Miguel estaba despierto desde antes de que saliera el sol. Había intentado dormir, pero cada vez que cerraba los ojos, veía a Vida mirándolo con esa mezcla de lágrimas y determinación que lo desarmaba por completo. Se levantó despacio para no despertar a nadie y se sirvió un café, aunque apenas lo probó.
La cocina estaba fría, y la luz tenue del amanecer entraba por la ventana, proyectando sombras largas sobre la mesa. Él se apoyó en el marco, con las manos en los bolsillos, pensando en lo que acababa de prometer. Dos meses. Dos meses que parecían nada y, al mismo tiempo, una eternidad.
No sabía qué iba a pasar después, cuando ella cumpliera dieciocho y, poco después, tuviera que volver a Argentina. Esa imagen —Vida alejándose, el mar y un océano de por medio— le apretó el pecho.
Cerró los ojos un instante, respiró hondo y decidió no dejar que ese pensamiento se instalara. “Un día a la vez”, se repitió. Por ahora, lo único que importaba era que ella lo esperaría. Y él iba a esperar.
Vida apenas había dormido. La noche se le había hecho eterna, entre vueltas en la cama y pensamientos que no daban tregua. Cuando por fin se rindió, el cielo comenzaba a aclarar. Se levantó despacio, con los pies descalzos sobre el piso frío, y salió de la habitación intentando no hacer ruido.
Bajó las escaleras y un aroma leve a café le llegó desde la cocina. Al asomarse, lo vio: Miguel estaba de espaldas, apoyado contra la mesada, mirando por la ventana como si intentara descifrar algo en el horizonte. La luz suave del amanecer dibujaba su silueta y acentuaba la tensión en sus hombros.
Por un segundo, Vida pensó en volver a su cuarto, pero algo en la quietud de ese momento la hizo avanzar.
—No dormiste —dijo en voz baja, rompiendo el silencio.
Miguel se giró apenas, con una media sonrisa cansada.
—Podría decir lo mismo de ti.
Vida negó con la cabeza y se acercó, sintiendo que la tensión de la noche anterior todavía flotaba entre ellos. Se sentó frente a él, y durante unos segundos solo se escuchó el golpeteo suave de la cucharilla contra la taza.
—Estuve pensando en lo que dijiste… —comenzó ella, con voz baja.
—Vida… —Miguel dejó la taza a un lado y se inclinó un poco hacia ella—, no le des más vueltas.
Ella tragó saliva, pero no se detuvo.
—Es que después de mi cumpleaños… me voy. Y no sé cuándo voy a volver. ¿Qué va a pasar cuando ya no estemos en el mismo lugar?
Miguel sostuvo su mirada, serio.
—No pienses en eso ahora. No te adelantes.
—No es adelantarme, Miguel, es la realidad… —susurró, sintiendo que las palabras le temblaban.
Él suspiró, como si llevara todo el peso de la respuesta que no quería darle.
—La realidad es que yo te voy a esperar. Y quiero creer que tú también lo vas a hacer. Lo demás… ya veremos cuando llegue el momento.
Vida bajó la mirada, sintiendo que esa certeza le daba paz y miedo al mismo tiempo. Cada pensamiento sobre la distancia, sobre su regreso a Argentina, le pesaba en el pecho. Suspiró, intentando contener la mezcla de tristeza y emoción que la embargaba.
—Te voy a esperar —dijo finalmente—. Pero prométeme que nada va a cambiar.
Miguel dio la vuelta a la mesa, se inclinó y la abrazó por detrás, con el rostro escondido en su cuello.
—Nada va a cambiar.
Ella cerró los ojos, memorizando ese calor y ese peso en sus hombros. Cada respiración compartida era un ancla que la sostenía frente al miedo de la distancia y la incertidumbre. Sabía que cada instante junto a él contaba más de lo que podían admitir.
Cuando él se separó, recogió la taza y salió de la cocina. Antes de llegar al pasillo, se detuvo un instante, giró y la miró con una intensidad que le hizo latir el corazón a Vida. Con un gesto casi imperceptible, se tocó el pecho y señaló suavemente el suyo, como diciendo sin palabras que allí, en su corazón, ella siempre tendría un lugar.
Vida lo observó desaparecer por el pasillo, y el sonido de sus pasos se fue apagando como una canción que no quería que terminara.
Se quedó sentada en la cocina un largo momento, dejando que el silencio la envolviera. Su mirada se perdió en el amanecer que comenzaba a iluminar la ventana. Las primeras luces del día teñían de gris el entorno, y en su interior surgió un torbellino de emociones: tristeza por la inminente partida, miedo a la distancia, pero también un calor dulce, una certeza de que lo que sentían era real.
Recordó cada gesto, cada mirada, cada promesa silenciosa que Miguel le había dado. Y aunque la espera sería dura, sabía que esos meses serían un preludio de algo más grande, más intenso, más libre. Se permitió, por un momento, soñar despierta: imaginó los reencuentros, los abrazos prolongados, las risas y los besos guardados durante la espera.
Su mente también repasaba los desafíos que vendrían: volver a terminar el colegio en Argentina, vivir lejos de Miguel y, al mismo tiempo, mantener viva esa conexión que se había convertido en su refugio. Cada pensamiento le arrancaba una mezcla de melancolía y determinación.
—Lo voy a hacer… —murmuró, sus dedos rozando el borde de la mesa como si de alguna manera pudiera atrapar la seguridad que Miguel le había dado—. Voy a esperar… y voy a ser fuerte.
Se levantó lentamente, aún con el corazón encogido, y se dirigió a la ventana. El mundo seguía girando, ajeno a sus emociones, pero ella se prometió a sí misma que la distancia no sería capaz de apagar lo que sentían.
Respiró hondo y dejó que cada emoción fluyera. Lágrimas y sonrisas se mezclaban en su rostro mientras se repetía que esos meses de espera no eran un castigo, sino una oportunidad para fortalecer algo que valía la pena. Su amor, aunque contenido, era real, y nada podría borrarlo.
Al final, con la determinación latiendo en su pecho, susurró:
—Dos meses… dos meses y voy a volver a ti.
Cerró los ojos, dejando que la emoción y la ternura la inundaran, y se prometió a sí misma que iba a ser fuerte. Que la espera valdría la pena. Que nada, ni la distancia, ni las normas, ni el tiempo, podría detener lo que Miguel y ella compartían.
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Editado: 22.08.2025