Vida se despertó con un malestar extraño. El cansancio la aplastaba y un ligero mareo le nublaba la cabeza. Su estómago estaba revuelto y un escalofrío recorría su espalda. Se incorporó lentamente, respirando hondo, intentando tranquilizarse.
“¿Y si me he contagiado?” pensó con un nudo en la garganta. El Covid seguía haciendo estragos en Buenos Aires, y la idea de volver a aislarse la llenaba de miedo y ansiedad. Caminó hasta la cocina, tomó un vaso de agua y se obligó a beber, mientras su mente repasaba cada síntoma, cada detalle del día anterior.
Miguel ya había vuelto a Nueva York después de pasar unos días con su hermana Clara y ver a sus abuelos. Las restricciones se habían relajado, la vida comenzaba a acomodarse a una nueva normalidad, y él retomaba su rutina con cuidado. Pero su cabeza estaba constantemente en Buenos Aires, pensando en Vida y en cómo se sentía. Cada mensaje y cada videollamada eran ahora parte de su día, un hilo que los mantenía unidos pese a la distancia.
Mientras tanto, Vida se sentó en su cama con el móvil en la mano, respirando hondo. Mandó un mensaje a Miguel:
—Me siento rara… cansada, descompuesta.
En cuestión de segundos su teléfono vibró con la llamada de Miguel. Ella aceptó sin dudar, aunque el corazón le latía a mil.
—Vida… ¿qué te pasa? ¿Estás bien? —preguntó él con voz preocupada, mientras su cara aparecía iluminada en la pantalla.
—No sé… estoy desganada, con dolor de cabeza y el estómago revuelto… —respondió ella, intentando sonar tranquila—. Me da miedo, Miguel… ¿y si…?
Él la miró fijamente, respirando hondo.
—Tranquila, Vida. Lo primero es no asustarse. Podría ser un virus común, o simplemente estrés y agotamiento después de la cuarentena. Pero vamos a cuidarte, sí?. Aunque sea por videollamada, estoy contigo.
Vida suspiró, sintiendo cómo parte de su ansiedad disminuía con su voz. Mientras hablaban, su mente empezó a hacer cuentas: recordó cuándo había tenido su último periodo, intentando relacionarlo con los síntomas que sentía. No dijo nada a Miguel, pero un pensamiento insistente la mantenía ocupada. ¿Sería posible…? La pregunta la aterraba y la excitaba a la vez.
—Prométeme que me avisarás si empeoras —insistió Miguel—. No quiero enterarme por otra persona. Quiero estar contigo, aunque sea a distancia.
—Lo prometo… —murmuró Vida—. Gracias, Miguel. No sé qué haría sin vos.
Los días siguientes transcurrieron entre descanso y cuidados. Vida intentaba relajarse, beber agua y comer ligero, mientras revisaba su calendario mental y seguía pensando en lo que su cuerpo le decía. Miguel, mientras tanto, volvía a su rutina en Manhattan: caminaba por las calles con mascarilla, trabajaba con cuidado y siempre tenía un momento para enviar un mensaje o hacer una videollamada.
Aunque la distancia física seguía ahí, su vínculo se fortalecía con cada palabra, cada gesto, cada cuidado compartido. Los mensajes y las llamadas se convirtieron en un refugio para ambos: Vida encontraba consuelo en la presencia virtual de Miguel, y él sentía que podía protegerla a pesar de los kilómetros.
El sol brillaba con fuerza en Buenos Aires, pero Vida apenas lo notaba. Su cuerpo todavía le recordaba el malestar de los últimos días, y una preocupación persistente rondaba su mente. Mientras desayunaba, su mirada se perdía en el café humeante, y cada sorbo parecía más amargo que el anterior.
Decidió que ya no podía quedarse con la incertidumbre. Tomó su bolso y salió hacia la farmacia. La ciudad estaba viva, aunque con precauciones: la gente llevaba mascarillas, mantenía la distancia y la tensión por el virus se respiraba en el aire. Vida caminaba con pasos apresurados, intentando concentrarse en otra cosa, pero su mente no dejaba de repasar cada síntoma, cada signo, cada recuerdo de los encuentros con Miguel.
Al llegar a la farmacia, tomó dos test de embarazo del estante. Uno para hacerla ella misma, otro por si necesitaba confirmación más adelante. Pagó con las manos ligeramente temblorosas, el corazón le latía con fuerza y la cabeza le daba vueltas. Mientras volvía a casa, sentía que cada paso la acercaba a una verdad que no sabía si estaba preparada para enfrentar.
Al llegar a su departamento, cerró la puerta y dejó caer el bolso sobre el sillón. Respiró hondo varias veces, intentando calmar los nervios, mientras colocaba el test sobre la mesa del comedor. Todo parecía pesado: el aire, la luz, incluso el silencio.
Se quedó un momento mirando el test, tratando de reunir el valor para continuar. Finalmente, con manos temblorosas, retiró la tapa, hizo lo necesario según las instrucciones y lo dejó apoyado sobre la superficie, esperando los segundos que se le hicieron eternos.
Cuando el resultado apareció, su corazón se detuvo por un instante. Positivo. La línea marcada y clara no dejaba lugar a dudas. Vida se llevó las manos al rostro, intentando contener un torrente de emociones que iban desde la sorpresa, el miedo, la alegría y la incertidumbre.
Se sentó en el borde de la bañera, con el test frente a ella, sin poder mover ni un músculo. Cada pensamiento la llevaba a Miguel: cómo se lo diría, cómo reaccionaría, cómo afectaría la distancia todo esto. Su mente repaso mentalmente las últimas llamadas, los mensajes, las videollamadas en las que se habían mostrado vulnerables y apasionados. La idea de compartir esta noticia con él la llenaba de un calor distinto, una mezcla de ansiedad y deseo de cercanía.
Respiró hondo y tomó el teléfono. Su dedo temblaba sobre la pantalla mientras marcaba el número de Miguel. Cuando él respondió, con esa voz familiar que aún llevaba el acento español, su corazón latió con fuerza:
—Vida… ¿estás bien? —preguntó él, preocupado al instante, percibiendo el tono de ella.
—Miguel… —susurró, incapaz de articular más de inmediato—. Necesito hablar contigo.
—Tranquila, cariño. Respira, dime qué pasa —dijo él, su tono cálido y firme, llenándola de un consuelo inmediato.
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Editado: 22.08.2025