A despertar también se aprende

Epílogo

La luz de la mañana en la ciudad ya no tenía aquel matiz frío y azulado, casi clínico, que Luisa recordaba de sus años en la facultad. Ahora, el sol se filtraba a través de las hojas de los robles con una calidez orgánica, proyectando sombras irregulares y vivas sobre el pavimento de piedra de la plaza central. Habían pasado cinco años desde que el núcleo del Proyecto Despertar colapsara, y con él, la estructura de una sociedad que medía el valor humano en bits de productividad y algoritmos de éxito predecible.

Luisa se detuvo frente a la vitrina de una pequeña pero elegante librería en la calle principal, cerca de donde antes se erigía el muro perimetral de la universidad. En el centro del escaparate, un ejemplar de tapa dura descansaba sobre un atril de madera oscura. La portada era minimalista: una pluma estilográfica cuya tinta se transformaba en una bandada de pájaros alzando el vuelo. El título brillaba en letras doradas: "La Variable No Escrita". Debajo, el nombre del autor: Sebastián Montenegro.

Luisa sonrió, sintiendo un nudo de orgullo en la garganta. El chico que el sistema intentó borrar, aquel cuya mente fue marcada con el Componente B para ser una pizarra en blanco, se había convertido en la voz más influyente de la nueva literatura humanista. Su libro no era solo una historia; era el manifiesto de una generación que había decidido que el destino no se programa, se vive.

Ella ya no llevaba el reloj inteligente que cronometraba sus ciclos de sueño y sus niveles de cortisol. Sus pasos eran pausados, rítmicos, movidos por el propósito y no por la urgencia de una alarma a las cinco y treinta. Se dirigía a la inauguración del nuevo Centro de Desarrollo Humano "Raquel", nombrado en honor a su madre. El edificio ocupaba el mismo espacio donde antes se erguía el ala de laboratorios de inducción onírica, pero donde antes había muros de concreto reforzado y escáneres de retina, ahora había amplios ventanales, claraboyas y jardines verticales que oxigenaban el ambiente.

—Llegas justo a tiempo para el caos controlado —dijo una voz familiar, cargada de una energía eléctrica que los años no habían logrado mitigar.

Abigail salió al encuentro de Luisa. Llevaba el cabello corto, teñido de un lila vibrante, y una tableta bajo el brazo que no dejaba de emitir notificaciones de colores. Abigail no había cambiado su esencia caótica, pero la había canalizado con una maestría asombrosa. Ahora era la Directora de admisión alternativa de la universidad, un puesto creado para identificar talentos que no encajaban en las pruebas estandarizadas.

—¿Dónde está el resto de la resistencia? —preguntó Luisa, abrazando a su amiga. El aroma de Abigail seguía siendo el mismo: una mezcla de perfume cítrico y la energía de alguien que ha tomado tres cafés antes de las nueve.

—Steve está en el nivel inferior, probablemente peleándose con el servidor central porque el nuevo protocolo de privacidad "solo" tiene un 99.9% de efectividad y él quiere el cien —rio Abigail, rodando los ojos con afecto—. Y Sebastián... bueno, ya conoces a tu marido. Está en el jardín trasero, hablando con los primeros becarios. Dice que necesitan "enraizarse" antes de que los discursos oficiales les llenen la cabeza de pájaros.

Caminaron juntas por los pasillos del centro. El ambiente era vibrante, pero de una forma que Luisa nunca habría imaginado en su etapa de estudiante. No había el silencio sepulcral de la antigua facultad, aquel silencio cargado de competencia y envidia. Se oían risas, el sonido de un violonchelo practicando en un aula cercana y debates apasionados sobre ética y fe.

En una de las aulas de integración, Luisa se detuvo un momento. Un grupo de jóvenes trabajaba en un mural colectivo. Recordó cómo ella misma, cinco años atrás, no habría podido concebir el arte como algo "útil" para el currículum. Ahora comprendía que el arte era la variable que el Proyecto Despertar nunca pudo cuantificar: la expresión del espíritu que se niega a ser medido.

En el despacho principal, encontraron a Steve. Aunque seguía vistiendo con una elegancia impecable —un traje de lino que gritaba dinero, pero con una actitud mucho más relajada—, había dejado atrás la armadura de cinismo que solía protegerlo. Estaba inclinado sobre un monitor de última generación, pero al ver a Luisa, se levantó con una sonrisa que ya no era una mueca de superioridad, sino de bienvenida cálida.

—Luisa. Me alegra que hayas venido. Acabo de terminar de blindar la red del centro. He usado un cifrado basado en patrones aleatorios de crecimiento biológico. Ni siquiera el antiguo Rector, si volviera de su exilio legal, podría encontrar un patrón aquí. Nadie volverá a usar los sueños de estos chicos como laboratorios de datos.

—Gracias, Steve. Por usar el legado de tu familia para deshacer el nudo que ellos mismos crearon —dijo Luisa con sinceridad.

Steve miró a Abigail, quien estaba revisando unos horarios en su tableta mientras mascaba chicle ruidosamente. —Bueno, tuve una consultora de seguridad bastante... ruidosa —admitió él, señalándola—. Ella me recordó que la tecnología sin propósito es solo metal frío. Y que el caos es, a veces, la forma más alta de orden. No sé en qué estado mental estaba cuando se lo dije y ahora no deja de repetirlo.

La ceremonia oficial comenzó al mediodía bajo la gran cúpula de cristal del patio central. El jardín estaba lleno: antiguos alumnos que habían sido víctimas del experimento, familias que habían recuperado a sus hijos de la apatía inducida, y los abuelos de Luisa, Ernesto y Elena. Ver a sus abuelos allí, sentados en primera fila, con expresiones de paz y no de evaluación crítica, fue el mayor triunfo de Luisa. Habían aprendido a ser abuelos en lugar de jueces de la excelencia; habían aceptado que la imperfección de su nieta era lo que la hacía verdaderamente valiosa.

Cuando llegó el turno de Sebastián para hablar, el bullicio cesó de inmediato. Se puso de pie con su libreta de siempre, la misma que sobrevivió a la persecución en los túneles de Esperanza. Ya no era el "Sujeto 402" ni una anomalía que debía ser corregida. Era un hombre cuya sola presencia irradiaba una serenidad que parecía contagiosa.




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