A Destiempo pero siempre Tu...

El día que El Destino Tocó a mi Puerta

Esa noche no pude dormir.
Cada vez que cerraba los ojos, volvía a ver la escena una y otra vez.
La fiesta.
La música.
La forma en que Héctor me miró mientras bailábamos.
La discusión afuera del coche.
Alfonso alejándose sin decir una sola palabra.
Y después…
Héctor.
Su voz tranquila.
La manera en que me llevó a casa.
El momento en que abrió la puerta del coche para que pudiera bajar.
Era un detalle sencillo, pero para mí se había quedado grabado.
No podía dejar de pensar en él.
En su forma de hablar.
En su porte.
En la educación que mostraba incluso en los gestos más pequeños.
Había algo en todo eso que me había tocado profundamente.
Los días siguientes se hicieron largos.
Silenciosos.
Pasaron un par de días sin saber nada de Alfonso.
Ni una llamada.
Ni un mensaje.
Y aunque seguía molesta con él por haberme dejado aquella noche, también lo extrañaba.
Después de todo, él era mi mejor amigo.
La escuela no se sentía igual sin su presencia, sin sus bromas, sin esa costumbre de compartirlo todo.
Y de Héctor…
ni hablar.
No tenía manera de saber de él.
No habíamos intercambiado números.
No habíamos hecho ninguna promesa de volver a vernos.
Todo parecía haberse quedado en aquella noche.
Pero dentro de mí había una intuición que no lograba callar.
Sentía que él también estaba pensando en mí.
Que aquella noche no solo había significado algo para mí.
Y entonces llegó ese día.
Lo recuerdo perfectamente.
26 de febrero.
Hay fechas que se quedan tatuadas en la memoria, y esa fue una de ellas.
Esa noche alguien llamó a la puerta.
Desde dentro de la casa escuché que me decían:
—Te hablan.
Por un instante pensé que sería Alfonso.
Imaginé que por fin había venido a explicarme lo que había pasado.
Pero cuando salí…
ahí estaba.
Héctor.
Por un segundo sentí que el tiempo se detenía.
No podía creerlo.
Mi corazón comenzó a latir tan fuerte que sentí que se me iba a salir del pecho.
Ahí estaba, frente a mi casa.
Frente a mí.
Real.
—Disculpa por venir a buscarte… pero no he dejado de pensar en ti —me dijo.
En ese instante, todo dentro de mí gritó.
La emoción.
Los nervios.
La sorpresa.
La felicidad.
Todo se mezcló de golpe.
No sabía qué decir.
Solo sonreí, porque mi sonrisa estaba diciendo todo lo que mi voz todavía no podía.
—Sí me acordé cómo llegar a tu casa —añadió con una pequeña sonrisa.
Ese comentario me hizo sentir algo imposible de explicar.
Como si realmente hubiera querido volver a verme.
Como si hubiera hecho el esfuerzo de regresar porque yo también me había quedado en su mente.
Nos quedamos platicando.
Honestamente, no recuerdo exactamente de qué hablamos.
Eran palabras simples.
Cosas cotidianas.
Pero en realidad no importaba el tema.
Lo importante era estar ahí.
Frente a frente.
Los nervios no me dejaban estar tranquila.
Sentía las manos frías.
El corazón acelerado.
Y una emoción que no podía ocultar.
Entonces, sin previo aviso, me abrazó.
Fue un abrazo cálido.
Cercano.
De esos que te hacen sentir que por un instante todo está en su lugar.
Recuerdo perfectamente sus palabras.
—Eres muy abrazable.
Y antes de que pudiera reaccionar…
me besó.
No me aparté.
No quise.
Porque en el fondo yo también lo había estado esperando.
Me dejé llevar por todo lo que había sentido desde aquella noche de la fiesta.
Por todo lo que, aunque no quería aceptarlo todavía, ya estaba creciendo dentro de mí.
Entre nervios, sonrisas y besos, me dijo algo que todavía puedo escuchar.
—¿Ya somos novios o por qué me besas?
Y sin pensarlo demasiado, sin querer complicar algo que se sentía tan claro en ese momento, respondí:
—Sí.
Y volvimos a besarnos.
Esa noche se sintió mágica.
Como si el destino finalmente hubiera decidido tocar mi puerta.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.