A despertar también se aprende

El Factor Humano (La Anomalía de Sebastián)

El Jeep de Steve avanzaba por la carretera secundaria, esquivando los focos de vigilancia de la universidad. Dentro, el silencio era denso. Luisa no dejaba de observar a Sebastián; según los registros del Proyecto Despertar que Steve había hackeado, cualquier "sujeto" inyectado con el Componente B debería haber experimentado un borrado sináptico completo en menos de seis horas. Sin embargo, Sebastián no solo recordaba su nombre, sino que sostenía la mano de Luisa con una fuerza que no era la de un autómata.

—¿Cómo es posible? —preguntó Abigail desde el asiento del copiloto, rompiendo el silencio—. Vimos cómo le inyectaban el suero. Debería estar... vacío.

Steve, con la vista fija en el camino, soltó una risa amarga. —El Sistema asume que el cerebro humano es un disco duro que se puede formatear. Pero se olvidaron de una variable que no pueden medir en sus laboratorios de cristal.

Sebastián intervino entonces, con una voz que sonaba más profunda, como si viniera de un lugar lejano. —No es que el suero no haya funcionado —dijo, mirando a Luisa—. Lo sentí. Sentí el frío recorriendo mis venas, intentando apagar cada recuerdo, cada rostro. Era como una marea negra subiendo por mi garganta.

—¿Y qué te detuvo? —susurró Luisa.

—Tú. Y los sauces —respondió él con una sonrisa triste—. El Sistema intenta borrar datos, Luisa. Pero lo que nosotros compartimos no son datos. El Componente B ataca la memoria lógica, la que usamos para los exámenes y las fórmulas. Pero no puede tocar la memoria emocional.

Steve asintió, explicando la ciencia detrás del milagro: —El Proyecto Despertar diseñó el suero para estudiantes que solo viven para el intelecto. Como el mundo de Luisa antes de conocerte. Si tu identidad se basa solo en tus notas y tus logros, el suero te destruye. Pero Sebastián... él nunca encajó en su molde. Su ancla no es el éxito, es el amor y la fe. El suero buscaba archivos de ambición para borrarlos, pero solo encontró poemas, recuerdos de café con azúcar y la promesa de no dejarte sola. El Componente B "resbaló" porque no encontró una superficie rígida donde agarrarse.

El aire en el búnker subterráneo de la Facultad de Ciencias Aplicadas era pesado, cargado de un ozono sintético que picaba en la garganta. Frente a ellos, el Núcleo del Proyecto Despertar pulsaba con una luz azul, rítmica y fría, como el latido de un corazón de silicio. Era una esfera de cristal líquido suspendida en un vacío magnético, rodeada por miles de cables que se ramificaban hacia las paredes, conectando las mentes de cientos de estudiantes que, en ese mismo instante, dormían en sus cubículos de inducción, alimentando con su energía psíquica los algoritmos de predicción de la Universidad.

Steve tecleaba con una furia mecánica en su terminal portátil. Sudor frío le resbalaba por las sienes. —El cortafuegos es una pesadilla de geometría no euclidiana —masculló sin apartar la vista de la pantalla—. Si intento un ataque de fuerza bruta, el sistema detectará la intrusión y desconectará los soportes vitales de los nodos. Matará a los estudiantes para salvar los datos.

Luisa miró a Sebastián. Él estaba sentado en una silla de metal en el centro de la sala, con los electrodos ya adheridos a sus sienes. Se veía extrañamente en paz, una calma que contrastaba con el caos de alarmas silenciosas que parpadeaban en las pantallas.

—No vamos a usar fuerza bruta —dijo Luisa, su voz resonando con una autoridad que no sabía que poseía—. Vamos a usar la Verdad.

Abigail, que vigilaba la puerta con un extinguidor en la mano (lo más parecido a un arma que habían podido encontrar), se giró con los ojos muy abiertos. —Lu, explícate rápido, porque oigo pasos de las unidades de seguridad en el nivel superior.

—El Componente B —empezó Luisa, acercándose a Sebastián— fue diseñado para borrar el pasado, para convertirnos en pizarras en blanco donde ellos pudieran escribir su éxito programado. Pero Sebastián no se borró. No porque sea más fuerte físicamente, sino porque su identidad no está construida sobre lo que el mundo le exige, sino sobre lo que él ama. El sistema no sabe procesar el amor desinteresado ni la fe. Para la máquina, eso es "ruido blanco", una anomalía sin valor.

Sebastián tomó la mano de Luisa. Sus dedos estaban cálidos, un recordatorio vibrante de vida en medio de tanta tecnología inerte. —Estoy listo —susurró él—. Siento el sistema llamándome. Es como un susurro que me pide que me rinda, que olvide. Pero cada vez que lo escucho, recuerdo el sabor del café que me diste, el olor de los sauces después de la lluvia... y recuerdo que hay Alguien más grande que este código cuidándonos.

Steve hizo una pausa y miró a Sebastián con una mezcla de escepticismo y respeto. —Si te conecto directamente al bus de datos del Núcleo, tu mente será el puente. Luisa, tú tendrás que entrar con él a través de la interfaz de sueño lúcido. Serás su guía. Pero si el sistema los absorbe...

—No lo hará —interrumpió Luisa con firmeza—. Esta batalla no la podemos hacer solos, hagamos una pequeña oración, pidamos a Dios que nos de la sabiduría y fortaleza para vencerlos. Todos se tomaron de las manos hicieron una pequeña oración un poco torpe pero salida del corazón. — No estamos solos en este cableado, Steve. Conéctanos.

Con un clic definitivo, Steve ejecutó el comando.

El mundo físico desapareció en un estallido de estática blanca.

Luisa abrió los ojos en la biblioteca de cristal, pero esta vez el paisaje era distinto. No eran estanterías infinitas de libros ordenados; el suelo bajo sus pies vibraba con un código binario que fluía como lava incandescente. El cielo era una red de nervios ópticos que destellaban con los pensamientos de los estudiantes atrapados: ¿Sacaré un 10? No puedo fallar. Mis padres se decepcionarán. Necesito ser el mejor.

A unos metros de ella, Sebastián estaba de pie, envuelto en una luz dorada y suave que parecía repeler la oscuridad digital del entorno. Sin embargo, desde las sombras de la biblioteca, empezaron a emerger figuras sin rostro: los Vigilantes del Sistema. Eran proyecciones de los decanos y profesores, pero distorsionadas, gigantescas, compuestas de fórmulas matemáticas y sentencias de reprobación.




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