A Destiempo pero siempre Tu...

Cuando el Silencio lo Dijo Todo

Después de aquella salida, algo dentro de mí no volvió a sentirse igual.
Sí, había sido bonito verlo.
Habíamos salido a comer.
Habíamos ido al cine.
Por unas horas sentí que todo volvía a estar bien entre nosotros.
Pero al regresar a casa, esa tranquilidad no duró mucho.
Los días siguientes comenzaron a sentirse diferentes.
Las llamadas dejaron de ser largas.
Ya no estaban llenas de esa calidez que antes me envolvía.
Ahora eran cortas.
A veces distantes.
Y muchas veces… inexistentes.
Yo seguía intentando.
Marcaba una y otra vez, aferrándome a la necesidad de escuchar su voz.
Quería convencerme de que todo estaba bien.
De que solo estaba ocupado.
De que pronto volveríamos a hablar como antes.
Pero casi siempre contestaba la recepcionista.
Su voz se volvió parte de mis días.
Parte de mi ansiedad.
Parte de mi incertidumbre.
—No te lo puedo pasar.
—No está en su lugar.
—Ahorita no se encuentra.
Al principio traté de no darle importancia.
Me repetía que seguramente estaba trabajando.
Que tendría eventos.
Que estaba ocupado con la pasarela.
Pero conforme pasaban los días, aquellas respuestas comenzaron a pesar.
Siempre era lo mismo.
Siempre había una razón para no comunicarme con él.
Y poco a poco empecé a sentir cómo algo se iba rompiendo dentro de mí.
Había momentos en los que volvía a marcar casi de inmediato.
Solo para escuchar otra vez la misma respuesta.
—No está.
—Está ocupado.
—Luego te regresa la llamada.
Pero esa llamada muchas veces nunca llegaba.
Las noches comenzaron a sentirse eternas.
Me dormía esperando que sonara el teléfono.
A veces me quedaba mirando el aparato, deseando escuchar su voz.
Pero el silencio se hacía cada vez más grande.
Más pesado.
Más doloroso.
La duda comenzó a instalarse dentro de mí.
Ya no sabía si realmente estaba ocupado…
o si simplemente ya no quería hablar conmigo.
Ese pensamiento me partía el alma.
Porque yo lo amaba.
Y la idea de perderlo me llenaba de una ansiedad que no sabía cómo controlar.
Con el tiempo, empecé a dejar de insistir.
No porque quisiera.
Sino porque dolía demasiado seguir marcando y escuchar siempre lo mismo.
Sentía que estaba peleando sola por algo que poco a poco se desvanecía.
Y así, sin despedidas, sin explicaciones, sin una conversación final…
todo terminó.
Solo se fue.
Desapareció de mis días como si nunca hubiera estado.
Pero dentro de mí dejó todo.
El amor.
La ilusión.
La herida.
Alfonso se quedó.
Ya no insistió en ser algo más.
Ya no intentó ocupar el lugar de Héctor.
Simplemente permaneció ahí.
Como amigo.
Como compañía.
Como alguien que parecía entender que dentro de mí algo se había roto.
Y yo…
yo me quedé esperando.
Con la pequeña esperanza de que algún día, en alguna reunión, en algún lugar inesperado…
Héctor apareciera.
Pero nunca lo hizo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.