Apenas la vio alejarse, supe que algo estaba mal.
Vida no me miró igual.
No como anoche. No como aquella mañana en la cocina, cuando ella cebaba mate tarareando bajito y yo la observaba con una sonrisa que se me había quedado tatuada en el pecho. Lo supe. Lo sentí como un golpe seco. Había algo distinto en su mirada ahora. Más fría. Más distante. Más... herida.
Y todo por Valeria.
Me quedé quieto un instante, entre el murmullo del cumpleaños y el patio lleno de globos de colores, con esa incomodidad ardiéndome por dentro. Había invitado a Valeria porque no supe cómo decir que no. Porque seguía siendo parte de mi grupo de amigos. Porque nuestras familias eran cercanas. Porque formaba parte de mi historia, aunque esa historia hacía tiempo que no latía.
Valeria era, de alguna forma, un refugio viejo. Uno al que se vuelve por costumbre, aunque ya no abrigue igual.
Desde el momento en que ella cruzó la puerta de casa, todo se volvió más confuso.
Clara iba de un lado a otro, feliz, recibiendo abrazos y regalos. Vida se mantenía cerca, ayudando en todo lo que podía, pero con los ojos más atentos a mí que a los vasos de gaseosa que acomodaba.
Y entonces apareció ella.
Valeria.
Rubia, alta, segura. Vestía un pantalón blanco y una blusa verde esmeralda que la hacían ver impecable. Caminaba como si flotara, con esa elegancia que siempre la había distinguido. Saludó a todos con familiaridad, riendo, abrazando, preguntando por cosas que demostraban que conocía a cada uno de los presentes.
Porque los conocía.
Había pasado veranos enteros en esa casa. Clara la adoraba. Su madre también.
—¡Pero mirá a esta preciosura! —exclamó al ver a Clara, inclinándose para abrazarla con afecto genuino—. ¡Feliz cumpleaños, Clarita! Estás preciosa, toda una señorita.
—Gracias, Vale —respondió Clara con una sonrisa brillante.
Entonces Valeria miró hacia atrás y vio a Vida. Sus ojos la recorrieron con una mezcla de curiosidad y evaluación, y una sonrisa elegante se asomó en sus labios.
—¿Y quién es esta niña tan guapa que te acompaña? —preguntó, mirándome a mí, pero sin dejar de observar a Vida con un brillo inquisitivo.
—Ella es Vida —respondí, sintiendo un peso incómodo en el estómago—. Está pasando un tiempo con nosotros.
Valeria asintió, con una mirada cómplice que no supe cómo interpretar. Saludó a mi madre, a Paco, a la abuela María. Encantadora, como siempre. Pero a mí me costaba respirar con naturalidad.
Y entonces la vi.
A Vida.
Alejándose.
Sus manos temblaban apenas, y el modo en que desvió la mirada me atravesó como una advertencia silenciosa. Se fue al otro lado del jardín, fingiendo arreglar algo en una mesa de dulces, con esa sonrisa que yo ya sabía que no era real. Luego desapareció dentro de la casa.
Quise ir tras ella.
La vi subir las escaleras a los cuartos. Quería seguirla, hablarle, pedirle que se quedara, que no me mirara así. Pero no supe si debía. Me detuve en el pie de las escaleras, con el corazón retumbando. Ella tardaba en bajar y, con cada minuto que pasaba, sentía el peso de la distancia entre nosotros creciendo.
Decidí ir a buscarla, pero justo antes de subir, sentí una mano en mi brazo.
—Miguel… —dijo Valeria, con esa cadencia íntima que siempre lograba desarmarme—. Sabes que esto no ha terminado.
Volví la vista hacia ella, con una mezcla de cansancio y urgencia.
—Sí ha terminado, Valeria —respondí, firme, aunque notaba un peso extraño en mis palabras—. No voy a seguir con este juego que llevamos arrastrando.
Ella soltó una risa breve, incrédula.
—¿Juego? —me dijo, con desdén—. ¿Eso crees que es lo que tenemos?
—Creo que es lo que queda —contesté, bajando la voz, con la tensión marcada—. Y no quiero más.
Un silencio denso nos envolvió, hasta que el suave crujido de pasos acercándose me sobresaltó.
—Solo un beso —susurró ella, y en ese instante el aire se volvió más espeso—. Para recordar.
—No, Valeria —respondí rápido, seco—. No me beses.
Ella rió de nuevo, pero esta vez sin alegría.
—Siempre tan terco… —murmuró, con la voz más dolida que burlona.
Y justo en ese momento, bajando por las escaleras, la vi.
Vida.
Su silueta recortada en la luz tenue. Bajaba despacio, con la mano en la baranda, los ojos abiertos y una expresión que me desgarró por dentro.
No dijo nada. No hizo ningún gesto. Solo nos miró, y sentí cómo el frío me atravesó la espalda, clavándose en el pecho.
No supe si había escuchado todo, o sólo aquel susurro, o la tensión que colgaba en el aire como una madeja enredada.
Pero estaba ahí.
Y yo me quedé helado.
Vida siguió bajando, sin mirarme más, y se alejó sin prisa.
No podía moverme.
Cuando volvió a entrar al jardín, el murmullo de la fiesta me envolvió otra vez.
La música cambió a algo más movido. Clara, Inés y Vida comenzaron a bailar descalzas sobre el césped. Las miraba desde el porche, con una cerveza caliente en la mano, sin saber en qué momento había empezado a sentirme tan lejos de ella.
Vida giraba, reía. Su pelo se sacudía al ritmo de la música. Por un segundo, pensé en ir hacia ella. En sacarla a bailar. En decirle que no había nadie más. Que no había otra sonrisa que me importara.
Pero entonces Javier se me adelantó. La tomó suavemente de la cintura y la hizo girar entre risas. Ella lo siguió, sin dudar. Y sentí el mundo resquebrajarse un poco.
Nos miramos. Solo un segundo.
No hubo reproche en sus ojos. Solo distancia.
Y resignación.
Me volví a sentar. Valeria se acercó y la saqué a bailar por impulso. No por deseo. No por nostalgia. Sino porque necesitaba respirar, hacer algo, distraerme de ese incendio que me ardía en el pecho.
Mientras Valeria reía cerca mío, no podía dejar de buscar a Vida entre la gente. Ella bailaba, con los pies descalzos, los labios curvados en una sonrisa tenue.
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Editado: 22.08.2025