Pasó un año.
Un año entero en el que la vida siguió su curso.
En el que cada quien siguió viviendo, avanzando, intentando acomodar sus propias piezas.
No era un regreso.
No todavía.
No como pareja.
Solo era la vida volviendo a cruzarnos.
Otra vez.
Héctor apareció de nuevo.
Como siempre lo hacía.
No con promesas.
No con una conversación pendiente resuelta.
Solo con su presencia.
Con esa forma tan suya de volver cuando menos lo esperaba.
Y aun así…
algo se sentía diferente.
Ya no había terceros.
Ya no había historias abiertas alrededor.
Solo estábamos nosotros frente a nosotros mismos.
Pero incluso así, había una sombra silenciosa entre los dos.
Una pregunta que parecía quedarse flotando cada vez que nos mirábamos:
¿quién se va a ir ahora?
Porque ya había pasado antes.
Porque lo nuestro nunca se rompía por falta de amor.
Siempre era el tiempo.
La vida.
Las decisiones.
El miedo.
Yo lo amaba.
Siempre lo supe.
Pero nunca supe cómo decirlo.
Nunca supe ponerle voz a algo que llevaba años viviendo dentro de mí.
Y él…
él seguía siendo un misterio.
Nunca supe qué pasaba por su mente.
Nunca supe si sentía lo mismo con la misma intensidad.
Solo sabía lo que sucedía cuando estábamos cerca.
Porque esta vez…
sí nos entregamos.
Sin pausas.
Sin distancia.
Sin el ruido de otras historias.
Fue real.
Fue completo.
Fue lo mejor.
Una experiencia tan profunda que por un instante sentí que todos los años, todas las vueltas, todos los encuentros perdidos, habían valido la pena para llegar a ese momento.
Por primera vez me sentí completamente suya.
Y por un segundo todo tuvo sentido.
Todo.
Pero incluso en lo más bonito, seguía viviendo la misma verdad.
No había certeza.
No había promesas.
No había un “ahora sí”.
Solo el presente.
Solo ese instante.
Solo nosotros.
Y después…
la despedida.
Otra vez.
No un adiós definitivo.
Solo esa frase que siempre parecía perseguirnos.
—Nos vemos luego…
Una frase sencilla.
Pero cargada de incertidumbre.
Porque yo no quería que llegara ese momento.
No quería soltarlo.
No quería volver a entrar en esa distancia donde nunca sabía cuánto tiempo pasaría antes de volver a verlo.
A abrazarlo.
A sentirlo.
A perderme en él.
Y aun así…
nos despedimos.
Como siempre.
Con amor.
Pero sin certeza.
Como si lo nuestro estuviera condenado a existir solo en momentos.
Nunca en tiempo completo.
Editado: 11.04.2026