A Esa Hora

Capitulo 9

Ehecalt

Con Joe, habíamos encontrado entre los escombros una serie de recipientes y reactivos que, a primera vista, parecían restos inútiles. Sin embargo, al leer los nombres inscritos en las etiquetas—peróxido de hidrógeno, cloruro férrico, hidróxido de sodio—algo hizo clic en mi mente. Fue como abrir una puerta polvorienta que llevaba años cerrada y descubrir que estaba llena de tesoros. No eran suficientes para purificar el agua por completo, pero sí para impedir que se volviera inutilizable. Casi parecía un milagro.

Nos pusimos a trabajar de inmediato.

Las soluciones comenzaron a burbujear en matraces improvisados, y una capa de sedimentos opacos se acumuló lentamente en el fondo de uno de ellos. El aire pronto se llenó de su agudo olor ácido, mezclado con el ya acostumbrado picor del entorno. Era un ambiente denso y tan químico, que me envolvía como un refugio.

Entonces, mi cabeza se apiadó de mí y me permitió ver algo. Un recuerdo. Un pensamiento. Una nota.

"El proceso de descomposición de estas criaturas depende del equilibrio entre oxidación y desnaturalización”

Esa frase… fue tan clara como si alguien la hubiera pronunciado a mi oído. Antes. Era de ella, lo sabía.

Pero su voz no era exactamente un recuerdo, más bien era una presencia, un juicio. Sus palabras siempre habían sido mis órdenes durante mucho tiempo, y ahora se infiltraron en mi trabajo como un humo imposible de disipar.

Quise centrarme en ese pensamiento, porque era importante, pero tuve que arriesgarme a perderlo porque tenía un trabajo que terminar. Durante la media hora siguiente me la pasé frente al fuego de metanol forzando evaporaciones, mezclando y calculando como desquiciado. Tenía aproximadamente una hora para evitar que el agua ya contaminada del depósito llegara al pozo y nos quitara el único suministro que no podíamos perder.

Mi boca murmuraba cálculos en moles sin que apenas me diera cuenta. El objetivo era claro: provocar una degradación controlada. Primero, neutralizar las toxinas ácidas para impedir que siguieran filtrándose en el sistema de agua; después, acelerar la descomposición del tejido orgánico restante hasta volverlo químicamente inerte. No se trataba de “limpiar” sino de destruir su estructura molecular antes de que nos destruyera a nosotros.

Para eso necesitaba una reacción oxidativa lo suficientemente agresiva. El peróxido, catalizado por los compuestos férricos, haría el trabajo pesado: romper enlaces, desnaturalizar proteínas, volver inútiles las secreciones que ya habían empezado a contaminar el depósito. Ajusté el pH con cuidado, consciente de que un error mínimo podía volver la mezcla inestable.

Con recursos limitados como estos, no podía permitirme crear un tratamiento definitivo; solo estaba intentando replicar un agente capaz de devorar la materia orgánica dañina y eliminar la amenaza actual.

Necesitaba activar la reacción con una solución ácida concentrada, apenas unas gotas… Sin un gotero a la mano, tuve que improvisar, sumergiendo la yema de un dedo para dejar caer el reactivo directamente en la mezcla. Arabell y Joe me observaban sin saber que, si esa solución entraba en contacto prolongado con mi piel, no sería solo una quemadura: el daño sería profundo e irreversible.

Tal vez debería permitirlo.

Retiré la mano de inmediato. El resto del líquido se derramó en el suelo, humeando levemente al reaccionar con el polvo y los restos metálicos. Arabell se acercó alarmada, preguntándome si algo iba mal. La aparté con excusas torpes y seguí trabajando. No podía permitirme distracciones.

Hubo un momento en el que las voces a mi alrededor se desvanecieron. Sólo el burbujeo de las mezclas y el tenue zumbido de mi respiración permanecieron. Se sintió casi como estar en un laboratorio de otra época, un lugar que conocía, pero que no podía recordar del todo.

Allí, en medio de ese lapso de paz mental, tuve otro destello: una imagen borrosa de un aula, una mesa de acero reluciente bajo la luz blanca, y mi propia voz –más joven, más segura– explicando con detalle cómo calcular un punto de equivalencia. Hubo aplausos, felicitaciones y promesas…

El recuerdo se desvaneció tan rápido como llegó, dejándome con un peso extraño en el pecho. Aunque la memoria consciente me fallaba y eso a su vez me jodía la vida cada vez que se hacía evidente, la lógica química seguía intacta. Así que me aferré a eso.

Sabía que las proteínas que fortalecen la piel de los monstruos eran similares a una cadena polimérica ultra resistente, pero vulnerables a ciertos procesos de hidrólisis catalizada. Cada sustancia que había traído servía para un propósito: romper enlaces, desactivar enzimas, alterar la estructura molecular lo suficiente como para convertirlos en algo inofensivo. En palabras sencillas: volverlo químicamente inerte.

Ya había intentado algo similar antes. Con algunos venenos e hidrocarburos derivados del petróleo. Siempre terminaban con un problema común: toxicidad persistente incluso en concentraciones mínimas. En aquel entonces logré reducir su presencia en los alimentos en un 87%. No era una solución perfecta, pero bastaba para que dejaran de ser letales. Nada me garantizaba que el resultado fuera el mismo ahora.

Sin embargo, no había otra opción. Así que me aferré a la esperanza de que fuera suficiente.




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