Los últimos días antes de salir de vacaciones pasaron de una manera muy distinta a como siempre los había vivido.
Algo dentro de mí ya no estaba en el mismo lugar.
Alfonso seguía ahí.
En su silla junto a la ventana.
En los espacios que antes llenábamos con risas y conversaciones sin sentido.
Pero yo ya no lo miraba igual.
Sin darme cuenta, comencé a prestarle menos atención.
No porque dejara de importarme, sino porque ahora mi mente y mi corazón estaban ocupados en otra parte.
Todo mi mundo giraba alrededor de Héctor.
Al llegar a casa, casi se había convertido en un ritual.
Dejar mis cosas.
Cambiarme.
Y marcarle.
Había días en que la recepcionista no me comunicaba.
Otras veces me decía que estaba ocupado.
Pero casi siempre, después de un rato, llegaba su voz al teléfono.
Y solo escucharla bastaba para cambiarme el día.
—Al rato te hablo, amor.
Esa palabra…
amor.
Era nueva para mí.
Nueva en sus labios.
Nueva en mi vida.
Y cada vez que la decía, algo dentro de mí se iluminaba.
Cuando por fin lográbamos hablar tranquilos, el tiempo dejaba de importar.
Podíamos pasar horas al teléfono.
Hablando de cualquier cosa.
De cómo había estado su día.
De la escuela.
De su trabajo.
De lo que sentíamos.
Pero también hablábamos del futuro.
Y no hablo de un futuro lejano o incierto.
Hablábamos de nosotros.
De una boda.
De planes que en ese momento parecían completamente reales.
En mi mente, todo comenzaba a tomar forma.
La iglesia.
La música.
El vestido.
La manera en que caminaría hacia él.
Había una canción en especial.
Una que, según él, algún día cantaría en la iglesia.
A veces, en medio de la llamada, comenzaba a cantármela.
Y yo cerraba los ojos, dejándome llevar por la imagen de ese futuro que construíamos con palabras.
Me imaginaba caminando hacia él con el corazón lleno.
Como si desde tan poco tiempo ya pudiera verme a su lado para siempre.
A veces, mientras hablábamos, me decía entre risas:
—Ya me escuchó Alfonso, espera…
Y aunque lo decía de una forma ligera, había algo en el fondo de esas palabras que se movía dentro de mí.
Una sensación rara.
Como si Alfonso siguiera presente incluso en los momentos que ahora eran de Héctor.
Pero yo no quería pensar demasiado en eso.
Porque para mí, en ese momento, todo parecía perfecto.
Él era perfecto.
O al menos así lo sentía.
Llegaron las vacaciones.
Y con ellas, el ritmo de todo cambió.
Ya no estaba la escuela.
Ya no estaban los horarios que me obligaban a ver a Alfonso todos los días.
De vez en cuando seguía saliendo con él y con algunos amigos.
Como antes.
Tratando de mantener esa amistad que había sido tan importante en mi vida.
Pero algo se estaba transformando.
Porque aunque físicamente seguía ahí, emocionalmente yo ya no estaba igual.
Y con Héctor, aunque no nos veíamos todos los días, su presencia seguía siendo constante.
Él tenía su trabajo.
Su mundo.
Sus ocupaciones.
Y yo no quería invadirlo.
No quería parecer insistente.
No quería arruinar algo que apenas estaba comenzando.
Así que me conformaba con su voz.
Con sus palabras.
Con las promesas que construíamos en el aire.
Como si esas promesas fueran suficientes para sostenerlo todo.
Editado: 11.04.2026