A destiempo

Capítulo 60: No todo está perdido.

Vida y Miguel permanecieron unos segundos mudos, como si el mundo se hubiera detenido alrededor de la puerta abierta. Sus miradas se encontraron, cargadas de años de recuerdos, silencios y emociones contenidas. La respiración de ambos se volvió un poco más rápida, y cada pequeño movimiento parecía amplificado por la cercanía.

Vida dio un paso involuntario hacia él, y Miguel sintió un escalofrío recorrer su espalda. La habitación parecía más pequeña, más íntima, como si cada pared contuviera la energía de todo lo que habían vivido y de lo que aún no se atrevían a decir.

—No… —susurró Vida, sin apartar la mirada, intentando romper la tensión, pero su voz sonaba más temblorosa de lo que ella misma esperaba.

Miguel inclinó ligeramente la cabeza, como si buscara un permiso silencioso para acercarse más. Su corazón latía con fuerza, demasiado rápido, y sentía que cualquier paso en falso podría romper el frágil equilibrio que se había construido entre ellos en ese instante.

—Vida… —dijo él, con la voz baja, casi un murmullo, dejando que el calor de su aliento rozara el aire frente a ella—. He esperado tanto para verte… para estar cerca otra vez.

Ella tragó saliva, consciente de cómo cada palabra se mezclaba con la electricidad que recorría sus cuerpos. Sintió la necesidad de tocarlo, de confirmar que no era un sueño, pero también el miedo de avanzar demasiado rápido. Sus manos temblaban ligeramente, y se llevó un mechón de cabello detrás de la oreja, un gesto que Miguel captó al instante.

Un paso más cerca y la distancia entre ellos era mínima. Podía sentir el calor de Miguel, el aroma que siempre había guardado en su memoria, y un torbellino de emociones la hizo cerrar los ojos por un instante, respirando profundo para controlar la agitación que la recorría. Miguel, a su vez, mantenía la mirada fija en ella, fascinado por cada detalle: la curva de sus labios, la forma en que sus ojos brillaban con emociones contenidas, el leve temblor de su cuerpo.

—Nunca imaginé… —susurró Miguel, acercándose apenas un poco más, sus dedos rozando casi sin querer la tela del brazo de Vida—… que esto pudiera sentirse así. Como si todo lo que pasó se concentrara en un solo instante.

Vida abrió los ojos, encontrándose con los suyos. Se sentía atrapada entre el miedo y el deseo de entregarse a ese momento, de sentir que él estaba realmente allí, después de tanto tiempo. Un impulso hizo que levantara la mano, casi tocando su pecho, sin atreverse a cruzar la frontera del contacto directo, pero suficiente para que ambos sintieran la electricidad en el aire.

—Miguel… —dijo con un hilo de voz—. Todo esto… es demasiado…

Él sonrió suavemente, apenas perceptible, y apoyó una mano en el marco de la puerta, acortando la distancia sin invadir su espacio personal. Sus dedos temblaban ligeramente, y sus ojos no dejaban de observarla, buscando cualquier señal de que ella también quería acercarse.

—Lo sé —respondió—. Pero, por fin… estamos aquí. Ahora. Aunque sea solo este momento, quiero sentir que no todo está perdido.

Vida suspiró, y en ese suspiro hubo alivio, miedo, deseo y nostalgia mezclados. Cada latido de su corazón resonaba en sus oídos, recordándole cuánto había esperado este reencuentro. Se inclinó apenas hacia él, y Miguel respondió con el mismo gesto, ambos conscientes de la cercanía, de cómo el espacio entre ellos se había reducido a apenas unos centímetros, pero sin atreverse a cruzar la última línea.

La tensión era palpable, un hilo invisible que los unía y que parecía vibrar con cada respiración. Podían sentir la presencia del otro en todo el cuerpo: el calor, el aroma, la suavidad de la piel al rozar accidentalmente la mano o el brazo. Era un acercamiento emocional y físico simultáneo, un reconocimiento silencioso de que sus años de distancia y silencios habían sido absorbidos en ese único instante.

Miguel inclinó la cabeza un poco más, acercando su frente a la de Vida, y ella cerró los ojos un momento, dejándose envolver por la proximidad, por la sensación de seguridad y deseo mezclados. No había beso, pero había algo igual de potente: la certeza de que ambos sentían lo mismo, la electricidad que recorría sus cuerpos, y el entendimiento silencioso de que el momento del contacto definitivo estaba cerca, solo necesitaba un paso más, una señal que ninguno se atrevía a dar todavía.

—Vida… —susurró él—. No sé cuánto tiempo más podré… mantenerme así.

Ella abrió los ojos, mirándolo intensamente, sintiendo cómo todo en su interior se debatía entre el impulso y la precaución. Un pequeño movimiento de su mano fue suficiente para que Miguel entendiera: había un permiso tácito, un hilo de confianza que los acercaba sin romper la magia del instante.

Y así permanecieron, mirándose, respirando casi al unísono, cada segundo cargado de años de recuerdos, silencios y emociones contenidas. Un primer roce de emociones y cuerpos, con la certeza de que lo que vendría después sería inevitable.
Miguel permaneció apenas unos centímetros más cerca, su frente rozando la de Vida. Ella sintió cómo el calor de su cuerpo la envolvía. Cada inhalación compartida parecía un puente entre sus mundos separados por años y distancia.

Vida levantó ligeramente la mirada, y se encontró con los ojos de Miguel, profundos y serenos, llenos de la misma intensidad que había sentido tantas veces desde la distancia. Su corazón latía con fuerza, golpeando casi en el mismo ritmo que el de él. No podía evitar notar lo alto que era a su lado; la diferencia de altura la hacía sentir contenida, abrazada aunque todavía no hubiera contacto directo.

Miguel inclinó un poco más la cabeza hacia ella, y un escalofrío recorrió su columna vertebral. Cada movimiento suyo era medido, consciente de la fragilidad y la fuerza de ese instante. Vida se enderezó ligeramente, elevando los brazos para ajustar un mechón de cabello detrás de la oreja, pero el gesto terminó siendo un acercamiento inadvertido a su hombro, a unos centímetros de rozarlo.




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