A despertar también se aprende

Los Hilos de la Redención

La casa de los abuelos de Luisa, situada en el sector más antiguo de la ciudad, olía a madera encerada, té de jazmín y a un silencio que se había cultivado cuidadosamente durante años. Para Luisa, cruzar ese umbral siempre había sido como entrar en una auditoría de vida; cada cuadro perfectamente alineado y cada alfombra persa parecían juzgar si su postura era lo suficientemente recta o sus notas lo suficientemente altas para merecer el apellido.

Sin embargo, esa tarde el aire pesaba de forma distinta. Luisa no llevaba la ropa gris que solía usar para ir a la universidad, ni cargaba con la mochila repleta de libros que solía usar como escudo. Llevaba, en cambio, la verdad grabada en los ojos.

Sus abuelos estaban sentados en el sofá de terciopelo azul, frente a una mesa de centro donde el vapor del té se disipaba en el aire frío. Don Juan mantenía la espalda rígida, pero sus manos, nudosas y marcadas por las manchas de la edad, temblaban levemente sobre sus rodillas. Doña Rosa evitaba la mirada de su nieta, observando con una fijeza dolorosa el retrato de la madre de Luisa que descansaba sobre la chimenea.

—Sé por qué lo hicieron —comenzó Luisa, y su voz, aunque suave, cortó el silencio como un cristal—. Steve encontró los registros encriptados. Ustedes no solo sabían del Proyecto Despertar; financiaron parte de la fase inicial con el patrimonio familiar.

Don Juan suspiró, un sonido que pareció vaciarlo de la severidad que lo había caracterizado por décadas. —Tu madre era... demasiado sensible para este mundo, Luisa. Se rompía con cada fracaso, con cada crítica. Pensamos que, si fortalecíamos tu mente, si eliminábamos mediante la tecnología la posibilidad del error y la duda, estarías a salvo de la oscuridad que la consumió a ella. No queríamos una nieta brillante, queríamos una nieta que no pudiera ser lastimada.

—Intentaron protegerme convirtiéndome en una máquina —respondió Luisa, acercándose hasta quedar frente a ellos—. Pero el amor no es un algoritmo que se pueda optimizar. El miedo de ustedes fue la jaula de mi madre, y casi se convierte en la mía. Me enseñaron que fallar era el fin del mundo, cuando en realidad, fallar es lo que nos hace humanos.

Doña Rosa finalmente levantó la vista. Sus ojos, que siempre habían exigido perfección, estaban anegados en lágrimas. —Solo queríamos que fueras invencible, hija. Que nadie pudiera decirte que no eras suficiente.

Luisa se arrodilló frente a ellos, tomando las manos de ambos entre las suyas. Sentir la piel fría y arrugada de sus abuelos la llenó de una compasión inesperada. —No necesito ser invencible para ser amada. He aprendido que la verdadera fortaleza no está en no caer, sino en saber que, incluso si fallo, Dios me sostiene y ustedes son mi familia. Los perdono. No porque lo que hicieron fuera correcto, sino porque no quiero que el miedo y el rencor sea el arquitecto de mi futuro.

El abrazo que siguió fue torpe y largo, un nudo de años de expectativas rotas que finalmente se soltaba. Por primera vez en esa casa, el aire no se sentía como una deuda impagable, sino como un espacio limpio para volver a empezar.

Más tarde, mientras el sol se ocultaba tras las colinas neblinosas de la ciudad, tiñendo el lago de un violeta profundo, Luisa caminó hacia el sauce llorón que custodiaba la orilla. Allí estaba Sebastián. Estaba sentado sobre la raíz más gruesa, con una pequeña libreta de bocetos sobre las rodillas.

—He terminado con el pasado —dijo ella, sentándose a su lado. El roce de sus hombros envió una chispa de calidez a través de su abrigo.

Sebastián cerró la libreta, pero no antes de que Luisa viera que el dibujo era un retrato de ella, pero no la Luisa tensa de los exámenes, sino una Luisa que sonreía con los ojos cerrados. —Entonces supongo que ahora hay mucho espacio libre en tu memoria para el presente —dijo él con esa voz pausada que siempre lograba que el ritmo cardíaco de Luisa se normalizara.

Se quedaron en silencio un largo rato, escuchando el susurro de las hojas del sauce rozando el agua. Sebastián extendió la mano y, con una delicadeza casi reverente, tomó la mano de Luisa. Empezó a trazar círculos lentos en la palma de ella con su pulgar.

—A veces me pregunto —susurró él, acercándose tanto que Luisa podía oler el rastro de café y aire fresco que siempre lo acompañaba— si todo el caos, el suero del Componente B y la biblioteca de cristal, fueron solo el precio que tuvimos que pagar para estar aquí, ahora, sin nada que ocultar.

—¿Incluso después de que casi te pierdo? —preguntó Luisa, girándose hacia él. Sus ojos buscaban los de él, necesitando confirmar que la "anomalía" seguía ahí, que él seguía siendo el chico que amaba el azúcar y los libros viejos—. Tuve tanto miedo de que, al despertar, yo fuera solo una extraña para ti.

—El sistema nunca tuvo oportunidad, Luisa —respondió él, y su mirada se volvió intensa, cargada de una devoción pura—. Porque tú estabas guardada en la parte de mi alma que no tiene cables ni código de acceso. No te quiero porque seas la alumna estrella. Te quiero porque eres la única que sabe leer mis silencios. Te quiero cuando estás cansada, cuando tienes miedo y cuando no sabes qué dirección tomar.

Luisa sintió que el último rastro de su armadura de perfección se desmoronaba. Se inclinó hacia él, apoyando su frente contra la suya, cerrando los ojos para disfrutar la cercanía. —Sebastián... eres el primer lugar donde no siento que tengo que correr para ser aceptada.

Sebastián acortó la distancia final. Fue un beso lento, que comenzó con la suavidad de una promesa y creció con la fuerza de quien ha recuperado algo que creía perdido para siempre. Sabía a libertad, a la paz de la oración y al café compartido. En ese instante, bajo las ramas del sauce, Luisa comprendió que su verdadera identidad no estaba en sus logros, sino en ese amor que no le pedía sacrificios, sino que simplemente le permitía existir.




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