Jorge volvió.
Después de atravesar lo suyo.
Después de ese espacio en el que ambos parecíamos suspendidos.
Regresó a mí.
Y yo también regresé a él.
La vida, por un tiempo, volvió a sentirse tranquila.
Como si todo hubiera encontrado su lugar.
Trabajábamos.
Salíamos.
Reíamos.
Y por momentos parecía que todo estaba bien.
Nos amábamos.
Eso era real.
Jorge tenía algo especial.
Una forma de mirar la vida que siempre me sorprendía.
Leía mucho.
Dibujaba increíble.
Sabía tantas cosas que a veces parecía llevar un mundo entero dentro de sí.
Era espontáneo.
Libre.
Genuino.
Y conmigo…
era hogar.
Pero incluso en la calma, el pasado siempre encontraba la forma de regresar.
Héctor volvió.
Otra vez.
Mensajes por Messenger.
Palabras que parecían no haberse ido nunca.
Y justo cuando eso pasaba, Jorge y yo volvimos a distanciarnos.
Esta vez no por nosotros.
Sino por el trabajo.
Por la vida.
Por todo eso que se interpone sin pedir permiso.
En medio de todo, surgió un plan.
Mi cuñada consiguió boletos para un concierto.
Sin Bandera.
Y otros grupos más.
Era una oportunidad perfecta.
Jorge no conectaba con esa música.
Así que, sin pensarlo demasiado…
lo invité a él.
A Héctor.
Al principio dijo que sí.
Y por un momento sentí que el destino, por fin, estaba de nuestro lado.
Pero llegó el día.
Y él no apareció.
Nunca llegó.
Como si algo, o alguien, siguiera empeñado en mantenernos separados.
Perdí su número.
Otra vez.
Y aunque pudo parecer casualidad, dentro de mí lo sentí como una señal.
No era el momento.
O quizá nunca lo había sido.
Aun así hablamos por teléfono.
Recuerdo perfectamente ese instante.
Yo estaba viendo Love in the Time of Cholera.
Y entre risas, con esa mezcla de juego y nostalgia, le dije:
—Somos tú y yo… hasta que estemos viejitos, vamos a estar juntos por fin.
Nos reímos.
Como si fuera una broma.
Pero en el fondo había una verdad.
Después vino el silencio.
Dejamos de hablar por mucho tiempo.
Messenger desapareció.
Las conversaciones se perdieron.
Todo se borró.
Menos una cosa.
Mi corazón.
Porque nunca dejó de pensar en él.
Nunca dejó de extrañarlo.
Nunca dejó de preguntarse:
¿qué habría pasado si aquella noche en el billar hubiera dicho que sí?
Editado: 11.04.2026