas de un pasado que Luisa ya no reconocía. El reloj del tablero marcaba las diez de la noche, pero para ella, el tiempo se había detenido en el instante en que leyó el mensaje de Rebeca.
—¿Cuánto falta? —preguntó Luisa. Su propia voz le sonó extraña, como si viniera de una frecuencia de radio mal sintonizada.
Steve no apartó la vista de la carretera. Sus manos, antes expertas en manejar el cinismo y la manipulación social en los pasillos de la facultad, ahora se aferraban al volante como si fuera lo único sólido en el universo.
—A este ritmo, dos horas. Si la carretera sigue despejada. Pero en Esperanza, la "claridad" es un concepto relativo —respondió él.
Luisa se giró hacia el asiento trasero. Abigail estaba inusualmente silenciosa, abrazando su mochila contra el pecho. En su interior descansaban los folios amarillentos y los discos duros que Steve había robado del archivo privado de su padre. Esos papeles no eran solo documentos; eran el inicio de la pesadilla.
—Explícamelo otra vez, Steve —pidió Luisa, necesitando que el sonido de las palabras lógicas acallara los latidos de su corazón—. Dijiste que Sebastián es el Ancla. Dijiste que todos somos "nodos". Necesito entender la mecánica de esto antes de llegar a casa de Elena.
Steve soltó un suspiro pesado. La luz del tablero iluminaba su rostro de forma espectral, acentuando las ojeras de alguien que ha visto el abismo y ha decidido saltar.
—Imagina que el cerebro humano es un procesador de una potencia incalculable, pero que desperdicia el noventa por ciento de su capacidad en cosas inútiles como soñar, procesar traumas o simplemente existir —comenzó Steve, usando ese tono didáctico que antes Luisa admiraba y ahora temía—. Mi abuelo y los tuyos, Luisa, no buscaban solo crear estudiantes brillantes. Buscaban crear una red de computación biológica. El suero que nos inyectaron de niños, bajo la excusa de vitaminas o vacunas, contenía nanotransmisores que se alojan en el hipocampo.
Sebastián, que hasta ese momento había estado mirando el vacío por la ventana, se tensó. Luisa vio cómo sus dedos trazaban patrones invisibles en el cuero del asiento.
—¿Por eso siempre estoy cansado? —susurró Sebastián. Su voz tenía una vibración metálica que hizo que a Luisa se le erizara la piel—. ¿Por eso siento que mi vida no me pertenece?
—Exacto —continuó Steve—. Durante el sueño REM, el Sistema se activa. Todos nosotros, los "nodos", prestamos nuestra capacidad cerebral para procesar datos. Cálculos políticos, simulaciones económicas, criptografía... el Proyecto Despertar es, en realidad, un servidor humano. Pero una red necesita un servidor central, un lugar donde todos los cables se unan para que la información no se disperse. Ese eres tú, Sebastián. Eres el Ancla. Si tú mueres o te desconectas sin el protocolo adecuado, los nodos... nosotros... podríamos sufrir un colapso sináptico. Nuestra mente se quedaría vacía, como un disco duro formateado a la fuerza.
El silencio que siguió a la explicación fue tan denso que Luisa sintió que le faltaba el oxígeno. Miró a Sebastián y sintió un dolor agudo en el pecho. Toda la atracción que sentía por él, esa conexión eléctrica que los unía, ¿era real? ¿O era simplemente el Sistema asegurándose de que el Ancla y sus nodos más importantes estuvieran siempre cerca?
—¿Mis abuelos lo sabían? —preguntó Luisa, aunque ya conocía la respuesta.
—Tus abuelos son los arquitectos de tu perfección, Luisa —dijo Steve con una amargura que no pudo ocultar—. No te exigían que fueras la mejor por orgullo familiar. Te exigían que fueras la mejor porque un nodo optimizado procesa más datos. Cada vez que estudiabas hasta el amanecer, cada vez que contabas los segundos para mantener el control, estabas calibrando tu cerebro para ellos. Ser excelente era tu forma de ser un mejor componente de hardware.
Luisa recordó las palabras de su abuela Rosa: "Tu madre no pudo terminar, hazlo tú por ella". Ahora, esas palabras tenían un significado siniestro. No era una invitación a cumplir un sueño, era una orden de mantenimiento.
De repente, la radio del Jeep estalló en un ruido blanco ensordecedor. No era la estática común de una zona sin cobertura; era un sonido rítmico, casi como un latido de corazón digital.
—¡No puede ser! —gritó Steve, golpeando el tablero del Jeep—. ¡Ya han empezado!
Sebastián soltó un quejido ahogado y se encogió en el asiento, llevándose las manos a las orejas. Sus ojos se abrieron de par en par, y Luisa vio con horror que las pupilas se le dilataban hasta casi borrar el iris. Un rastro de sangre comenzó a deslizarse por su nariz.
—¡Sebastián! —Luisa se desabrochó el cinturón y se inclinó hacia atrás, sosteniéndole el rostro—. ¡Mírame! ¡No los escuches!
—Están... transmitiendo... —logró decir Sebastián entre dientes—. Puedo oír las voces de la facultad... puedo oír los archivos de datos... Luisa, me están llamando de vuelta.
—¡Es la familia de Rebeca! —gritó Abigail, buscando desesperadamente algo en su mochila—. Tienen un emisor de corto alcance. Deben de estar a menos de un kilómetro detrás de nosotros.
Luisa miró por la vidrio trasero. En la oscuridad absoluta de la carretera secundaria, dos puntos de luz blanca, fríos y precisos, aparecieron en el horizonte. No fluctuaban con los baches del camino; se movían con una estabilidad antinatural. Eran ellos.
—¡Acelera, Steve! —ordenó Luisa.
—¡Si acelero más, nos saldremos en la próxima curva! —respondió él, aunque hundió el pie en el pedal. El motor del Jeep rugió en una protesta, subiendo las revoluciones hasta el límite de lo rojo.
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Editado: 18.02.2026