El Jeep de Steve rugió una última vez antes de que él apagara el motor, dejando que el silencio de Esperanza cayera sobre ellos como un manto pesado y antiguo. Luisa bajó del vehículo sintiendo que sus pies tocaban algo más que tierra; el suelo aquí vibraba con una quietud que no era vacío, sino plenitud.
Frente a ellos se alzaba una construcción que desafiaba la lógica del tiempo. La casa de Elena era una estructura de piedra volcánica y madera, semienterrada en la ladera de una colina. Pero lo que Luisa no esperaba eran los detalles: pequeños huertos de hierbas medicinales que crecían en perfecta armonía con sensores de frecuencia camuflados entre las rocas, y una rústica cruz de madera de pino clavada sobre el dintel de la puerta.
—No toquen nada —advirtió Abigail, su voz era apenas un susurro—. Mi madre tiene trampas de frecuencia. Si el Sistema no reconoce sus firmas, les freirá los nervios.
La puerta se abrió con un gemido pesado. Elena apareció en el umbral. No era la científica fría que Luisa imaginaba. Tenía el cabello cano recogido en una trenza sencilla y unos ojos que, aunque habían visto el fin del mundo, ahora reflejaban una paz insondable. Llevaba una escopeta al hombro, pero en su otra mano sostenía un rosario de madera cuyas cuentas estaban gastadas por el uso.
—Llegas tarde, Abigail —dijo Elena. Su voz era como el crujido de hojas secas, pero con una melodía de calma—. Y traes compañía que huele a laboratorio y a soberbia humana.
Elena clavó su mirada en Sebastián. El chico dio un paso atrás, sintiendo que el destello azul en sus ojos pulsaba con violencia.
—¿Es él? —murmuró Elena, y por primera vez el miedo cruzó su rostro, seguido de una rápida señal de la cruz—. El Ancla. Han traído el epicentro de la torre de Babel a mi casa. Pasen rápido, antes de que el cielo se cierre sobre nosotros.
El interior de la casa era un santuario donde la tecnología obsoleta y la fe convivían sin conflicto. Estanterías llenas de frascos de vidrio con hierbas medicinales flanqueaban monitores de tubo catódico. Sobre una mesa llena de cables de fibra óptica, descansaba una Biblia abierta, y una libreta subrayada con notas técnicas sobre neurología.
—¿Eres tú quien tiene el Componente B? —preguntó Luisa, incapaz de contener su necesidad de respuestas.
Elena la miró con una compasión que desarmó a la joven. —Tú eres la hija de Sofía. Tienes su mirada, Luisa, pero también su agobio. Ella creía, como tú, que podía salvarse a sí misma siendo perfecta. Pero el Sistema te enseña a ser un dios de silicio, y solo te convierte en un esclavo de carne. Yo encontré aquí lo que ella no pudo: un refugio en el Altísimo. El suero detiene la conexión, pero solo la Gracia detiene el dolor de existir, tienen que encontrar la voz de Dios en interior para llenar sanar sus mentes y sus corazones.
Bajaron al sótano, que olía a ozono y a incienso. En el centro, una silla reclinable estaba rodeada por bobinas de cobre.
—El Sistema es una perversión de la creación —explicó Elena mientras cargaba el líquido ámbar—. Dios nos dio mentes para crear, no para ser procesadores de datos ajenos. Lo que voy a inyectarle es un solvente químico, pero Sebastián debe querer despertar. Si su alma no busca la salida, el suero solo quemará sus venas.
—Siéntalo ahí —ordenó Elena, señalando a Sebastián.
Steve ayudó a Sebastián a sentarse. El chico estaba pálido, casi translúcido. El sudor frío le empapaba la camiseta.
—Luisa —susurró Sebastián, buscándola con la mano—. Siento que el suelo desaparece. Oigo... oigo el servidor. Es una biblioteca, pero está ardiendo. Todos los libros se están convirtiendo en humo.
—Es el borrado preventivo explicó Elena —. El Sistema prefiere destruir al Ancla antes de que caiga en manos de la disidencia. Lo que vamos a hacer es peligroso. El Componente B no es una medicina; es un solvente. Va a "limpiar" los nanotransmisores de su sangre, pero para hacerlo, tiene que romper la barrera hematoencefálica. Va a doler.
Luisa se acercó a Elena mientras esta preparaba el líquido de color ámbar en una cánula de cristal.
Steve, que había estado observando los monitores con una mezcla de escepticismo y asombro, intervino mientras ayudaba a sujetar a un Sebastián tembloroso.
—Elena, entiendo tu fe, pero lo que mi padre y los abuelos de Luisa hicieron no es culpa de la tecnología en sí —dijo Steve, mirando la consola—. La Inteligencia Artificial es buena, es una bendición si tiene aplicaciones que ayudan a la humanidad. Imagina una IA que detecte tumores antes de que crezcan, o que distribuya alimentos en zonas de hambruna sin corrupción. Eso es progreso ético. El pecado del Proyecto Despertar no fue la IA, fue usarla para manipular sin ética a los seres humanos, convirtiendo el libre albedrío en un algoritmo de mercado.
Elena sonrió tristemente mientras insertaba la cánula en el brazo de Sebastián. —El conocimiento sin temor de Dios es solo una torre de Babel más alta, Steve. Tu IA puede ser buena, pero si el programador se cree el dueño de la verdad, terminará creando otra prisión.
En el momento en que el Componente B entró en el torrente sanguíneo de Sebastián, las luces del sótano parpadearon con una violencia eléctrica. Un zumbido agudo llenó la habitación. Sebastián se arqueó, sus ojos se pusieron completamente blancos.
—¡Está entrando en shock! —gritó Steve.
—¡Es el borrado preventivo! —exclamó Elena, cayendo de rodillas pero manteniendo la mano sobre el brazo del chico—. ¡El Sistema siente que pierde el control! ¡Luisa, sujétalo! Tú eres su conexión con este mundo, la única que Sofía protegió antes de nacer.
Luisa no escuchó las órdenes técnicas. Se movió por instinto, un instinto que no venía de sus años de estudio, sino de un vacío en su pecho que empezaba a doler. Tomó la mano de Sebastián y, a pesar de las chispas estáticas que saltaban entre ellos, no lo soltó.
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Editado: 18.02.2026