A destiempo

Capítulo 41: El peso del silencio.

Miguel despertó con la sensación de que el mundo se había dado la vuelta. Todo parecía igual en Madrid: el sol entraba por la ventana, los muebles permanecían en su lugar, los recuerdos de Vida estaban allí, pero algo dentro de él se había roto. Cada segundo sin ella lo hacía sentir más vacío, y la noticia de Valeria lo consumía como un fuego que no podía apagar.

Desde que recibió la llamada de Valeria, su mente no había dejado de girar en círculos imposibles de detener. La voz quebrada, el miedo palpable en su tono, las palabras que ella había pronunciado: “Si no estás conmigo, ya no quiero vivir”, seguían resonando en sus oídos como un martillo constante. No dudó ni un instante. Sabía que debía ir a su lado. No podía permitir que su impulso destruyera lo poco de luz que aún quedaba.

Cuando llegó a la casa, encontró a Valeria inconsciente en el baño. Su corazón se detuvo al verla tan frágil y vulnerable. La levantó en brazos, llamando desesperado a sus padres, y apenas un instante después la trasladaron al hospital. Cada segundo que pasaba mientras ella yacía allí era una eternidad. El miedo, la impotencia y la sensación de responsabilidad lo atravesaban como un cuchillo, dejándole sin aire. Sabía que la vida podía romperse en un instante.

Pero mientras luchaba por Valeria, otra parte de él se rompía en silencio. Vida estaba en Buenos Aires, cruzando el Atlántico, sin tener idea de que él no había estado a su lado en la despedida porque estaba salvando una vida. Miguel cerró los ojos y la vio en su imaginación: abrazando su equipaje, con los ojos rojos, intentando contener las lágrimas. Cada imagen era un puñal que le atravesaba el pecho. La distancia, el silencio, la imposibilidad de explicarle nada lo torturaban.

Cuando Valeria despertó, la culpa y el peso de sus emociones explotaron. Entre lágrimas y reproches, ella le recordó cómo había estado con él en los momentos más oscuros, sosteniéndolo cuando su padre murió, devolviéndole un hilo de luz cuando todo parecía perdido. Miguel sentía cada palabra como si fueran cuchillos que le atravesaban el corazón. No podía negar lo que sentía por Vida, pero tampoco podía abandonar a Valeria en un instante crítico.

—Miguel… —susurró Valeria, la voz temblando—. Sabes cuánto te amo. No puedo verte con otra… No después de todo lo que compartimos, de todo lo que me diste…

Miguel sintió cómo el mundo se derrumbaba dentro de él. Cada palabra le arrancaba un pedazo del alma mientras otra parte de él ardía con el recuerdo de Vida, con la necesidad de abrazarla, de explicarle, de decirle que la amaba como nunca había amado a nadie. La tensión era insoportable, un tironeo constante entre la culpa, la responsabilidad y el amor que no podía negar. Su corazón latía a un ritmo desesperado, sintiendo que no le alcanzaba el tiempo ni la fuerza para sostener todo el peso de sus emociones.

Se sentó junto a la ventana del hospital, dejando que la luz del atardecer entrara. Imaginó Buenos Aires, la casa de Vida, la ventana donde quizá ella miraría el cielo pensando en él. Cada minuto de silencio le dolía, cada segundo sin poder explicarle la verdad le desgarraba el alma. Podía verla llorando, intentando entender por qué él no estaba allí, y esa imagen lo atravesaba como una daga invisible.

El teléfono vibraba en su bolsillo, pero Miguel no podía responder. Sabía que si lo hacía, tendría que contarle algo que aún no estaba listo para decir en palabras, algo que cambiaría todo. El miedo a que sus palabras llegaran tarde, a que la distancia y el tiempo hubieran convertido su explicación en un consuelo insuficiente, lo paralizaba. Cada intento fallido de contacto de Vida lo destrozaba desde lejos. Cada segundo que ella pasaba sin saber la verdad era un tormento que lo hacía sentir incapaz de respirar.

Se recostó en la cama del hospital, mirando al techo, mientras la culpa lo devoraba, la desesperación lo mantenía despierto y el amor por Vida y la responsabilidad hacia Valeria se mezclaban en un torbellino imposible de separar. Recordaba cada paseo por Madrid, cada beso, cada caricia, cada mirada cómplice en la hamaca del patio. Todo eso estaba lejos ahora, y la distancia se sentía insuperable.

Miguel caminó por la habitación, con las manos entrelazadas detrás de la espalda, el rostro sombrío. Cada decisión tomada aquel día crítico lo había llevado hasta este punto: salvar a Valeria, protegerla, escucharla… y a cambio, dejar que Vida partiera sin explicaciones. Cada segundo sin ella le recordaba lo que había fallado, lo que no podía reparar, lo que había dejado atrás y lo que aún estaba por venir.

Se apoyó en la ventana y observó cómo la ciudad se teñía de los últimos rayos del sol. Respiró hondo, intentando calmarse, intentando organizar los pensamientos que no le daban tregua. Sabía que no podía huir de su corazón, que no podía negar lo que sentía por Vida, y que cada segundo de silencio era un acto de amor, aunque le doliera infinitamente. Cada minuto que pasaba sin que ella tuviera noticias de él era un sacrificio silencioso que le rompía las entrañas.

—Tengo que decirle todo… —susurró para sí mismo—. Pero no ahora.

El corazón dividido de Miguel lo mantenía atrapado, entre dos mundos, entre dos personas que amaba de maneras distintas pero igualmente profundas. Cada latido era un recordatorio de que lo que estaba haciendo, aunque necesario, era devastador. Cada recuerdo de Vida en Madrid le arrancaba el aire, mientras cada gesto de Valeria, cada mirada cargada de miedo y amor, lo anclaba a la realidad que no podía abandonar.

Se recostó nuevamente, dejando que la oscuridad lo envolviera, el silencio lo abrazara. Cada minuto sin Vida era un martillo, cada recuerdo un eco, cada silencio una espada atravesándole el corazón. Sabía que la reconciliación, la explicación, el consuelo para Vida, todo eso todavía estaba pendiente. Sabía que, en algún momento, tendría que enfrentarse a su ausencia y contarle la verdad, aunque eso significara revivir la culpa y la desesperación que lo atormentaban ahora.




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