Miguel avanzó un paso más, hasta que quedó frente a ella. Vida intentó retroceder, pero la silla la mantuvo en su sitio. La tensión se estiraba como una cuerda a punto de romperse.
—No me mires así —murmuró ella, con voz temblorosa, aunque sus ojos seguían clavados en los de él.
—¿Así cómo? —susurró Miguel, inclinándose apenas, lo suficiente para que el calor de su aliento rozara su piel.
Vida quiso responder, pero las palabras se le atoraron en la garganta. La rabia seguía allí, atravesándola, pero la cercanía de Miguel encendía otra cosa que no podía apagar.
Él bajó la voz todavía más, casi un ruego:
—Déjame mostrarte lo que siento… aunque sea una vez.
Y sin esperar permiso, se inclinó despacio, rozando primero su frente con la de ella, hasta que sus labios atraparon los de Vida en un beso denso, urgente, cargado de todo lo que habían callado. Vida, al principio rígida, intentó resistirse, pero su propio cuerpo la traicionó: las manos se le aferraron al borde de la mesa, como si necesitara sostenerse, mientras la rabia se mezclaba con un deseo feroz que la sacudía desde adentro.
El beso se profundizó. Miguel no la apretaba con fuerza, pero sí con firmeza, con esa determinación de quien no piensa dejar escapar algo que importa demasiado.
—Miguel… —susurró ella entrecortada, cuando logró apartarse apenas unos centímetros—. No… no es tan fácil.
Él la miró fijo, con esa intensidad que la dejaba sin aire.
—No quiero que sea fácil, Vida. Quiero que sea real.
Miguel la sostuvo con fuerza, acorralándola entre su cuerpo y la mesa. Vida intentó apartarse, el pecho subiéndole y bajándole a un ritmo frenético, pero su resistencia se quebró apenas él inclinó el rostro y la volvió a besó. No fue un beso suave, no fue un roce tímido: fue un choque brutal de labios, un incendio desatado en medio de la tormenta.
Su rabia se fundió con su deseo. Lo mordió en el labio, fuerte, como castigo, y él solo gimió bajo su boca, respondiéndole con más fuego.
Miguel la arrinconó contra la pared, el cuerpo de ambos chocando con violencia contenida. La boca de él buscó la de ella con un beso voraz, sin espacio para respirar, devorándola como si quisiera borrar con lengua y dientes cada reproche, cada distancia. Vida intentó resistirse, pero sus manos lo traicionaron; se aferraron a su pijama, sintiendo bajo la tela la dureza palpitante que la estaba enloqueciendo.
El calor la consumía. Deslizó la mano adentro del pantalón y lo rodeó con los dedos. La erección de Miguel era firme, tensa, casi dolorosa de tanto deseo reprimido. Él soltó un gruñido ronco contra su cuello y le mordió la piel con desesperación, arrancándole un gemido entrecortado.
—Joder, Vida… —murmuró con voz áspera, temblando mientras ella lo masajeaba con movimientos lentos, cruelmente deliciosos.
Su camiseta se levantó en un tirón y la boca de Miguel se lanzó sobre sus pechos, besando, succionando, mordiendo con hambre y ternura entremezcladas. Vida arqueó la espalda, atrapada entre la rabia que aún hervía en su pecho y el deseo abrasador que la estaba desarmando.
Las manos de Miguel bajaron por su cintura con urgencia, queriendo más, necesitando perderse en ella como tantas noches soñadas. Ella lo detuvo apenas un segundo, con la respiración entrecortada, mirándolo a los ojos, temblando por la lucha interna. Pero él no se detuvo.
Miguel la sostuvo con tanta fuerza que Vida creyó que iba a dejarle marcas en los brazos. El beso era un choque, un campo de batalla donde la bronca se convertía en puro deseo. Su lengua la buscaba con desesperación, como si necesitara tragarse cada parte de ella para calmar la sed que llevaba años acumulando.
—Me vuelves loco, joder… —murmuró contra sus labios, con la voz rota de urgencia. —Dime que me odias… —susurró con la boca contra su piel, antes de volver a besarla salvajemente—. Dímelo y me aparto.
Pero Vida no dijo nada. Solo lo apretó con más fuerza dentro del pantalón, haciéndolo estremecer hasta la médula, acelerando los movimientos de su mano, arrancándole jadeos entrecortados que vibraban contra su piel.
—Dios… no sabes lo que me haces —confesó él, hundiendo la boca en sus pechos como si quisiera devorarla entera.
La respiración de ambos se volvió caótica. El cuarto parecía demasiado pequeño para contener todo lo que estaban a punto de desatar. Vida sintió el cuerpo de Miguel tensarse, vibrante, a punto de estallar entre sus manos, y eso solo la excitó más.
Él la levantó apenas, apretándola contra la pared, devorando su boca otra vez mientras sus manos recorrían su cuerpo con desesperación, como si cada rincón fuera suyo por derecho.
Cuando Miguel la empujó contra la pared, Vida apenas tuvo tiempo de respirar. El golpe de su cuerpo contra el suyo la arrancó de todo pensamiento: solo quedaba el choque, la rabia y ese deseo abrasador que la devoraba desde dentro.
Lo sintió invadirla de golpe, un estremecimiento brutal que le arrancó un gemido ahogado. No hubo dulzura, no hubo tregua: fue como ser desgarrada y al mismo tiempo completada, un choque de fuego que la quemaba hasta los huesos.
Quiso odiarlo. Quiso apartarlo. Pero cada embestida la quebraba un poco más, arrancándole la voluntad a mordiscos, dejándola temblando, jadeando, aferrada a sus hombros como si de ese dolor placentero dependiera su vida.
—Dime que me odias… —gruñó él contra su boca, su voz rota de urgencia.
Pero las palabras no salieron. Solo salió un grito desgarrado cuando el clímax la arrastró en una ola feroz, sacudiéndola desde el vientre hasta la garganta. La intensidad fue tan brutal que creyó romperse en mil pedazos, perdida en un vértigo sin control.
Miguel cayó con ella en ese abismo, rugiendo su nombre contra su piel. El temblor de su cuerpo la recorrió por completo, y en esa descarga salvaje, desesperada, Vida sintió que ya no quedaba espacio para nada más: ni odio, ni miedo, solo ese deseo rabioso que los unía como una condena.
#1601 en Novela romántica
#593 en Chick lit
distancia, hermanodemimejoramiga, diferencia de edad drama y romance
Editado: 22.08.2025