Pasaron tres años.
Tres años en los que la vida siguió.
Tres años en los que intenté convencerme de que había aprendido a vivir sin él.
O al menos eso quería creer.
Porque hay ausencias que no desaparecen.
Solo se vuelven costumbre.
Y entonces, otra vez, el destino decidió cruzarnos.
Una estación del Sistema de Transporte Colectivo Metro.
Estación Pino Suárez.
Entre la gente.
El ruido.
Las prisas.
Las voces mezclándose con el sonido de los trenes.
Y aun así, cuando lo vi…
todo desapareció.
Fue como si el tiempo se doblara.
Como si todos esos años hubieran sido solo una pausa.
Nos abrazamos.
No fue un abrazo cualquiera.
Fue uno de esos abrazos en los que parece que el cuerpo recuerda todo lo que el tiempo no pudo borrar.
Como si ahí estuviera guardado todo lo que nos faltó.
Todo lo que no vivimos.
Todo lo que nunca dijimos.
La gente seguía caminando a nuestro alrededor.
Pero el mundo, por un instante, dejó de existir.
Y entonces…
nos besamos.
Para mí fue el beso más maravilloso del mundo.
No sé si para él también.
Nunca lo supe.
Esa siempre fue una de las cosas que más me dolieron de nosotros.
Nunca tuve completamente claro lo que sentía.
Nunca supe si lo callaba…
o si yo nunca supe leerlo.
Esa noche hablamos.
De todo.
De los años.
De lo vivido.
De quiénes éramos ahora.
Como siempre, el tiempo se fue rápido cuando estábamos juntos.
Sin darme cuenta llegamos a Estación Tasqueña.
Y fue ahí…
donde dejé que el miedo hablara por mí.
Porque en lugar de quedarme.
En lugar de decir:
vamos a algún lado.
En lugar de elegir el momento…
lo guié.
Le mostré cómo tomar mi transporte.
Como si fuera una despedida cualquiera.
Como si no fuera él.
Como si mi corazón no estuviera gritándome que me quedara.
Me subí al micro.
Y desde la ventana lo vi.
Se quedó ahí.
Mirándome.
Confundido.
Dudoso.
Y tenía razón.
Porque ni yo misma entendía por qué estaba haciendo eso.
Los nervios me traicionaron.
El miedo me ganó.
Porque dentro de mí había una verdad que no podía ignorar.
No quería volver a enamorarme más de él…
para después perderlo otra vez.
Solo dije adiós.
Como si fuera sencillo.
Como si no doliera.
Después intenté arreglarlo.
Le pedí volver a vernos.
Como si pudiera reparar ese instante.
Pero no pasó.
Y siendo honesta…
era lógico.
Ni yo sabía qué quería.
Ni yo sabía qué estaba haciendo.
¿Cómo iba a entenderlo él?
El tiempo volvió a pasar.
Como siempre.
Hasta que un día me invitó a un cumpleaños.
Me presentó a su familia.
Y estar ahí fue extraño y hermoso al mismo tiempo.
Conviviendo.
Compartiendo.
Sintiendo que, por momentos, lo nuestro parecía tener un lugar.
Un nombre.
Como si fuéramos algo más.
Como si estuviéramos a punto de serlo.
Después volvimos a encontrarnos.
A buscarnos.
A perdernos.
Nos amamos.
Con intensidad.
Con locura.
Con todo lo que nunca habíamos sabido poner en palabras.
Pero aun así…
ni una sola vez salió la frase que lo cambiaba todo.
Ni de él.
Ni de mí.
Nunca dijimos:
te amo.
no te vayas.
esta vez quédate.
Y tal vez…
eso fue lo que siempre nos faltó.
Las palabras.
Editado: 11.04.2026