A destiempo

Capítulo 31: El aire que me falta.

Los días pasaban con un ritmo que parecía normal desde fuera, pero que para Vida y Miguel estaba cargado de tensión, de miradas cruzadas y de silencios que hablaban por ellos. Cada saludo en el colegio, cada encuentro accidental en los pasillos, se sentía como un pequeño riesgo, una prueba de su autocontrol y de la promesa que se habían hecho. Mirarse a la distancia se había convertido en un juego silencioso: el roce de las manos al pasar, los guiños, las sonrisas contenidas, todo se transformaba en un puente hacia lo que ambos deseaban, aunque debían esperar.

Vida buscaba alivio en la compañía de Clara y sus amigos. En la plaza del barrio, bajo los árboles cubiertos de hojas secas de otoño, se sentaban en los bancos, charlando, riendo y compartiendo pequeñas historias del día a día. Entre risas y bromas, Vida se distraía, aunque su mirada, de vez en cuando, se escapaba hacia Miguel, recordando la intensidad de aquella tarde en el garaje.

—¡Vida, mira esto! —gritó Inés, levantando el teléfono con una foto que les había tomado a todos en clase—. ¡Parecemos un cuadro de otoño!

Vida rió, dejando que la alegría se colara por un instante, mientras el recuerdo de Miguel aún la hacía palpitar.
—Sí… parece un cuadro.

En la misma tarde, Paco la encontró en la cocina, preparando un mate mientras miraba por la ventana. Su mirada era sabia, llena de cariño y experiencia.
—Vida, hija… te noto un poco apagada últimamente. ¿Qué pasa? —dijo con suavidad.

Vida suspiró y apoyó las manos sobre la mesa.
—Solo… estoy pensando en todo… y en nada al mismo tiempo. Extraño a Miguel.

Paco sonrió, apoyando sus manos sobre las de ella.
—Escucha, cariño, lo que sientes es fuerte y no se borra con el tiempo. Pero no dejes que la tristeza te consuma. Vive cada día, aunque solo sean pequeños momentos. Y confía: si está destinado a ser, será.

—Gracias, abuelo… —murmuró Vida, sintiéndose un poco más tranquila—. Solo necesitaba decirlo.

Mientras tanto, Miguel vivía una lucha interna parecida. En la universidad, sus clases parecían eternas. Los profesores hablaban, los compañeros preguntaban, y él se encontraba perdido en recuerdos: la risa de Vida, el calor de su abrazo en el garaje, la suavidad de sus manos al entrelazarse con las suyas. Cada detalle le daba fuerza y, al mismo tiempo, dolor, porque debía cumplir la promesa que se habían hecho.

—Miguel, ¿me escuchas? —preguntó un compañero, interrumpiendo sus pensamientos.

—Sí… sí, perdón —respondió él con una sonrisa débil, tratando de volver a concentrarse—. Estaba pensando en algo… importante.

La semana transcurrió así, entre clases, paseos con amigos y momentos robados de pensamiento hacia el otro. Cada gesto, cada roce accidental, cada mirada contenía un mundo de significado. Ambos sabían que la espera era un puente hacia algo más grande, y que, aunque la distancia y las normas temporales imponían límites, cada instante juntos, aunque fuera en pensamiento, era suficiente para mantener vivo el vínculo que ninguno podía ignorar.

Una tarde, Vida y Clara decidieron dar un paseo largo por el centro del pueblo. La calle estaba llena de luces cálidas, de risas y charlas de vecinos, y el aroma a castañas asadas se mezclaba con el de los puestos de artesanía. Vida se sentía ligera junto a Clara, aunque en el fondo su mente estaba en Miguel.

Esa noche, en su habitación, Vida repasaba cada momento. Recordaba la forma en que Miguel la miraba, la intensidad de sus manos, la calidez de sus abrazos, y también la promesa que se habían hecho: esperar hasta que ella cumpliera los 18. Cada gesto, cada palabra, cada roce accidental, era un recordatorio de que su amor era real, aunque contenido.

Miguel, por su parte, no podía dormir. Se levantó en medio de la noche y caminó por el pasillo, pensando en Vida, en su risa, en la suavidad de sus manos. Sabía que debía esperar, pero cada fibra de su cuerpo deseaba estar cerca de ella, abrazarla, sentirla. Cerró los ojos y respiró hondo, recordando la promesa y su propia lucha interna: el deseo de estar con ella y la necesidad de respetar el tiempo y la edad.

En esos días, cada encuentro accidental era una chispa de emoción: una mirada prolongada, un roce de manos, un saludo que duraba un segundo más de lo necesario. Cada gesto les recordaba lo que compartían y los preparaba para el momento en que podrían estar juntos libremente.

La vida cotidiana, los paseos con amigos, los mates con Paco, los recuerdos en la universidad… todo estaba teñido de esa mezcla de deseo, paciencia y amor verdadero.

Días después...
El sol de la tarde caía suave sobre el jardín, reflejándose en la piscina y tiñendo de dorado las hojas que caían alrededor. Vida estaba sentada en la reposera, con las piernas cruzadas, leyendo un libro y sosteniendo un mate humeante. Cada tanto levantaba la mirada, y sin querer, la dirigía hacia Miguel, quien apareció caminando por el borde de la piscina con las manos en los bolsillos. Intentaba que su presencia pareciera casual, pero sus ojos delataban lo difícil que le resultaba contenerse.

Se sentó a su lado, dejando un espacio prudente, como si temiera invadir su burbuja, pero deseando acercarse más de lo que la razón le permitía.

—Hola —dijo Miguel con voz suave, mirando el libro en las manos de Vida, aunque sin poder ocultar la intensidad de su mirada hacia ella.

—Hola —respondió ella, con una sonrisa leve, intentando mantener la cotidianidad—. Solo… leyendo un poco.

Hubo un silencio cómodo, lleno de la tensión silenciosa que ambos conocían bien. Vida bajó el libro sobre sus piernas y suspiró, rompiendo finalmente la quietud.

—Miguel… —empezó, sin levantar la mirada—. Me cuesta mantener estos momentos tranquilos contigo… sin pedir un abrazo, sin querer besarte, sin simplemente… estar a tu lado.

Miguel la observó, tragando un suspiro largo como si luchara contra la necesidad de acercarse aún más, de tomarla entre sus brazos.




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