El beso, que había comenzado tierno y cuidadoso, se volvió pronto más urgente. Miguel separó apenas los labios de Vida para mirarla, con los ojos llenos de deseo contenido, y luego la volvió a atraer hacia él con un movimiento más firme. Esta vez no había suavidad ni espera: la necesitaba cerca, y Vida correspondió con la misma intensidad, sus manos trepando por su espalda, abrazándolo como si quisiera fundirse con él.
Sus bocas se encontraron nuevamente, esta vez sin reservas. Los labios de Miguel se movían con hambre y precisión, explorando cada centímetro de los de ella, y Vida respondió con igual ardor, dejando escapar suspiros entrecortados mientras sus dedos se enredaban en su cuello y su pelo. Era un beso que no solo decía deseo: gritaba años de ausencia, de silencios, de amor contenido, de noches imaginando este instante.
Miguel, sin dejar de besarla ni un instante, la levantó de las piernas y la apoyó contra la pared, abrazándola con fuerza. Vida rodeó su cuello con los brazos, apoyando la cabeza en su hombro, mientras sus cuerpos se moldeaban el uno al otro, perdiéndose en un torbellino de deseo y lujuria que hacía que todo lo demás desapareciera.
Miguel la sostuvo firme contra la pared, y su rostro se acercó al de ella, rozando su oído mientras susurraba con voz ronca:
—Te deseo… te he deseado tanto.
Vida arqueó el cuello hacia él, incapaz de contenerse, y respondió entre gemidos:
—Yo también… te deseo.
Sus cuerpos se presionaban con fuerza, cada roce intensificando la necesidad. Miguel bajó suavemente la cabeza y mordisqueó la oreja de Vida, provocando un estremecimiento que recorrió todo su cuerpo. Ella lo abrazó con fuerza, aferrándose a su cuello mientras sus respiraciones se mezclaban, rápidas y entrecortadas.
El aire se llenaba de susurros, jadeos y risas entrecortadas. Cada caricia de Miguel, cada roce de sus cuerpos, hacía que la tensión se volviera casi insoportable. Vida podía sentir la dureza de su excitación a través de la ropa, y la necesidad de acercarse más y más la consumía.
Se rozaban con desesperación, como si intentaran fundirse en uno solo, buscando borrar los años de distancia, silencios y deseos reprimidos. Sus manos exploraban sin control, mientras cada gemido y suspiro los mantenía anclados en ese momento de urgencia y lujuria.
—No puedo… más… —susurró Vida, la voz entrecortada, sus dedos aferrándose a él—.
Miguel respondió con un gemido ronco, apretándola aún más contra sí, sintiendo cómo cada segundo sin contacto había sido una eternidad. La intensidad entre ellos crecía con cada respiración, cada roce, cada mirada cargada de deseo, y el tiempo parecía detenerse mientras se abandonaban completamente a ese encuentro desesperado y salvaje.
Miguel la llevó al sillón, sentándola sobre sus piernas. La cercanía era casi insoportable: podían sentir cada respiración del otro, cada latido del corazón acelerado. Sus cuerpos se rozaban, temblando por la intensidad del momento.
Los besos se volvieron más urgentes, desesperados, recorriendo el cuello, la mandíbula, los labios con ansias contenidas.
Las manos de Miguel recorrieron la cintura de Vida, temblorosas pero firmes, como si no pudiera creer que al fin la tenía allí, sobre él. Con un gesto torpe, ansioso, buscó bajo la tela de su pijama, deslizando los dedos contra su piel ardiente. Vida arqueó la espalda al contacto, soltando un gemido que se perdió en su boca.
Él la miró a los ojos apenas un segundo, con las pupilas dilatadas, como pidiendo permiso y devorándola al mismo tiempo. Ella asintió, apenas moviendo la cabeza, y sus manos bajaron hasta el borde de su camisa, deslizándola con urgencia hasta quitársela. El pecho de Miguel quedó descubierto, y Vida no pudo evitar acariciarlo con los dedos abiertos, sintiendo el calor y la fuerza bajo la piel.
—Eres mío —susurró Miguel contra sus labios, con voz grave.
Vida respondió con un beso profundo, bajando las manos hasta la cintura de él, tironeando de la tela que los separaba. La ropa comenzó a caer entre susurros y risas ahogadas, dejando al descubierto piel contra piel. Cada roce los incendiaba un poco más.
Cuando la remera de Vida cayó al suelo, Miguel se quedó en silencio apenas un instante, observándola, como si quisiera grabar esa imagen para siempre. Sus manos la recorrieron despacio, a pesar de la urgencia, acariciando cada curva, cada rincón que había soñado tantas veces.
—Eres hermosa… —murmuró, casi sin aire.
Ella lo atrajo de nuevo, besándolo con fuerza, hundiendo las uñas en su espalda mientras sus cuerpos se unían más y más.
Miguel le apretó los pechos con fuerza, devorándolos con las manos como si no hubiera mañana. Hundió la cara en ellos y atrapó un pezón con la boca, lamiéndolo y chupándolo hasta que Vida soltó un gemido ahogado. Con la otra mano le masajeaba el otro, pellizcándolo apenas, arrancándole suspiros desesperados.
Vida se movía encima de él sin control, frotándose contra la dureza que sentía bajo sus jeans. La fricción la volvía loca, y no podía evitar rozarse cada vez más fuerte, buscando ese alivio urgente.
—Miguel… joder, Miguel… —repetía su nombre una y otra vez, con la voz rota, entre jadeos.
Él gruñía contra su pecho, excitado por sentir cómo se restregaba sobre su erección, húmeda ya de deseo, desesperada por más. Su lengua jugaba con el pezón duro mientras su mano seguía amasando el otro, como si quisiera poseerla entera con la boca y las manos a la vez.
Vida se arqueó sobre él, perdida, con la respiración desbocada, gimiendo su nombre como un mantra, mientras la presión entre sus piernas la hacía temblar.
Miguel bajó una de sus manos por el vientre de Vida hasta meterse entre sus muslos. La sintió temblar cuando apartó la tela de sus bragas y rozó con los dedos su sexo húmedo. Un gruñido ronco se le escapó de la garganta.
—Estás empapada, joder… —murmuró contra su cuello, excitado hasta la locura—. Estás lista para mí.
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Editado: 22.08.2025