A destiempo

Capítulo 34: Cumpleaños y despedida!

Los días siguientes transcurrieron como un hilo delgado entre la rutina y la ansiedad.

No había palabras sobre lo que sentían; los gestos y las miradas eran suficientes para que la electricidad recorriera cada centímetro de piel.

Clara pasaba el tiempo con sus amigas, preparando pequeños detalles para el cumpleaños de Vida, mientras compartían risas y confidencias. Vida sonreía entre conversaciones y preparativos, pero en el fondo, cada risa estaba teñida de melancolía, consciente de que la despedida se acercaba y que pronto tendría que dejar España atrás.

En medio de la rutina, Vida también encontraba consuelo en conversaciones con el abuelo Paco, quien parecía entenderla sin que ella tuviera que explicarse demasiado. Un día, mientras preparaban mate juntos, Paco notó la tristeza en sus ojos y la sostuvo suavemente por los hombros.

—Vida… te veo pensativa —dijo con voz cálida—. ¿Está todo bien?

Ella suspiró, dejando que su mirada se perdiera en el mate.
—Sí, abuelo… solo que extraño algunas cosas. Y… —dudó un momento— a veces siento que estos últimos días se me escapan sin poder disfrutarlos del todo.

Paco asintió, con esa mezcla de complicidad y sabiduría que siempre lo hacía sentirse seguro.
—Lo sé, pequeña. Pero recuerda, lo importante no es cuánto tiempo nos queda, sino cómo vivimos cada instante.

Vida sonrió ligeramente, sintiendo que esas palabras eran un refugio para su corazón, un recordatorio de que incluso la espera y la distancia podían tener sentido si el amor que sentía por Miguel era tan fuerte como parecía.

El día había llegado. Vida se levantó temprano, con una mezcla de nervios y alegría, consciente de que aquel cumpleaños era diferente a todos los anteriores: cumplía 18 años, y al mismo tiempo, se acercaba el momento de volver a Argentina. Clara, como siempre, había estado ocupada desde la mañana preparando todo, asegurándose de que cada detalle fuera perfecto: globos, luces, una mesa repleta de dulces, y hasta un pastel decorado con motivos que solo Vida podía amar.

Cuando Vida apareció con su vestido largo y suelto, algo ligero que bailaba con cada movimiento, Miguel no pudo evitar quedarse unos segundos admirándola. El vestido parecía moverse con ella, como si flotara a su alrededor, y él recordó por qué había prometido esperar: la intensidad de lo que sentía por ella era tan grande que temía no poder contenerla.

—Estás… preciosa —susurró Miguel, casi para sí mismo, mientras trataba de controlar el latido acelerado de su corazón.

Vida le lanzó una sonrisa cómplice, sin necesidad de palabras. Ella solo pensaba en cumplir 18 años, pero también sentía la presencia de Miguel como un ancla, un refugio en medio de la mezcla de emociones que la embargaba.

La casa pronto se llenó de risas, música y charlas. Estaban todos: compañeros del instituto, amigos de Clara, y los amigos de Miguel. Cada llegada le recordaba a Vida que aquella fiesta era también una despedida anticipada; cada abrazo, cada felicitación, era un recordatorio de que el tiempo en España estaba llegando a su fin.

Miguel permanecía cerca, observando, cuidando cada movimiento de Vida. Cada risa que ella compartía con los demás le hacía retorcer la mandíbula, pero sabía que debía respetar la promesa. Sus ojos no se apartaban de ella ni un segundo, y en su mente planeaba la sorpresa que tenía preparada: algo pequeño, pero significativo, que sellara aquel cumpleaños y dejara un recuerdo imborrable.

Clara, feliz por ver a su amiga radiante, lo había organizado todo con precisión. Entre charlas, risas y juegos, los invitados apenas notaban la tensión sutil que flotaba entre Miguel y Vida. Cada vez que ella se acercaba a él, Miguel sentía un cosquilleo en el estómago; cada roce accidental bajo la mesa o junto a la barra de bebidas era suficiente para que el corazón le latiera desbocado.

Mientras los invitados se acomodaban para la merienda, Vida se tomó un momento para mirar a Miguel. Sus ojos se encontraron, y en ese instante, todo el ruido, todo el bullicio, desapareció. Era como si el tiempo se hubiera detenido solo para ellos dos. Miguel sonrió, un gesto breve pero cargado de significado, y le guiñó un ojo, prometiéndole sin palabras que la sorpresa aún estaba por venir.

—¿Preparada para soplar las velas? —preguntó Clara, interrumpiendo la conexión silenciosa entre ellos.

Vida asintió, intentando recomponerse, y caminó hacia la mesa. Miguel la siguió con la mirada, consciente de que cada segundo contaba, que la despedida se acercaba, y que debía aprovechar cada instante sin romper la promesa que ambos habían hecho.

Cuando se acercó la hora del pastel, Miguel decidió acercarse un poco más. Esta vez, no se sentó junto a ella, pero su brazo rozó suavemente el de Vida mientras le susurraba:

—Feliz cumpleaños… Vida. Te mereces todo lo que sueñas.

Vida cerró los ojos un momento, dejando que esas palabras calaran hondo en su pecho. El roce de su brazo, la cercanía de su respiración, y el simple hecho de saber que él estaba allí, hicieron que por un instante olvidara la distancia, los planes y la despedida inminente.

El ambiente estaba lleno de risas y música, pero para Miguel y Vida, el mundo se había reducido a un par de centímetros, a una promesa, y a un amor que todavía no podía ser libre.

Cuando la fiesta terminó y los últimos invitados se despidieron con abrazos y felicitaciones, Vida abrazó a Clara con fuerza.

—No sé cómo agradecerte todo esto —susurró, emocionada—. Ha sido perfecto.

—Lo hice para ti, Vida —respondió Clara, con una sonrisa brillante—. Espero que este cumpleaños lo recuerdes siempre.

Miguel, que hasta ese momento había permanecido en un discreto segundo plano, tomó suavemente la mano de Vida. Su tacto cálido la hizo estremecerse; no había necesidad de palabras. Con cuidado, la guió por el salón, pasando por el pasillo y hacia la terraza de la casa.




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