Miguel había pasado la noche dando vueltas en la cama. Cerraba los ojos, pero la imagen de Vida lo perseguía con una claridad que le robaba el sueño. Su sonrisa nerviosa al abrirle la puerta, su voz cuando hablaban, el roce de aquel beso en la mejilla… todo se repetía como un eco imposible de silenciar.
Resignado, se levantó. El suelo frío le recordó que estaba lejos de casa, aunque en cierto modo, tan cerca de todo lo que alguna vez había soñado. Caminó en silencio hasta la cocina, y el olor a yerba recién humedecida lo envolvió.
Vida ya estaba allí, sentada junto a la ventana, con la luz tenue del amanecer bañándole el rostro. Tenía el mate entre las manos y los ojos fijos en la pantalla de la televisión, donde los noticieros seguían repitiendo cifras y titulares alarmantes.
Miguel se apoyó en el marco de la puerta y la observó un instante, hasta que ella se dio cuenta de su presencia.
—¿No podías dormir? —preguntó Vida, con voz suave, casi cómplice.
Él sonrió con un gesto cansado.
—No mucho… —y, acercándose, señaló el mate que ella sostenía—. ¿Me convidas uno?
Ella levantó apenas las cejas, como si le sorprendiera la petición.
—¿Mate? —repitió, sonriendo—. ¿Desde cuándo tomas vos?
Miguel se encogió de hombros y se sentó frente a ella.
—Desde que tú los preparas… —tomó el mate y aspiró su aroma.
—Hace tiempo que no tomo uno así… —murmuró, pero sus ojos no se apartaron de ella.
Vida rió bajito, y el sonido le recorrió la piel a Miguel como un latigazo de ternura. Preparó un mate nuevo, se lo alcanzó y observó cómo lo probaba, expectante.
Él dio un sorbo corto y casi se atragantó con el amargor.
—Joder… esto está fuerte —dijo, arrugando la cara.
—Así se toma el mate de verdad —respondió ella, divertida—. Si lo querés dulce, ponete azúcar.
—No, no… —Miguel negó con la cabeza, intentando recomponerse—. Si a ti te gusta así, así lo tomo yo.
Vida lo miró por un instante, en silencio. Le sorprendía la naturalidad con la que caían de nuevo en esa complicidad, como si los años y la distancia no hubieran existido.
Miguel dio otro sorbo, esta vez un poco más largo, como si quisiera demostrarle que podía con el amargor. Vida lo observaba en silencio, divertida.
—¿Ves? No está tan mal —dijo él, al dejar el mate sobre la mesa.
—Mmm… —Vida arqueó una ceja—. Pusiste cara de sufrir.
Miguel sonrió de lado.
—Tú siempre tan observadora.
Hubo un instante de silencio. La televisión seguía escupiendo titulares dramáticos: “Nuevas restricciones”, “Cifras alarmantes de contagios en todo el mundo”. Vida bajó la mirada y suspiró.
—Me asusta todo esto… —confesó, acariciando el borde del mate con los dedos—. Pienso en mis padres, mi hermana, en los abuelos… en Clara. No sé, siento que en cualquier momento se nos va a caer el mundo encima.
Miguel la miró fijamente, como si quisiera grabar cada gesto en su memoria.
—Oye, mírame —dijo, inclinándose un poco hacia ella—. No va a suceder eso. Todo va a estar bien.
Vida abrió un poco los labios, como si no supiera qué responder. El silencio se volvió denso, y por un instante los dos parecieron escuchar únicamente el latido acelerado de sus propios corazones.
Miguel extendió la mano para tomar el mate, pero Vida lo sostenía todavía distraída. Sus dedos se rozaron, apenas un segundo, tibios, eléctricos. Ninguno de los dos lo retiró de inmediato.
Ella lo miró, sorprendida por esa chispa inesperada que recorrió su piel.
—Perdón… —susurró, aunque no apartó la mano enseguida.
Miguel entrecerró los ojos, como si quisiera prolongar ese contacto mínimo.
—No tienes por qué disculparte… —dijo con voz baja, casi ronca.
El silencio que siguió fue espeso, cargado de algo que los dos comprendían pero ninguno quería nombrar. Vida retiró lentamente la mano, tratando de ocultar la respiración entrecortada, y Miguel llevó el mate a los labios sin dejar de observarla de reojo.
—Vale… ahora sí que me está gustando esto —bromeó, para romper la tensión.
Ella sonrió nerviosa.
—Mentiroso. Pusiste la misma cara de sufrimiento que antes.
—Es que me concentro más en la compañía que en el sabor —replicó Miguel con una media sonrisa.
Vida bajó la vista, mordiéndose apenas el labio. La cocina parecía más pequeña, el aire más denso, como si todo hubiera cambiado con ese mínimo roce.
El silencio se estiró unos segundos más, hasta que Miguel, con el mate todavía en la mano, suspiró y dejó que las palabras se escaparan casi sin pensarlas.
—He pensado en ti muchas veces… más de las que logro recordar.
Vida levantó la vista de golpe. Sus ojos se encontraron con los de él, y por un instante la cocina desapareció, el mundo afuera también. Solo quedaron ellos dos, enfrentados a lo que nunca habían terminado de cerrar.
Ella tragó saliva.
—Miguel…
Él sonrió apenas, con esa media sonrisa que siempre la desarmaba.
—No te asustes. No te lo digo para complicarte la vida. Solo… necesitaba que lo supieras.
Vida tomó el mate entre las manos, buscando algo que la anclara. Sentía el corazón golpearle en el pecho, como si quisiera escapar.
—Yo también pensé en ti —confesó en voz baja, casi como si se arrepintiera de haberlo dicho en cuanto las palabras salieron.
Miguel apoyó los codos en la mesa, inclinándose un poco hacia ella.
—Entonces… al menos sé que no fui el único imbécil que pasó años recordando algo que no podía tener.
Ella sonrió con ternura, aunque en sus ojos todavía había un brillo de incertidumbre.
—No fuiste el único.
El aire se volvió denso otra vez, cargado de todo lo que no podían decir. La pantalla de la televisión, con las noticias sobre el virus, quedó de fondo como un murmullo lejano. La realidad estaba ahí, pero en ese instante, en esa cocina, lo único real eran ellos.
Vida se removió en la silla, incómoda con el peso de lo que acababa de soltar. Bajó la mirada al mate como si pudiera esconderse dentro de él, y después, con una sonrisa nerviosa, intentó desviar el rumbo.
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Editado: 22.08.2025