No sé exactamente cuánto tiempo pasó.
Con nosotros, el tiempo nunca fue claro.
Nunca hubo una línea recta.
Solo apariciones.
Silencios.
Reencuentros.
Y después otra vez la distancia.
Como si la vida insistiera en ponernos frente al otro solo por momentos.
Esa vez nos reunimos en su casa.
Había plan de pijamada.
Algo sencillo.
Algo que, en mi mente, sonaba tranquilo.
Natural.
Hasta que llegué.
Había alguien más.
Una mujer.
No lo esperaba.
No lo sabía.
Y en ese instante algo dentro de mí se movió con una fuerza que no pude controlar.
Celos.
Incomodidad.
Dudas.
Una sensación caliente subiéndome por el pecho, mezclándose con el orgullo y el miedo.
Por un momento quise irme.
Salir de ahí.
Desaparecer.
No porque no quisiera estar con él…
sino porque no sabía cómo estar en ese lugar viendo a alguien más tan cerca.
Pero ya estaba ahí.
Y a veces uno se queda no porque quiera…
sino porque no sabe cómo irse sin romperse más.
Salimos a dar una vuelta por Paseo de la Reforma.
La ciudad estaba viva.
Las luces.
Los carros.
La gente.
Todo parecía moverse con normalidad.
Pero dentro de mí todo era ruido.
Pensamientos.
Preguntas.
Suposiciones.
Regresamos.
Pusimos películas.
Hubo risas.
Momentos compartidos.
Pero, siendo honesta, yo no lograba vivirlos del todo.
Mi mente seguía atrapada en esa presencia.
En esa mujer.
En lo que significaba que estuviera ahí.
Hasta que llegó la noche.
El momento de dormir.
Y entonces ella dijo:
—Héctor, acuéstate aquí conmigo… sí cabes.
Sentí que algo dentro de mí ardió.
No era enojo.
Era otra cosa.
Algo más profundo.
Algo que dolía porque no tenía derecho a doler.
Porque nunca habíamos puesto nombre a lo nuestro.
Porque nunca fui su pareja.
Porque nunca nos dijimos lo que realmente éramos.
Y aun así, dolía.
Pero él, con esa calma tan suya, respondió sin titubear:
—No… me voy a dormir en el sillón.
Parecía algo pequeño.
Una frase simple.
Pero para mí significó demasiado.
No supe por qué.
Tal vez porque en ese gesto sentí que, de alguna forma, aún había algo entre nosotros.
Poco a poco todos se fueron durmiendo.
Y como siempre, a mí me costó.
Nunca he sabido dormir en casas ajenas.
El silencio comenzó a llenar la habitación.
Hasta que sentí su mano.
Tomó la mía.
La acarició despacio.
Y en ese simple gesto, todo volvió.
Todo.
Los años.
Los besos.
Las despedidas.
Las veces que nos encontramos a destiempo.
Nos acercamos.
Nos besamos.
Y otra vez…
nos perdimos.
Como locos.
Como si el mundo dejara de existir cuando estábamos juntos.
Como si solo existiera ese lenguaje que nunca necesitó palabras.
Nuestros cuerpos.
La forma en que siempre terminábamos volviendo al otro.
Pero otra vez…
sin decirlo.
Sin un te amo.
Sin un quédate.
Sin un elígeme.
Y al final solo quedó la misma pregunta que siempre me perseguía.
¿Qué nos faltó?
O quizá…
¿qué me faltó a mí para que me eligiera?
Editado: 11.04.2026