Los años habían pasado con la rapidez de un parpadeo. Siete inviernos, siete veranos, y Vida ya no era aquella chica frágil y confundida que lloraba en silencio por Miguel. Se había graduado de abogada, trabajando en un estudio que reconocía poco a poco su talento y esfuerzo, y su mundo parecía expandirse con cada paso. Sus días se llenaban de clientes, reuniones y trámites, y al volver a casa siempre encontraba a Clara al otro lado del teléfono, lista para compartir risas, confidencias y planes de viaje.
Clara seguía siendo su cómplice inseparable, aunque la distancia las separara. Nunca dejaron de hablar, nunca dejaron de buscarse. La vida las había llevado por caminos distintos, pero siempre encontraban ciudades que parecían hechas a medida para sus reencuentros: Nueva York, el Caribe, Europa… y Tailandia. Entre templos dorados, mercados flotantes y playas exóticas, compartían secretos y risas que solo ellas podían entender. La complicidad que habían construido se había vuelto un refugio seguro, un espacio donde podían ser ellas mismas sin reservas.
Cada viaje se convirtió en un ritual de libertad. Nueva York las recibió con luces de neón y avenidas interminables; el Caribe las envolvió con su brisa cálida y el olor a sal; Europa, con sus calles empedradas y plazas llenas de historia, se convirtió en un escenario donde podían ser solo ellas, sin compromisos ni responsabilidades; y Tailandia las sorprendió con templos, aromas, sabores y aventuras que desafiaban su curiosidad y fortalecían su complicidad. Cada salida reforzaba la confianza y el vínculo que las unía, y Vida comprendía que aquella amistad era un pilar que ni el tiempo ni la distancia podrían quebrar.
Los días se llenaban de pequeñas aventuras. En Brooklyn, entre galerías de arte y librerías escondidas, Clara enseñaba a Vida a leer los detalles de los murales urbanos, a buscar historias detrás de cada pincelada. En las playas del Caribe, se descalzaban en la arena, dejando que el agua les acariciara los pies, y compartían conversaciones que las hacían reír hasta llorar. En Tailandia, navegaban por canales y mercados flotantes, probaban comidas exóticas, aprendían a negociar con los vendedores y se maravillaban ante templos dorados y paisajes que parecían irreales. Cada viaje, cada instante, reforzaba la sensación de que juntas podían conquistar cualquier espacio, y que su amistad era un ancla segura en la vida de ambas.
Mientras tanto, lejos, Miguel vivía en Estados Unidos con una mezcla de éxito profesional y vacío personal. Parecía tenerlo todo: un buen trabajo como ingeniero, reconocimiento en su área, viajes constantes por trabajo y ocio. Pero en lo personal, su vida era un caos de cuerpos desconocidos y conversaciones superficiales. Se había vuelto mujeriego, compartiendo momentos con muchas y con ninguna, intentando llenar un vacío que ni las fiestas ni los viajes lograban aplacar. Valeria seguía apareciendo cada vez que coincidían en Madrid. No había amor, solo sexo; encuentros físicos que lo hacían sentir menos solo, aunque nunca lograban borrar a Vida de su corazón.
Cada mujer que entraba en su vida era un reflejo parcial, un intento torpe de reemplazar lo que había perdido con ella. Pero ninguna sonrisa podía compararse con la suya, ninguna mirada igualar los ojos que aún recordaba con precisión. Cada cita, cada encuentro pasajero, se convertía en un recordatorio doloroso de lo que no podía tener. Miguel lo sabía. Y a veces, al volver solo a su apartamento tras una noche vacía, se quedaba mirando la pared, pensando en ella, en su risa, en cómo le había cambiado la vida.
Cada mensaje de Clara, cada fotografía que ella compartía sobre Vida, le arrancaba un nudo al corazón y una punzada de nostalgia al mismo tiempo. La veía riendo en un café en Nueva York, caminando por la arena del Caribe, abrazando a Clara en cualquier ciudad europea o explorando los templos y playas de Tailandia, y no podía evitar sentir una mezcla de alegría y dolor: alegría por verla feliz, y dolor porque no estaba allí para compartir esos momentos. Cada noche, frente a la ventana de su apartamento iluminado por luces lejanas, repasaba cada sonrisa, cada gesto que Vida mostraba en historias de Instagram o mensajes de Clara. Cada imagen era un golpe de nostalgia y un recordatorio de que su corazón seguía atado a ella, incluso después de tantos años y tanta distancia.
Vida, por su parte, aprendía a convivir con los recuerdos y el dolor. Tenía una relación sin compromisos con Leandro, un compañero de la carrera de Derecho. Con él compartía risas, salidas, cenas y conversaciones sin la intensidad de un vínculo que pudiera quebrarla o atarla. Era un refugio seguro donde podía experimentar afecto y cariño sin comprometer su independencia ni revivir heridas antiguas. Su amor por Miguel seguía ahí, latente y profundo, pero había aprendido a vivir con él como una parte de sí misma que no necesitaba liberar en cada momento.
Miguel, mientras tanto, aprendía a amar desde lejos, a contener la ansiedad y soportar la soledad. Sus noches en Estados Unidos estaban llenas de recuerdos y fantasías: imaginaba cómo sería un reencuentro, cómo hablarían sin silencios ni reproches, cómo podrían recuperar el tiempo perdido. Pero la realidad lo golpeaba: Vida estaba viviendo su vida, creciendo y explorando, y él solo podía seguirla en el eco de las historias y fotografías que Clara compartía.
Los años pasaban, y cada uno seguía su camino. Vida se volvía más segura, más fuerte, más consciente de sí misma. Miguel, más experimentado y sofisticado, pero con el corazón atrapado por lo que nunca pudo tener. La distancia no borraba el amor ni la memoria; solo los hacía más silenciosos, más contenidos, como un eco que nunca dejaba de resonar.
A veces, cuando la ciudad de Buenos Aires se teñía de atardeceres dorados, Vida se detenía a mirar el cielo y recordaba los momentos con Miguel: su risa, su mirada, su manera de decir “te amo” sin palabras. A miles de kilómetros, en algún lugar de Estados Unidos, Miguel hacía lo mismo, contemplando luces urbanas y pensando en ella. Ni el tiempo ni la distancia habían logrado borrarlos, y aunque ambos habían construido vidas separadas, seguían existiendo en el corazón del otro como una presencia silenciosa pero constante.
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Editado: 22.08.2025