A la mañana siguiente, todo parecía igual.
El mismo camino hacia la escuela.
Los mismos pasillos.
Las mismas voces de siempre.
Pero dentro de mí, nada estaba en su lugar.
Todavía sentía en la piel el recuerdo de la noche anterior.
Su abrazo.
Su voz.
El beso.
Y aquella pregunta que cambió todo:
—¿Ya somos novios o por qué me besas?
Caminé hacia el salón con el corazón inquieto, como si supiera que algo me estaba esperando.
Y ahí estaba.
Sentado junto a la ventana, en su lugar de siempre…
Alfonso.
Tan familiar.
Tan cercano.
Y al mismo tiempo, tan distinto.
Me acerqué sin pensarlo demasiado.
Traía muchas cosas atoradas en el pecho desde la noche de la fiesta.
No hubo saludo.
No hubo sonrisa.
Lo primero que salió fueron reclamos.
Le reclamé por haberme dejado aquella noche.
Por haberse ido sin explicarme nada.
Por no llamarme.
Por no asegurarse de que estuviera bien.
Todo el enojo que había guardado durante esos días salió de golpe.
Él me escuchó en silencio.
No interrumpió.
Solo se quedó ahí, como si supiera que tenía razón en sentirme así.
Cuando por fin terminé de hablar, levantó la mirada y me hizo una sola pregunta.
—¿Sigues hablando con Héctor?
Me quedé helada.
No esperaba esa respuesta.
No una disculpa.
No una explicación.
Solo eso.
En ese momento sentí que algo no terminaba de entender.
Había algo más detrás de todo aquello.
Algo que todavía no alcanzaba a ver.
Porque sí…
seguía hablando con Héctor.
O mejor dicho, desde la noche anterior ya no era solo hablar.
Ahora éramos novios.
Pero también había algo importante.
Un secreto.
La noche anterior, Héctor me había pedido algo.
Me dijo que todavía no le dijéramos nada a Alfonso.
Que le diera oportunidad de hablar primero con él.
Porque sabía.
Sabía que Alfonso sentía algo más por mí.
Algo que yo nunca había querido ver.
O quizá nunca había sabido reconocer a tiempo.
—Dame oportunidad de hablar con él —me había dicho Héctor.
Y yo acepté.
Confiaba en él.
Quería que las cosas se hicieran bien.
Aunque eso significara no decir toda la verdad.
Así que cuando Alfonso me preguntó, mentí a medias.
—Sí… nos hicimos amigos, fue a mi casa a dejarme.
Sentí un nudo en el pecho al decirlo.
No estaba acostumbrada a ocultarle cosas a Alfonso.
Él había sido mi mejor amigo.
La persona con la que siempre compartía todo.
Pero esta vez era diferente.
El resto del día pasó extraño.
Alfonso ya no era el mismo.
Se volvió más callado.
Más distante.
Y cuando hablaba, casi siempre era para decir algo malo de Héctor.
Comentarios pequeños.
Frases sueltas.
Pero suficientes para que se notara que algo no estaba bien entre ellos.
Y yo me encontraba en medio.
Entre lo que había sido mi amistad con Alfonso y lo que apenas comenzaba con Héctor.
Porque antes, las tardes eran de Alfonso.
Las llamadas largas.
Las risas interminables.
Las conversaciones que parecían no terminar nunca.
Pero eso comenzó a cambiar.
Sin darme cuenta, mis llamadas dejaron de ser para él.
Ahora, al llegar a casa, pensaba en una sola persona.
Héctor.
Esperaba escuchar su voz.
Platicar con él.
Volver a sentir la emoción que me había dejado aquella noche.
Y así, poco a poco, mi mundo empezó a girar alrededor de alguien más.
Si esta historia está tocando su corazón, no olviden seguir leyendo, comentar y acompañarme en esta travesía 💖📖✨
Lo mejor aún está por venir…
Editado: 11.04.2026