Los últimos días antes del nacimiento estuvieron llenos de una mezcla de ansiedad, emoción y ternura. Vida y Miguel se movían por el departamento con cuidado, con las manos entrelazadas y el corazón latiendo al mismo ritmo. Cada contracción de Vida era un recordatorio de la vida que estaban a punto de recibir, y Miguel no podía despegarse de su lado ni un segundo.
—Tranquila, Vida —le susurraba mientras acariciaba su vientre—. Estoy aquí, siempre. No importa nada más.
—Lo sé… —jadeaba ella, aferrándose a su brazo—. Pero duele… y siento miedo.
—Es normal, mi amor —insistió él—. Y después vamos a conocer a nuestro Valentino… y todo valdrá la pena.
La familia estaba pendiente de cada movimiento. Los abuelos de Vida y de Miguel estaban conectados a videollamadas constantes, animando, celebrando y compartiendo la emoción desde la distancia, hasta que Miguel pudo llamarles para avisar que ya estaban en la clínica.
Finalmente, después de horas de esfuerzo y lágrimas de dolor y felicidad, el llanto de Valentino llenó la sala. Miguel, con lágrimas en los ojos, tomó a su hijo en brazos por primera vez mientras Vida lo miraba exhausta pero radiante.
—Es perfecto —susurró Miguel, besando la frente de Vida y luego la de Valentino—. Gracias por esto… gracias por él.
Vida, con la respiración entrecortada, acarició la mejilla de Miguel y luego sostuvo a Valentino entre sus brazos.
—Nuestro pequeño Valentino… —dijo, con la voz temblorosa—. Te amamos tanto.
Los abuelos de Miguel no pudieron contener la alegría y lloraron frente a la pantalla mientras él les mostraba al bebé.
—¡Qué maravilla! —exclamó su abuela española—. Es igualito a vosotros, Miguel y Vida. ¡Qué emoción más grande!
Durante los primeros días en casa, la convivencia se transformó de nuevo: las noches pasaban entre mimos, lactancia, pañales y miradas llenas de amor. Miguel se turnaba con Vida para cuidar al bebé, siempre atento, siempre acariciando a su hijo y recordándole a Vida cuánto la admiraba.
—No puedo creer lo fuerte y hermosa que eres—decía Miguel mientras le pasaba la mano por la espalda a Vida—. Cada vez que te miro con Valentino en brazos me enamoro más de ti.
Vida, a pesar del cansancio y las inseguridades, sentía que todo valía la pena. Su cuerpo estaba cambiando, pero Miguel seguía viéndola como la mujer deseada y la madre perfecta. Cada caricia, cada beso y cada palabra de él reforzaban la seguridad y el amor que compartían.
La familia, aunque en gran parte a distancia, fue parte de cada momento. Videollamadas con abuelos, mensajes de amigos y familiares, todos llenos de alegría por la llegada de Valentino, creaban un ambiente cálido y lleno de amor. Miguel y Vida, agotados pero felices, se abrazaban cada noche, sabiendo que juntos podían enfrentar cualquier desafío.
—Te amo, Vida —susurraba Miguel antes de dormir, con Valentino entre ellos—. Y te amo más cada día.
—Yo también te amo, Miguel —respondía Vida, acariciando su rostro—. Y juntos vamos a enseñarle todo lo hermoso de la vida a nuestro Valentino.
La llegada de su hijo no solo consolidó su amor, sino que transformó cada instante en un recuerdo imborrable: el primer llanto, la primera sonrisa, los primeros abrazos y las primeras noches de sueño compartido. Cada detalle, por pequeño que fuera, estaba lleno de pasión, ternura y la certeza de que, después de tantos años separados y meses de distancia, deseaban vivir la vida juntos, intensamente, con todo el amor que tenían para dar.
Los primeros meses con Valentino habían sido un torbellino de emociones. Cada madrugada era un reto: pañales, biberones, llantos y risas mezclados. Vida y Miguel dormían poco, pero cada vez que el pequeño los miraba con sus ojitos brillantes, el cansancio se desvanecía.
Los días transcurrían entre risas de Valentino, biberones, pañales y siestas intercaladas. Vida y Miguel habían encontrado un ritmo que parecía imposible al principio, pero la rutina de la maternidad y la paternidad compartida les enseñó a equilibrar responsabilidades y deseos.
Por las mañanas, Vida se levantaba temprano para darle el desayuno a Valentino mientras Miguel revisaba correos y llamadas de trabajo desde la mesa del comedor. Pero siempre había un momento robado para ellos: una caricia rápida, un beso prolongado, un roce de manos que los hacía sonreír y recordar que seguían siendo amantes además de padres.
La pandemia ya era un recuerdo lejano; las calles de Buenos Aires volvían a llenarse de vida, y ellos podían respirar tranquilos, disfrutando de cada momento sin miedo constante.
Miguel se había acostumbrado al ritmo de la casa, ajustando su trabajo remoto a los horarios de los biberones y las siestas. Vida, con el cuerpo todavía recuperándose del parto, sentía un orgullo inmenso por su hijo y por la familia que habían formado.
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Editado: 22.08.2025