A destiempo

Capítulo 71: Hasta pronto mi amor!

El silencio de la madrugada los envolvía, roto apenas por la respiración entrecortada de ambos. Seguían desnudos, pegados piel contra piel, como si cada milímetro de contacto fuera indispensable para sostenerse. Vida acariciaba el pecho de Miguel con la yema de los dedos, dibujando círculos lentos sobre su piel, mientras él la mantenía atrapada entre sus brazos, como si quisiera detener el tiempo.

Ninguno de los dos cerraba los ojos. Dormir significaba perder esas últimas horas juntos, y se miraban como si la noche pudiera extenderse solo con el deseo, con la certeza de que cada latido los unía aún más.

—Vida… —murmuró Miguel, con la voz ronca, quebrada, como si pronunciar su nombre fuera una confesión que había guardado demasiado tiempo.

Ella lo miró en silencio, con el corazón golpeándole el pecho, sintiendo que cada palabra suya la atravesaba.

Él tragó saliva, y de pronto lo dijo todo, sin frenos:
—Te amo. Te amé hace siete años, cuando todo empezó, y te amo ahora… más que nunca. No dejé de sentirlo ni un solo día.

Vida lo miró fijo, con lágrimas asomando, y sacudió la cabeza, incrédula y temblorosa.
—¿Siempre? —susurró— ¿Incluso cuando… cuando me alejaba?

—Siempre —replicó Miguel, apretando su mano contra la de ella—. Incluso cuando estaba furioso, incluso cuando pensaba que no podrías volver a elegirme.

Ella soltó un sollozo y lo abrazó con fuerza, escondiendo el rostro en su cuello.
—Yo también te amo, Miguel —susurró contra su piel, temblando—. Te amé siempre… incluso cuando intentaba odiarte. Nunca te dejé de amar, aunque me doliera admitirlo.

Él cerró los ojos, apretándola contra sí como si se le fuera la vida en ello.
—Entonces no hay nada que pueda separarnos esta vez. Ni la distancia, ni los fantasmas, ni el pasado. Nada.

Ella lo miró con lágrimas resbalando por sus mejillas.
—Prométeme que no vas a soltarme, Miguel. Que si me caigo, vas a estar ahí.

—Te lo prometo —dijo él sin titubear—. No pienso perderte de nuevo.

Se quedaron así hasta que el primer rayo de luz del amanecer se coló por la ventana, iluminando la habitación con un dorado suave y tibio. Mirándose, abrazados, desnudos y vulnerables, comprendieron que la despedida no era un final, sino un inicio. Un camino que ambos estaban dispuestos a recorrer juntos, sin importar los obstáculos que vinieran.

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Horas después, el aeropuerto los recibió con un silencio inusual, roto solo por los anuncios constantes sobre el uso de mascarillas y las restricciones de distanciamiento. La pandemia había transformado todo: las filas eran más largas, los abrazos más cortos, y los aeropuertos se habían convertido en espacios de tensión contenida. No podían entrar todos, y el gel antibacterial y las mascarillas eran tan indispensables como las maletas.

Vida caminaba junto a Miguel, ambos con las mascarillas puestas. La mano de él sobre la suya era firme, cálida, un ancla en medio del mar de incertidumbre. Cada paso hacia la puerta de embarque le recordaba que la separación se acercaba, y la imposibilidad de abrazarse libremente hacía que la despedida fuera todavía más dolorosa.

—No puedo… —susurró Vida, la voz apenas audible bajo la tela de la mascarilla—. No puedo dejar de pensar que algo va a pasar, que… que Valeria…

Miguel se inclinó ligeramente, acercando su frente a la de ella, manteniendo la distancia mínima pero logrando transmitir la cercanía que ambos necesitaban.
—Vida, escúchame —dijo, con los ojos fijos en los de ella—. Nada va a separarnos. No importa lo que venga, ni quien intente interponerse. Esta vez, yo no voy a dejar que nadie nos separe.

Ella tragó saliva, con los ojos brillantes de emoción y miedo.
—Es que… siento miedo. No quiero volver a perderte, Miguel. No puedo soportarlo otra vez.

Él la tomó de la cara con suavidad, apenas tocando la mascarilla, y le susurró con firmeza:
—Nunca más. Y si eso significa que debo dejar todo e ir contigo a Argentina, lo haré. Todo lo que esté en mis manos, lo haré por nosotros.

Vida lo miró, buscando la verdad en sus ojos. Allí estaba, clara, inquebrantable. Su corazón se aceleró, y por primera vez desde que supo de su viaje, sintió una calma extraña mezclada con nostalgia.
—Entonces… confío en ti —susurró, apoyando su frente contra su pecho, aún con la mascarilla puesta—. Y voy a extrañarte tanto…

—Y yo a ti —respondió él, presionando suavemente su frente contra la de ella, respirando por la mascarilla, sintiendo su calor a través de la tela—. Pero esto no es un adiós. Es solo un hasta luego. Y cuando llegues, estaré esperándote.

Vida apoyó su frente contra la de él y murmuró:
—No quiero que esto sea solo un hasta luego, Miguel. Quiero que sea… un hasta pronto, sabiendo que siempre vamos a encontrarnos.

Miguel cerró los ojos, inclinándose un poco más hacia ella, dejando que la distancia de la mascarilla se volviera insuficiente. Con un gesto decidido, la abrazó y la besó, la tela entre ellos no fue suficiente para apagar el fuego que sentían. Fue un beso intenso, lleno de amor, de deseo reprimido, de promesas mudas. Sus manos recorrieron la espalda del otro con urgencia contenida, como si cada caricia pudiera compensar las horas, los días y los meses de espera.

Se separaron apenas unos segundos, respirando agitadamente.
—No… no puedo dejar de besarte —susurró Vida, apoyando su frente contra la de él—. Esto es demasiado…

—Lo sé —contestó Miguel, acariciando su mejilla—. Pero quiero que lo sientas. Que sepas que cada beso es mío, solo mío, aunque la distancia y las mascarillas nos obliguen a estos segundos robados.

Se miraron fijamente, y en sus ojos se leían todas las promesas no dichas, todos los te amos que aún no habían pronunciado, todas las noches juntos que habían soñado. Vida apretó su mano contra la de él, y Miguel respondió entrelazando sus dedos con fuerza, como si ese gesto pudiera mantenerlos unidos más allá del tiempo y del espacio.




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