El departamento de Vida se había transformado en hogar compartido casi de inmediato. Miguel se movía con naturalidad entre la cocina y la sala, preparando café mientras Vida desayunaba en pijama, el vientre ya comenzando a notarse. La rutina diaria, tan diferente de los meses de distancia, estaba llena de pequeñas tensiones dulces: las manos de Miguel rozándola accidentalmente mientras se inclinaba a sacar la leche, los besos robados en la cocina, las caricias bajo la mesa mientras fingían hablar de banalidades.
—Te noto más cansada —comentó Miguel un día, apoyando su mano sobre el abdomen de Vida mientras ella se recostaba en el sofá—. ¿El bebé te da guerra?
—Un poco… pero me gusta sentirlo —respondió Vida, sonriendo—. Es como si me recordara que ya no estamos solos.
El embarazo había intensificado sus momentos de intimidad. Cada caricia, cada abrazo, era un recordatorio de la vida que crearon juntos. La pasión no había disminuido; al contrario, la cercanía física había despertado nuevas fantasías y juegos. A veces, al terminar de cenar, se perdían en la habitación durante horas, explorando el cuerpo del otro con un deseo renovado, mezclado con el cuidado y la ternura que la gestación requería.
—Joder, Vida… —susurraba Miguel mientras la abrazaba, la piel de su vientre contra su pecho—. No puedo creer estar aquí… y con nuestro pequeño dentro.
—Y yo que soñé tanto contigo mientras estabas lejos —respondió ella, acariciando su espalda—. Ahora todo se siente tan real…
No todo era pasión. Los días estaban llenos de conversaciones sobre nombres, planes para el futuro y cómo adaptar sus trabajos y vida cotidiana a la nueva realidad. Miguel planeaba trasladar parte de su trabajo a Buenos Aires definitivamente, para poder estar cerca de Vida y del bebé, aprovechando que su empresa le permitía trabajar desde cualquier lugar del mundo.
—Si puedo organizar todo, vamos a estar juntos siempre —decía Miguel mientras tomaban decisiones sobre el cuarto del bebé—. Y este pequeño va a tener a su padre cerca cada día.
Una tarde, decidieron que era momento de dar la gran noticia a sus familias. Vida había preparado la escena con cuidado, el embarazo ya visible y la emoción a flor de piel. Miguel estaba nervioso, aunque intentaba disimularlo con su habitual sonrisa confiada.
La videollamada con la familia de Miguel fue la primera. Él respiró hondo antes de hablar:
—Tengo algo que deciros… Vida y yo vamos a tener un bebé.
Silencio en la pantalla durante unos segundos. Luego, su hermana Clara gritó emocionada:
—¡No me lo puedo creer! ¡Vais a ser padres!
Y entonces los abuelos de Miguel, con lágrimas brillando en los ojos, se acercaron a la cámara:
—¡Qué alegría más grande! —exclamó su abuela—. No veíamos el momento de tener un nieto o nieta, y ahora vais a darnos ese regalo, un bisnieto!
—Estoy tan feliz… —añadió su abuelo, con la voz temblorosa—. No hay nada más bonito que ver a nuestros nietos formar una familia.
Miguel sonrió, contagiado por la felicidad de todos. Vida se recostó sobre su hombro, tomándola de la mano.
—Todo va a ir bien —susurró él, besándole la frente.
Al día siguiente, Vida y Miguel fueron a la casa de sus padres. La familia estaba expectante, y cuando Vida levantó la camiseta para mostrar el vientre, los ojos de sus abuelos y hermanos se llenaron de lágrimas.
—¡Es un milagro! —exclamó su madre, abrazándola con fuerza—. Vamos a mimarlo tanto…
Miguel tomó la mano de Vida, apretándola con ternura.
—Nuestro pequeño va a estar rodeado de amor —dijo con voz emocionada—. Y vamos a cuidarlo juntos, siempre.
Los días siguientes estuvieron llenos de risas, abrazos y la rutina compartida en el departamento. La vida juntos, la cercanía física después de meses de distancia y la certeza de que un nuevo ser estaba por llegar, les daba fuerza y felicidad. Entre la pasión que aún no disminuía y los preparativos para la llegada del bebé, cada instante parecía un recordatorio de que finalmente estaban donde debían estar: juntos, construyendo su futuro.
El embarazo de Vida avanzaba semana tras semana, y cada día se hacía más evidente. Su vientre crecía lentamente, redondeándose, y con ello llegaban nuevas emociones: alegría, ilusión… y también cierta inseguridad. A veces, al mirarse al espejo, se sentía diferente, extraña en su propio cuerpo.
—¿Te ves rara? —preguntaba Miguel con una sonrisa pícara, notando cómo Vida se retorcía un poco frente al espejo.
—No sé… me siento… rara —murmuró ella, tocando su vientre con cuidado.
Miguel la rodeó con los brazos, apoyando su cabeza contra la de ella.
—Vida… no puedes estar más hermosa. Cada curva, cada cambio, todo de ti me vuelve loco. Y este vientre… nuestro bebito creciendo ahí… me hace quererte aún más.
Vida sonrió, sintiendo cómo la felicidad llenaba la habitación. Pero al mismo tiempo, la ansiedad por su cuerpo seguía latente.
—Me preocupa… cómo voy a estar cuando nazca —confesó en voz baja.
Miguel tomó la mano de Vida con fuerza, acercándose a ella.
—Escuchame —dijo, sus ojos fijos en los de ella—. Cada cambio en ti me enloquece. Me vuelve loco verte así, embarazada, con nuestra vida creciendo dentro de ti. No hay nada que desee más que tocarte, abrazarte, sentirte…
Vida sintió que un calor agradable le subía por todo el cuerpo. Las palabras de Miguel, llenas de deseo y ternura, disolvieron sus inseguridades momentáneamente. Se abrazaron largo rato, disfrutando de la cercanía que tanto habían extrañado.
—Quiero que recuerdes esto —susurró él, bajando la voz—. Que nunca dudes de lo que me provocas, de lo que me enloqueces. Nuestro bebito está creciendo dentro de ti, y no podría estar más feliz ni sentirme más excitado por ti.
Esa noche, mientras se recostaban juntos, Miguel no dejaba de recorrer suavemente su vientre y sus curvas con la mirada y las manos. La pasión mezclada con ternura y emoción por la llegada del bebé los hacía inseparables: cada caricia, cada beso, cada abrazo era un recordatorio de que, aunque la distancia los hubiera separado meses antes, ahora estaban completos, construyendo juntos una familia y disfrutando del amor, la pasión y la complicidad que los unía.
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Editado: 22.08.2025