A destiempo

Capítulo 3: La chispa que no esperabas

Nunca imaginé que una simple risa pudiera desarmarme por dentro.

El autobús me dejó en la entrada del pueblo al caer la tarde. El aire estaba tibio, con ese olor a pasto recién cortado y tierra seca que siempre me hacía sentir que volvía a casa. Avancé por la calle, cargando la mochila, escuchando el canto de los grillos mezclado con algún ladrido lejano. Saludé con un gesto a dos vecinos que me miraron curiosos.

Al doblar la esquina, apareció la casa del abuelo. La galería pintada de verde seguía igual. Las macetas torcidas llenas de geranios, igual. Incluso la hamaca de hierro que crujía con el viento estaba en el mismo lugar. Me quedé mirándola unos segundos.

Crucé el portón despacio, subí los tres escalones de cemento y empujé la puerta.

Entonces lo escuché.

La risa del abuelo. Fuerte. Limpia. Como una bocanada de aire fresco que me golpeó en el pecho. Me quedé quieto en el pasillo, como si esa carcajada me hubiera detenido los pies. El eco venía de la cocina. Y junto a esa voz grave y conocida, se colaba otra risa: más aguda, joven, musical… y desconocida.

Dejé la mochila sobre el sofá, procurando no hacer ruido. Avancé con cuidado. Me asomé.

Ella estaba allí.

De espaldas, pasándole un mate al abuelo. El pelo oscuro recogido en una trenza algo desordenada que le caía sobre el hombro. Vestía un vestido claro, suelto, de esos que parecen moverse con cualquier soplo de aire. Giró la cabeza para decir algo y entonces la vi de verdad.

El tiempo se dobló.

Su sonrisa tenía algo que no podía clasificar: mitad tímida, mitad luminosa. Como si no fuera consciente de lo que provocaba. Sus ojos —negros, grandes, con un brillo que no sabía nombrar— me miraron apenas un segundo. Suficiente para dejarme clavado ahí, como si algo invisible me retuviera.

—¡Hombre, mira quién ha vuelto! —dijo el abuelo, poniéndose de pie con esa sonrisa traviesa que le conocía desde chico—. El explorador.

Me abrazó fuerte. Olía a madera, a campo, a un leve humo que parecía impregnado en la ropa.
—¿Qué tal el viaje? —preguntó, dándome dos palmadas en la espalda.
—Largo, pero bien. Ya tenía ganas de volver —respondí, sin apartar los ojos de ella. No era un descuido; era una necesidad.

—Miguel, esta es Vida —dijo Paco con entusiasmo—. Y Vida, este es mi nieto.
—Hola —dijo ella, con voz suave pero clara.
Asentí con una sonrisa torpe.
—Hola —alcancé a decir, más bajo de lo que quería.

En ese momento apareció Clara como un torbellino.
—¡Pero bueno, Miguel! Menudo viaje te has pegado, chaval. ¡Ya era hora de que volvieras! —me abrazó rápido y fuerte, y añadió—: Que sepas que te hemos echado un montón de menos.
—Yo también a vosotros —contesté, sonriendo.

Entre bromas, nos sentamos todos alrededor de la mesa. El mate empezó a circular. El abuelo se acomodó en su silla favorita y dijo, mirando a Vida:
—Esta niña me está enseñando a cebar mate como Dios manda. Aunque creo que me pone más nervioso que tu abuela cuando me vigila desde la galería.

Vida sonrió y le pasó el mate con cuidado, como si manejara algo frágil. Yo me senté a su lado sin pensarlo demasiado. Estar cerca me parecía lo más natural del mundo.

—¿Qué tal el viaje? —preguntó el abuelo, tomando un sorbo largo.
—Bien. Playa, amigos… lo de siempre.
—¿Y algún romance veraniego? —saltó Clara, con una sonrisa cómplice.

Me reí y respondí mirando hacia Vida:
—Nada serio.

Ella bajó la mirada hacia la mesa, jugando con el borde del pañuelo que tenía sobre las rodillas. No supe si fue alivio o incomodidad.

La charla siguió. Yo exageraba anécdotas solo para ver si lograba arrancarle otra risa. Ella escuchaba sin interrumpir, con una atención que no parecía fingida. El abuelo metía chistes en medio de mis frases y me guiñaba un ojo cuando Vida no miraba.

En un momento, Clara se levantó para buscar más pan. Entonces ocurrió.

Ambos fuimos por la panera al mismo tiempo.
Nuestros dedos se rozaron. Apenas un instante.
Suficiente para que un latigazo me recorriera desde la mano hasta el pecho.

Ella apartó la mano como si se hubiera quemado, bajando la vista.
Yo me quedé inmóvil, sintiendo cómo el corazón me golpeaba despacio, demasiado fuerte. El aire parecía haberse detenido.

—Perdona —susurró, sin levantar la mirada.
—No ha sido nada —mentí. Fue todo.

Seguimos hablando, pero en mí algo se había encendido. No podía explicarlo. Solo sabía que quería volver a tocarla. No por accidente. A propósito.

Después de cenar, el abuelo se quedó contando historias que ya conocía, pero esta vez me quedé escuchando igual. Vida reía de vez en cuando, y yo buscaba excusas tontas para mirarla. Cada vez que lo hacía, ella respondía con una sonrisa breve, como si no pudiera evitarlo.

Cuando nos levantamos, el abuelo la llamó para ayudarlo a lavar las tazas. Me quedé en la galería con Clara, mirando el cielo. Estaba lleno de estrellas. Clara me preguntaba por la ciudad, por mis amigos, por mis planes. Yo respondía, pero una parte de mí seguía atenta a la cocina: al agua corriendo, a las voces apagadas, a una risa suave que llegaba hasta mí.

Al rato, Vida salió secándose las manos con un repasador. La trenza estaba más suelta, con mechones cayéndole por la cara. Se despidió con un “buenas noches” que me miró un segundo más de lo necesario.

Me quedé en la galería un rato más, escuchando el sonido de los grillos y el viento moviendo la hamaca. Después subí a mi cuarto.

No encendí el televisor. Ni revisé el móvil. Me tiré en la cama mirando el techo, escuchando los ruidos de la madera vieja. Cerré los ojos, y su risa volvió, nítida, como si estuviera a mi lado.

No fue un flechazo. No aún. Fue más bien como si algo que llevaba años dormido hubiera abierto los ojos. No era solo atracción. Era esa sensación rara de que alguien, sin proponérselo, podía devolverte partes de ti mismo que creías perdidas.




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