Han pasado cinco años.
Cinco años sin una llamada.
Sin un mensaje.
Sin un “¿cómo estás?”
Nada.
Solo el silencio.
Ese silencio que con el tiempo deja de sentirse vacío y comienza a convertirse en parte de la vida.
Como si aprendieras a respirar con una ausencia dentro.
Y aun así…
seguimos ahí.
Nos seguimos en Instagram.
A veces pienso que eso lo hace más difícil.
Porque no es una despedida completa.
No es un cierre.
Es solo una presencia muda.
Ver la vida del otro pasar.
Las fotos.
Los momentos.
Los años.
Todo avanzando frente a los ojos, sin una sola palabra.
Como si todo lo que fuimos no necesitara explicación.
O tal vez…
como si ninguno de los dos supiera por dónde empezar.
Muchas veces me he preguntado si él querrá hablar.
Si alguna vez pensará en mí.
Si al ver mi nombre también sentirá ese pequeño golpe en el pecho que yo siento al ver el suyo.
Y también me pregunto algo más.
Si tendrá miedo.
Porque yo sí lo tengo.
Miedo a escribirle.
Miedo a no recibir respuesta.
Miedo a descubrir que ya no somos nada.
O peor aún…
miedo a descubrir que tal vez nunca lo fuimos.
Un día, por cosas del trabajo, estuve cerca de su casa.
Al principio no le di importancia.
Solo era una coincidencia.
Pero terminé pasando por ahí.
Una vez.
Después otra.
Y otra más.
Como si algo dentro de mí me empujara a detenerme.
A tocar.
A abrir esa puerta.
A decirle todo lo que nunca dije.
Todo.
Lo que sentí.
Lo que todavía siento.
Lo que jamás dejó de existir.
Pero no lo hice.
No tuve el valor.
Me quedé ahí.
Mirando su puerta.
Como quien mira una vida que no vivió.
Como quien observa el lugar donde pudo haber existido otro destino.
Y en voz baja, casi como si el viento pudiera llevarle mis palabras, dije:
—Te amo, Héctor.
Lo dije por fin.
Pero no para él.
No frente a sus ojos.
No donde realmente importaba.
Lo dije para el silencio.
Para la memoria.
Para esa parte de mí que durante años siguió guardándolo.
Y tal vez…
ese fue el final.
No uno perfecto.
No uno con respuestas.
No uno con un cierre claro.
Sino uno real.
De esos finales donde el amor no desaparece.
Solo aprende a vivir en silencio.
Editado: 11.04.2026