Un par de horas después, me encontraba con Joe en el mero epítome del caos: el Deshuesadero. Como siempre, había decenas de personas entrenando diversas disciplinas y en todos lados respirabas el aroma de la bromhidrosis. Incluso desde mi lugar en la entrada, ya el aroma era asfixiante.
En fín, entre las actividades más destacadas teníamos: sparring, tiro de navajas, algo similar al yoga –Jord daba esa clase–, y competencias entre hombres y mujeres para realizar ejercicios tipo lagartijas, sentadillas y fuercitas.
En ese último grupo de personas, encontramos a quienes buscábamos… aunque la escena no era exactamente lo que esperaba.
Alcancé a ver la figura de Vivian –fácilmente reconocible por su peinado de coleta alta–, estaba en el centro de un grupo de jóvenes, varones, pero ninguno tenía signos de estar entrenando. En realidad, Vivian se veía tan acorralada como yo cuando el monstruo me arrojó al piso.
Ninguno la tocaba, pero tampoco le dejaban espacio para salir. Cada vez que intentaba moverse, alguno se desplazaba apenas lo suficiente para cerrarle el paso. Ella no era débil, ni siquiera de baja estatura, pero la superan en todas las cuestiones relevantes que tenía el momento.
—Ándale, heredera —dijo uno con una sonrisa torcida—. ¿No que querías entrenar?
—Déjenme pasar —respondió ella.
Intentó apartarlo con el hombro, pero el chico no se movió mucho. Las risas alrededor fueron bajas y, ciertamente, desquiciantes.
—¿Escucharon eso? —dijo otro—. La princesa quiere pasar.
—Cuidado —añadió alguien detrás de ella—. No vaya a ser que se rompa.
Vivian giró sobre sí misma, buscando una salida. No la había. Sus manos estaban cerradas en puños, pero el gesto era más de miedo que de rabia. Lo supe por la tensión de su mandíbula, la rojez que comenzaba a extenderse por su rostro y la rapidez con la que respiraba.
—Quítate —dijo otra vez.
—¿O qué?
La pregunta quedó flotando en el aire y aproveché ese momento para llamar la atención de Joe, cuya mirada parecía cautiva en la clase que Jordan daba.
—¿Hay alguna regla que prohíba eso?
Alguien avanzó entre los muchachos.
Era un chico demasiado alto para su edad. Lo reconocí enseguida: el mismo adolescente que había derrotado a Joe en un sparring en mi primera semana aquí. No recordaba su nombre, pero aquel detalle lo había fijado en mi memoria.
—No, pero seguro que Paul puede arreglarlo solo— respondió después de dar un vistazo más que fugaz.
Asentí una vez. Luego seguí observando. Estaba seguro que Joseph solo había visto a Paul, pero no a la heredera.
—¡¿Qué están haciendo?!—dijo, con un tono furioso y la mirada salvaje propia de un niño.
—Relájate, explorador—respondió uno de los otros, levantando las manos. Paul era media cabeza más alto que él—. Solo estamos jugando.
—Pues jueguen entre ustedes— les respondió, intentando alcanzar a Vivian con el brazo sin éxito. Uno de los chicos le detuvo el brazo con brusquedad, en un movimiento que obligó al despistado de Paul a quedar sometido bajo su propio brazo.
—¿Y si mejor jugamos contigo, explorador?
—¡Atrévanse! ¡Puedo acabar con ustedes yo solo!
—Hey— se quejó Vivian, cuya cara seguía pálida, pero se negaba a perder el temple.
—Con Vivian será incluso más rápido.
—¡La heredera y el exploradorcito, qué par tan poderoso, eh! ¿Qué nos pueden hacer un par de pringados?
—¿Y tú? ¿Qué podrías hacernos si estuvieras solo, bastardo? ¡Necesitaste siete para bajarme del ring, maldito!
No estaba poniendo atención a lo que Joe hacía, pero era imposible ignorar cómo su estridente risa llenó el lugar. Tan inconfundible y caótica como era, atrajo las miradas de todos alrededor.
Intenté entender lo que pasaba, pero solo alcancé a ver cómo la cara de Thiago se deformaba con hastío y se ponía roja de vergüenza.
—HARDAWAY, BAJA EL VOLUMEN POR AMOR DE DIOS.
Los ojos de Joe se iluminaron al oír su voz. Tuve algunos recuerdos de la noche anterior con las chicas y no pude evitar cuestionar la veracidad de los rumores.
—¡Yo no soy el que está gritando como desquiciado! —le respondió en un grito que sonó convenientemente más tranquilo que el del otro hombre.
—Joseph —insistí, porque ya le habían dado un puñetazo a Paul en el hígado y a Vivian la tenían agarrada por los brazos—. ¿Y eso?
Esta vez si puso atención a la situación. Sus ojos azules se volvieron fríos al instante, pero no perdió la sonrisa. De hecho, esa se había agrandado. Caminó hacia ellos con una sonrisa y lleno de confianza. Claro, él no tenía que temer que alguno lo retara y posteriormente le diera una paliza. Primero, porque era un hombre fuerte, y segundo… bueno, mejor les cuento qué pasó cuando nos acercamos.
—¿Qué están haciendo?
Varias cabezas se giraron al mismo tiempo. El efecto en el grupo fue inmediato. No gradual, inmediato.
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Editado: 10.04.2026