Ese día no terminó con el beso.
Se quedó.
Como si ninguno quisiera romper la magia de habernos encontrado otra vez.
Nos quedamos hablando.
Largo.
Como si quisiéramos recuperar el tiempo perdido.
Como si cada palabra fuera una forma de decir:
aquí sigo.
Lo miraba y sentía algo extraño.
No era solo amor.
Era reconocimiento.
Era nostalgia.
Era la sensación de volver a encontrar una parte de mí que creía perdida.
Entonces lo dijo.
—Creo que aún no podemos estar juntos.
Por dentro algo se detuvo.
No fue el mundo.
Fui yo.
—Quiero hacerte mía —continuó—,
pero quiero que estés completa.
Sentí que el corazón se me encogía.
Porque dentro de mí la respuesta gritaba.
Si supieras desde cuándo quiero ser completamente tuya.
Pero no lo dije.
Solo respondí:
—Está bien.
Y por primera vez entendí algo que me costó años aceptar.
No siempre basta con quererse.
También importa el momento.
El tiempo.
La vida alrededor.
Se fue.
Y un mes después volvió.
Como si entre nosotros siempre existiera ese hilo invisible que nunca termina de romperse.
Platicamos.
Intercambiamos números otra vez.
Le hablé de Jorge.
De cómo estaba intentando cerrar bien ese capítulo.
Con respeto.
Con calma.
Por nosotros.
Pero también por las familias que ya estaban involucradas.
Y él entendió.
Porque también había vivido lo suyo.
También había formalizado una relación.
También sabía lo que significaba cerrar una historia sin destruirlo todo.
—Está bien —dijo.
Y así seguimos.
Sin prisa.
Sin presión.
Pero con todo lo que no se decía latiendo entre líneas.
Yo moría por decirle todo.
Cuánto lo amaba.
Cuánto nunca había dejado de amarlo.
Pero no lo hice.
Nunca encontré el momento.
O tal vez nunca encontré el valor.
Con Jorge todo terminó.
Tranquilo.
Sin guerra.
Sin rencor.
Solo terminó.
Y aunque dolió, también dejó aprendizaje.
Porque no todo lo que se rompe termina siendo malo.
A veces solo cumple su tiempo.
Editado: 11.04.2026