A destiempo

Capítulo 20: Miradas que hablan.

Los días se deslizaban entre sus dedos como un susurro cómplice, cargados de secretos compartidos y pequeños gestos que solo ellos podían entender. Cada encuentro con Miguel era un suspiro detenido en el tiempo: besos robados con la urgencia de quien teme que el mundo los descubra, caricias tan sutiles que parecían promesas silenciosas, y mensajes clandestinos que encendían su corazón con cada vibración inesperada.

Vida sentía cómo el pulso le aceleraba al leer esas palabras escritas en la pantalla, una voz que parecía latir cerca, aunque Miguel estuviera lejos. Los nervios y la emoción se mezclaban en un torbellino que la desarmaba y la reconstruía a cada instante.

Cada roce, cada mirada furtiva, era una llama que prendía algo profundo, una certeza creciente de que estaba viviendo algo único, un despertar que la sorprendía y la asustaba al mismo tiempo.

Era una danza delicada entre la esperanza y el miedo, entre el deseo de dejarse llevar y la necesidad de protegerse de lo que vendría.

Y entonces llegó el sábado, con su aire de promesas y cambios. Clara e Inés no daban tregua, se convertían en cómplices incansables, con risas y consejos que envolvían a Vida en un torbellino de emociones.

—Este es el vestido —decía Clara, mientras le alzaba la tela, una prenda corta y ajustada que delineaba cada curva, con la espalda completamente descubierta, dejando la piel al descubierto como un lienzo vivo.

Cuando Vida se plantó frente al espejo, por un instante el reflejo no le devolvió a la chica tímida que conocía. La tela le abrazaba el cuerpo, revelando una figura que, hasta entonces, parecía ajena. La espalda desnuda le daba un aire de mujer inesperada, con una seguridad nueva y temblorosa a la vez.

Sus dedos temblaron ligeramente al pasar por el borde del vestido, como tocando una nueva versión de sí misma que estaba despertando.

Entonces su mirada se cruzó con una fotografía en la repisa: Valeria, con esa postura elegante y segura, esa mujer que parecía dueña del mundo. Vida sintió una mezcla compleja de emociones. No era solo admiración o celos, sino un reconocimiento silencioso: por primera vez, ella podía verse como una mujer, con la fuerza y el brillo que siempre creyó reservado para otros.

Un suspiro escapó de sus labios, lleno de miedo y de un anhelo profundo.

“Hoy soy yo,” pensó, sintiendo que el mundo se abría ante ella en una promesa hecha a fuego lento.

Vida se separó del espejo con una mezcla de vértigo y determinación. Cada paso que daba hacia la habitación parecía alejarla de la chica que había sido y acercarla a esa mujer nueva que empezaba a asomar, temblorosa pero decidida.

Clara y Inés no cesaban de darle vueltas al cabello, jugar con los accesorios, y ajustar detalles, mientras Vida intentaba calmar el nudo de mariposas en el estómago. Se puso un poco de brillo en los labios, esa pequeña magia que le daba un destello más, y respiró profundo.

Desde la ventana, el sol de la tarde entraba con una luz cálida que bañaba todo en tonos dorados, como si el mundo mismo conspirara para ese momento.

Cuando Miguel llegó, no pudo apartar la mirada. Vida apareció en la puerta como un destello, con el vestido que delineaba su figura y esa espalda descubierta que lo dejó sin aliento.

Por un instante el tiempo pareció detenerse, el ruido del mundo apagarse, y todo se resumió en esa imagen que él nunca olvidaría.

Los ojos de Miguel brillaron con una mezcla de asombro y deseo, su pecho se apretó con fuerza y una sonrisa ladeada se dibujó en sus labios, sincera y llena de admiración.

Vida, por su parte, sintió cómo el calor subía a sus mejillas, y sin saber muy bien qué decir, simplemente le ofreció una sonrisa tímida pero llena de significado.

Miguel dio un paso hacia ella, sin apartar la mirada ni un segundo, y con voz ronca y temblorosa, le confesó:

—No sé cuánto más voy a poder ocultar esto...

Miguel se acercaba despacio, el corazón le martillaba en el pecho, como si quisiera salirse de la caja. Sus ojos no podían despegarse de Vida, que en ese momento brillaba bajo la luz tenue de la habitación, con ese vestido que delineaba cada curva, la espalda descubierta dejando ver la piel suave y un halo de vulnerabilidad que lo desarmaba. Se detuvo justo frente a ella, la respiración entrecortada, la boca seca, queriendo fundirse en un beso que llevaba tiempo guardado.

—Eres… joder, Vida, estás… —empezó, su voz temblando con una mezcla de asombro y deseo—… estás tremenda, tía. No sé ni cómo he tenido tanta suerte.

Vida sonrió tímida, bajando la mirada, mientras Miguel sentía un nudo en la garganta, incapaz de apartar la vista.

Justo en ese instante, la puerta se abrió de golpe y Clara entró con energía.

—¡Miguel, que ya estamos listas! —dijo, con una sonrisa.

—¿Y tú también, Inés? —añadió la otra, cruzando los brazos y lanzando una mirada divertida a Miguel.

Él parpadeó, casi como despertando de un sueño. Dio un paso atrás, pero la mirada no se apartó de Vida, que respiraba aún un poco acelerada, con las mejillas teñidas de un rojo dulce.

—Venga, que si no nos vamos a hacer esperar —insistió Clara, dándole un codazo amistoso a Miguel—. Que la noche es larga y tenemos que quemarla.

Inés se acercó a Vida, guiñándole un ojo.

— Ahora toca disfrutar. Ya verás que esto va a ser la caña.

Miguel sonrió con un dejo de resignación, pero con el corazón encendido.

—Pues nada, pues vamos ya, ¿no? —se detuvo, mirándola de nuevo, como si quisiera grabar esa imagen para siempre y en un susurro le dijo —… Me muero de ganas de ver cómo te mueves con ese vestido.

Vida respondió con una sonrisa que contenía promesas, y con un brillo especial en los ojos.

Los cuatro salieron juntos, el aire fresco de la noche colándose por la puerta abierta, llevando consigo la electricidad contenida, las ganas por desatarse y un sinfín de momentos por vivir.




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