El sol de la mañana iluminaba la acera mientras Vida y Clara caminaban juntas rumbo al colegio, sus mochilas golpeando suavemente sus espaldas. Clara, con esa energía imparable que la caracterizaba, no dejaba de hablar mientras Vida escuchaba con una sonrisa tranquila.
—Oye, Vida, te digo una cosa… —comenzó Clara con picardía—. Javier está loquito por ti, ¿lo has notado? No para de buscarte, y te juro que me da un poco de envidia.
Vida rió bajito, con la mirada un poco tímida. —No sé, Clara, a veces me parece que es solo amigo… o eso quiero pensar.
—¡Ni de coña! —se rió Clara—. El sábado nos vamos de fiesta otra vez, y esta vez no puedes negarte.
Vida puso cara de “ya vamos con eso” y negó con la cabeza. —No sé, no estoy muy segura… esas cosas no son para mí, ya sabes.
Clara la miró con una sonrisa de complicidad y bajó un poco la voz. —Tranquila, que Miguel va a ir también. No tienes excusa para no venir.
Vida suspiró, dejando escapar una sonrisa tímida.
—Está bien, pero sólo porque vas vos y porque Miguel va a estar ahí.
Vida sonrió y apretó la mochila con un poco de nervios. No podía negar que la atención de Javier la hacía sentir extraña, y que el gesto de Miguel cada vez que lo veía cerca la inquietaba más de lo que quería admitir.
Pero por ahora, solo quería disfrutar del camino con Clara y dejar que las preocupaciones esperaran un poco más.
el teléfono de Vida vibró. Era un mensaje de Miguel.
Miguel: “No pude despedirme esta mañana, tuve que llegar temprano al trabajo. Pero no dejo de pensar en ti. Me muero por besarte otra vez.”
El pecho de Vida se apretó. Su pulso se aceleró, y una mezcla de nervios y alegría la envolvió. Sintió que una sonrisa genuina iluminaba su rostro.
Respondió con rapidez:
Vida: “Te extraño también. Me enteré de que vas a acompañarnos el sábado… no puedo esperar.”
Poco después, Miguel escribió de nuevo:
Miguel: “¿Cómo te está yendo en el cole? ¿Todo bien?”
Vida miró su alrededor, y respondió con sinceridad:
“Bien, aunque hay días que son más difíciles que otros. Pero con Clara al lado, todo es más llevadero.”
Al salir del colegio, Javier, Inés y Franco se unieron a ellas, formando un pequeño grupo. Caminaban juntos hacia casa de Clara, charlando y riendo.
Javier iba justo detrás con Vida, contándole animadamente una noticia que había visto sobre un festival en Argentina. Vida reía de sus ocurrencias y se sentía ligera, casi como si los problemas quedaran atrás por un rato.
Pero entonces, al doblar la esquina, vio a Miguel apoyado en su moto, observándolos con el ceño fruncido y una expresión que mezclaba celos y preocupación.
Los ojos de Miguel no se apartaban de ella ni un segundo. Vida sintió cómo el corazón se le encogía, una mezcla de emoción y culpa inundó su pecho. Por un instante, su risa se apagó.
Javier seguía hablando sin notar la tensión que crecía en el aire, mientras Clara, perceptiva, lanzó una mirada rápida hacia Miguel y luego a Vida.
Al llegar a la puerta de la casa, Clara fue la primera en saludar a Miguel, que estaba esperando con la moto estacionada a un lado.
—¡Miguel! —exclamó con una sonrisa brillante—. Venimos todos juntos a merendar, ¿te apuntas?
Miguel sonrió, aunque todavía con ese dejo serio en la mirada.
—Claro, no me lo perdería por nada.
Vida se quedó un paso detrás, mirando de reojo cómo Miguel la observaba, como si intentara adivinar cada uno de sus movimientos.
Clara, que ya conoce a su hermano y sabe leerlo como un libro abierto, frunció ligeramente el ceño, notando que algo entre ellos no era del todo normal.
—¿Todo bien entre vosotros? —preguntó con sutileza, dejando que su mirada pasara de Vida a Miguel y viceversa.
Vida intentó disimular con una sonrisa, pero algo en el ambiente había cambiado, una electricidad apenas palpable que hacía que todo pareciera un poco más intenso.
Miguel, a su vez, desvió la mirada rápidamente, intentando ocultar el torbellino de emociones que le recorría el pecho.
—Sí, todo bien —respondió, aunque su voz sonó un poco más tensa de lo habitual.
Clara sonrió, pero sabía que el día traería más preguntas, más miradas, y quizá, respuestas inesperadas.
—Pues vamos adentro, que la merienda no se va a preparar sola.
Entraron juntos a la casa, y Clara se dirigió a la cocina para traer los refrescos mientras Miguel y Vida quedaban casi uno al lado del otro en el comedor. Miguel se sentó junto a Vida, rozando apenas su hombro, intentando disimular las ganas que le quemaban la piel, pero ese leve roce parecía decirlo todo.
Las risas de los demás llenaban el ambiente, pero para ellos el tiempo parecía ir a otro ritmo, lento y cargado de una tensión casi eléctrica.
De repente, el abuelo Paco entró con paso pausado, una sonrisa cómplice en los labios.
—¿Ya es la hora del mate? —preguntó, clavando una mirada que parecía saber más de lo que decía.
Vida sonrió tímida y se levantó para ir a la cocina a prepararlo. Clara volvió en ese momento con los refrescos y los dejó sobre la mesa. Miguel, sin poder evitarlo, se levantó disimuladamente y siguió a Vida hasta la cocina.
Al entrar, la encontró concentrada, preparando todo con movimientos suaves pero decididos. El aroma de la yerba y el sonido del agua caliente llenaban el aire. Vida respiraba hondo, tratando de calmar el ritmo acelerado de su corazón.
Miguel se acercó sin hacer ruido, cada paso lleno de una mezcla de nervios y urgencia. Apoyó sus brazos a cada lado de Vida sobre la mesada, cerrándola en un pequeño círculo que parecía protegerlos del mundo entero.
Ella se volvió, sus ojos abiertos, su respiración entrecortada, sintiendo cómo el pulso le latía en las sienes.
Sin dudar, Miguel inclinó la cabeza y la besó. Fue un beso tierno pero intenso, que quemaba con la fuerza de todo lo que habían contenido. Vida respondió con igual entrega, sus manos temblorosas buscando refugio en la espalda de Miguel.
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Editado: 22.08.2025