A Destiempo

Capítulo 17

Las siguientes semanas pasaron mucho más rápido de lo que esperaba. Entre las clases de la universidad, los ensayos en la escuela de danza, los trabajos atrasados y los rodajes que parecían aparecer de la nada cada vez que lograba ponerme al día con algo, apenas tenía tiempo para detenerme a pensar. Sin embargo, hubo una diferencia que empezó a hacerse evidente con el paso de los días: Mason se había convertido en una parte constante de mi rutina.

No ocurrió de golpe. No hubo un momento específico en el que pudiera señalar y decir "aquí fue". Simplemente empezó a estar ahí. Primero eran algunos mensajes durante el día, después llamadas ocasionales y, antes de que me diera cuenta, se había vuelto normal recibir una notificación suya apenas despertaba o encontrarme contándole algo absurdo que me había ocurrido en clases sin siquiera pensar demasiado en ello. Había días en los que apenas nos veíamos, pero aun así terminamos hablando durante horas. Otras veces aparecía en la universidad con cualquier excusa ridícula solo para saludarme unos minutos. Lo preocupante era que había dejado de sorprenderme. Me estaba acostumbrando a su presencia con una facilidad que, si me detenía a analizarla demasiado, probablemente me habría puesto nerviosa.

Aquella tarde me encontraba sentada frente a la computadora intentando terminar la edición de un proyecto audiovisual que llevaba días persiguiéndome. La línea de tiempo ocupaba toda la pantalla y el brillo azulado del monitor era prácticamente la única iluminación de mi habitación. Llevaba tanto tiempo observando las mismas escenas que había llegado a un punto en el que ya no estaba segura de si algo realmente se veía bien o si simplemente mi cerebro había dejado de funcionar después de varias horas seguidas de trabajo.

Fue entonces cuando mi celular vibró sobre el escritorio.

Ni siquiera levanté la vista de inmediato. Durante los últimos días había recibido tantos mensajes relacionados con la universidad que asumí que sería otro compañero preguntando algo sobre una entrega o algún profesor anunciando cambios de último minuto. Sin embargo, cuando finalmente extendí la mano para tomar el teléfono y vi el nombre en la pantalla, una sonrisa apareció antes de que pudiera evitarlo.

“Leonardo:

Estoy muriendo de aburrimiento.”

Solté una pequeña risa por la nariz mientras desbloqueaba el teléfono.

“Megan:

Qué tragedia.”

La respuesta apareció apenas unos segundos después, como si hubiera estado esperando frente a la pantalla.

“Leonardo:

Mi familia salió.

No tengo entrenamiento.

No tengo nada que hacer.

Ayúdame.”

Negué con la cabeza mientras me acomodaba mejor en la silla. Podía imaginar perfectamente la escena. Leonardo tirado en algún sofá de su casa, cambiando de posición cada cinco minutos y buscando cualquier excusa para no pasar la tarde solo. Lo conocía desde hacía demasiado tiempo como para no reconocer cuándo estaba exagerando deliberadamente.

Otro mensaje apareció.

“Leonardo:

Podemos ver una película.

O jugar algo.

O simplemente ignorarnos mutuamente durante varias horas.

Como siempre hacemos.”

No pude evitar reír.

Apoyé la espalda contra el respaldo de la silla y levanté la vista hacia el techo de mi habitación. La verdad era que no tenía ningún plan para esa tarde. Podía quedarme ahí y seguir editando durante horas o podía terminar el proyecto más tarde. Ninguna entrega era urgente y, después de toda la semana que había tenido, la idea de salir un rato de casa comenzaba a sonar bastante tentadora.

Mi mirada regresó a la computadora.

Luego al teléfono.

Y finalmente volví a la computadora.

Sabía perfectamente que ya había tomado una decisión.

“Megan:

Dame una hora.”

La respuesta llegó tan rápido que sospeché que ni siquiera había dejado el teléfono sobre alguna mesa.

“Leonardo:

¿Eso significa que sí?

Sí.

Gracias.

Eres mi persona favorita.”

Rodé los ojos.

“Megan

Mentiroso.”

Y antes de dejar el celular sobre la mesa, recibo un último mensaje.

“Leonardo:

Tienes razón.

Mi segunda persona favorita.”

☆★☆

Cuando llegué a casa de Leonardo todavía era temprano. El sol del mediodía entraba por las ventanas del frente iluminando la sala y parte del pasillo principal. Como siempre, ni siquiera me molesté en tocar el timbre. Después de tantos años entrando y saliendo de aquella casa, habría resultado extraño hacerlo.




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