Lanzaba papeles por todos lados mientras caminaba de un lado a otro.
Llevaba más de cinco minutos buscando un marcador rojo para terminar un trabajo de la universidad. Si no lo conseguía no iba a poder terminar el boceto del afiche que tenía que entregar a media noche.
Levanto las dos almohadas de mi cama y los tres peluches para luego sacudir las sábanas sin tener éxito. Agarro mi cabello y suspiro desesperadamente y vuelvo a revisar el escritorio encontrando el marcador debajo de unas hojas.
Me siento en la silla y veo que las hojas con el boceto del afiche no están sobre el escritorio.
— No puede ser.
Busco mi celular en medio de las hojas del escritorio y llamo a Leonardo. A los pocos minutos cae la contestadora, así que vuelvo a llamar. Eso pasó unas tres veces más hasta que escucho un ronco “mhh”.
— Necesito tu ayuda.
— ¿Con quién habló? — Se escucha del otro lado del celular con un tono somnoliento.
Preocupada reviso que sí había marcado el número correcto. Al ver que si era, resoplo y vuelvo a poner el celular en la oreja.
— ¿Perdona, te levanté bello durmiente?
— ¿Megan? Es sábado y son qué… ¿11:00 am?
Vuelvo a separar el teléfono, veo la hora y acerco el celular a la oreja.
— Son casi las 10… Necesito tu ayuda ya.
— Es muy temprano — Leonardo se queja y se escucha como se estira debajo de las sábanas —. Dame media hora y llego a tu casa.
Después de eso dejo de escuchar algo del otro lado del teléfono, lo guardo en el bolsillo de mi pantalón y salgo a la cocina. Me preparo un sándwich, pico una manzana roja y sirvo un jugo de naranja.
Empecé a comer cuando el timbre sonó. Corrí a la puerta y veo a Leonardo bostezando, con el cabello desordenado y en pijama.
— ¿Para qué me necesitabas?
Lo agarro del brazo y lo arrastro hasta mi habitación.
— ¿Me hiciste desayuno? Que bueno no he comido… o no. ¿Tienes que grabar algo? Megan dime algo joder.
Al ver el estado de mi cuarto se suelta y sale corriendo a la cocina. Lo sigo y cuando lo veo está comiéndose el resto del sándwich.
— No sabía que los huracanes pasaban dentro de casas.
— Leonardo, por favor. Tengo que entregar un boceto mañana y voy por la mitad.
Da un gran mordisco terminando el sándwich para luego tomarse lo que quedaba de jugo.
— Dime que este no era tu desayuno.
Camino por el pasillo rápidamente escuchando pasos detrás mío. Entro a mi habitación y escucho un insulto a mis espaldas, seguido a eso veo como Leonardo recoge las almohadas del suelo y las coloca sobre el escritorio para así tender la cama.
Tengo el mejor amigo del mundo.
— ¿Qué es lo que estamos buscando exactamente? — pregunta viendo los papeles en el suelo.
Le explico y sin decir más se sentó en el suelo y empezó a ordenar los papeles según lo que él creía que eran y las ponía sobre la cama. Mientras tanto yo ordenaba el escritorio.
A los cinco minutos Leonardo suspira, agarra su celular y pone su lista de reproducción en aleatorio, sonando primero Tiburón de Proyecto Uno. Deja el teléfono a un lado y sigue ordenando papeles mientras mueve un poco los hombros al ritmo de la música. Lo observo por unos segundos hasta que voltea a verme y deja de moverse. Suelto una risita y sigo ordenando mientras escucho a Leonardo tarareando la canción.
— ¿Es esto?
Volteo a ver y hago mala cara al ver que es algo totalmente diferente a lo que estoy buscando. Leonardo sigue buscando.
Después de diez minutos de soportar frases como “¿Esto?”, “Megan tengo hambre”, “¿Y si lo empiezas de nuevo?” y otras cosas por el estilo, teníamos pilas de hojas y cuadernos en mi cama quedando el piso totalmente limpio.
Pero no habíamos conseguido la puta hoja.
— ¿Y si nos tomamos un descanso? — pregunta Leonardo acomodándose su cabello rizado.
— Ve si quieres, yo me quedo buscando el afiche.
Leo me ve con compasión y sale de mi habitación. Mientras yo agarro una de las pilas de hojas y comienzo a revisar una a una.
— Megan Gastrell — me llaman desde la cocina —. No me digas que es esta puta hoja con rayas azules y naranjas.
Dejo de revisar las hojas y las coloco una sobre otra en la cama. Salgo prácticamente corriendo hasta la cocina y está Leonardo en la mesa del comedor con una espátula de cocina en una mano y el afiche en la otra. La agarro para verla con los ojos casi llorosos.
— ¿En dónde estaba?
— En la cocina… ¿Me pusiste a ordenar el cuarto a propósito?
Iba a contestar, pero empezó a oler a quemado.
— ¡Las quesadillas! — grita Leonardo corriendo de vuelta a la cocina.
Suelto una risita y voy de vuelta a mi habitación con el papel en la mano. Me siento en el escritorio y saco los lápices de colores para seguir coloreando el afiche.
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Editado: 20.05.2026