Mason abre la nevera y comienza a sacar ingredientes, ordenándolos perfectamente en el mesón en donde estaba sentada. Esto me daba a entender que no era la típica improvisación con pasta: habían frutas, una botella de vino tinto ya enfriándose, queso brie, y un par de filetes que parecían demasiado bien preparados para alguien que se hacía llamar “cocinero ocasional”.
— ¿Filete con vino? — dije, arqueando una ceja.
— Exacto — contestó él, mientras encendía la sartén —. Y para el final… fresas con chocolate.
Solté una pequeña risa, incrédula.
— ¿Estás seguro de que no tienes un chef escondido en algún lugar? — bromeo, girando la cabeza buscando a alguien.
—Te prometo que esto es cien por ciento casero. Bueno… — alzó la botella de vino —, esto sí lo escogió el de la tienda porque yo solo dije: “deme el que se vea más elegante”.
Negué con la cabeza, pero no pude evitar sonreír. Había algo en su naturalidad que me desarmaba poco a poco.
Mientras él cocinaba, Mason hablaba sin parar, como si el silencio no existiera para él. Hablaba de lo mucho que le costó practicar la receta para que le quedara perfecta, del tipo de carne y el cómo se cocinaba, entre otras cosas sobre lo que estaba haciendo en el momento . Pero de pronto bajó el tono, sin dejar de mover la sartén.
— Hoy en el escenario… no podía dejar de mirarte. Ni siquiera escuchaba a la gente gritar alrededor. Solo te veía a ti.
Tragué saliva, sintiendo el calor subir por mis mejillas.
— Estabas en el público, Mason. Había centenas de personas viéndome — intento responder con firmeza, pero mi voz sonó más suave de lo que quería.
Él se giró, apoyando el cuchillo en la tabla, y me miró directamente.
— Sí, pero ninguna de ellas me importaba.
El silencio nos envolvió unos segundos. Bajé la mirada, tratando de esconder la sonrisa que se me escapaba, pero Mason seguramente ya lo había visto.
Él volvió a girarse hacia la sartén, como si nada hubiera pasado, rompiendo la tensión con un comentario más ligero:
— Eso sí… si te intoxico con esto, al menos será una muerte romántica.
Solté una carcajada, y esa risa alivió la presión en mi pecho, aunque la chispa entre ambos seguía ahí, latiendo en cada palabra no dicha.
— ¿Sabes? — dijo mientras abría unos gabinetes—. Volviendo al tema. Cuando bailas, pareces otra persona. Como si todo lo que escondes saliera de golpe. — se giró hacia mí, más serio esta vez con unos platos vacíos en ambas manos. — Es imposible no verte. No sé cómo lo haces.
Sentí el calor subirme al rostro y desvié la mirada hacia el suelo. Nadie hablaba así de mí. Nadie me veía así.
— ¿Vamos a seguir hablando de la competencia? — pregunté, apenada — No es tan interesante — murmuré.
Mason se queda inmóvil mientras servía los platos para poder mirarme a los ojos.
— Créeme, Megan. Es más importante de lo que piensas. — sonrió, pero esta vez sin coquetería exagerada, sino con una calma extraña, casi íntima.
Y por primera vez en mucho tiempo, no supe qué contestar.
☆★☆
La mesa estaba servida con una simpleza que se sentía extrañamente acogedora: dos platos humeantes, copas de vino tinto y un cuenco de fresas, bananos y otras frutas aún esperando su turno. Mason se dejó caer en la silla del frente, con esa energía desparpajada que parecía llenar todo el espacio.
— Bueno, momento de la verdad — dijo, cortando un pedazo de filete y probándolo primero él mismo —. No está quemado… todavía hay esperanza.
Reí y me llevé un bocado a la boca. Sorprendida, levanto las cejas.
— Está… bastante bueno.
— Bastante bueno — repitió él, inclinándose hacia mi —. Eso suena como un siete de diez.
— Seis y medio — bromeo, escondiendo la sonrisa detrás de la copa de vino.
— Cruel — dijo Mason, llevándose una mano al pecho como si lo hubiera apuñalado.
Ambos seguimos comiendo creando un silencio que no era incómodo. Saboreamos cada bocado que nos metíamos a la boca.
— ¿Sabes? — rompe el silencio Mason, limpiándose la boca con una servilleta — Bailas como si hipnotizaras al mundo y luego destruyes a un pobre hombre que solo quería impresionarte con un filete.
Lo miré con los ojos entrecerrados.
—¿Y siempre dices las cosas tan de frente?
— Siempre — contestó sin pensarlo, con una honestidad que me descolocó un poco—. ¿Y tú siempre escondes lo que sientes detrás de una broma?
Me quedé en silencio unos segundos, removiendo distraída el vino en su copa. No estaba acostumbrada a que alguien me dijera algo tan real con solo una frase.
—Tal vez —murmuró, levantando apenas la vista.
Mason ríe vagamente y se acaba el vino que le quedaba en la copa, agarra la botella y se sirve un poco más y pregunta si yo quería. Como respuesta le acerco la copa y me sirve un poco más.
Seguimos comiendo por unos minutos hasta que Mason deja sus cubiertos en la mesa y me mira pensativo, masticando.
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Editado: 31.07.2026