Al entrar a la sala de reuniones algo se sintió extraño. Es decir, tuve un sentimiento peculiar, un tipo de nostalgia intranquila. Justo como cuando era joven y cometía algún error en los entrenamientos… Después de eso, me daba terror volver a la casa porque sabía que me esperaba una golpiza terrible a manos de mis tíos, o de mi padre, en el peor de los casos.
Sí, creo que solo podría describirlo como la sensación que tiene el cuerpo al recibir un castigo conocido.
Estaba la mesa, ovalada, centrada y larga. Los miembros y sus miradas expectantes. Había uno en específico cuya silla quedaba demasiado cerca de la cabecera de la mesa (el lugar de quien preside las reuniones y que generalmente me pertenece).
Y por un momento, todo fue como antes.
No lo pensé así en ese momento. Al menos no conscientemente. Pero, repito, mi cuerpo sí.
De pronto, sentí el peso fantasma de una mochila en mis hombros y tuve la sensación de que mis pies descansaban sobre plantillas de foami propias de los tenis para correr que solía usar antes…Y justo frente a mí tenía la imagen de un salón de clases donde el profesor estaba sentado de modo que tenía enfrente la puerta y me miraba con un peligroso brillo de satisfacción.
—Buenos días—me oí decir. Otro reflejo que ya no me era tan familiar.
Algunos respondieron. Otros estaban tan absortos en sus propios asuntos que no habían ni reparado en mi presencia.
Él me respondió.
“Buen día, Señorita Noriega”
—Buen día, Líder.
Las dos voces se encimaron en mi cabeza.
“¿Cómo van esas heridas, eh?
—¿A qué debemos este inesperado placer?
Tragué saliva. Una vez. Por un segundo.
¿A dónde había ido la sala del consejo?
No respondí de inmediato. Aproveché cada paso hasta mi lugar para recomponerme de lo que sea que estuviese pasando en mi cabeza. Pensé brevemente que quizá fue culpa del alcohol. Hace mucho que no sentía algo tan insignificante como una resaca, pero quizá mi sistema estaba demasiado debilitado como para tolerar una mísera botella de ron.
Cualquiera que sea la razón, me obligó a sostener su mirada mientras hablaba.
—Bueno… llegamos de la exploración hace unas horas, creí que querrían saber los detalles.
—Adelante entonces.
Asentí, y procedí a narrar los últimos dos días.
Después de platicar la situación con el consejo y, sobre todo, tomar en cuenta su opinión, se decidió que lo mejor era enviar la primera carga esta semana. En dos días, en realidad. Simón no fue indulgente al respecto.
Eso me llevó a preguntarme si, tal vez, yo no fui tan firme como debería.
—¿Tenemos una amenaza a las puertas y se te ocurre darles dos semanas para atacarnos? Debes estar jugando niña. Si esta decisión dependiera de mí…
Niña.
La palabra me raspó más de lo que debería. Y mi mandíbula se tensó al instante, de forma dolorosa.
—¿Qué? —le espeté, con inexistente paciencia—. Si tú fueras el líder, ¿qué harías?
Lo vi acomodarse en su silla. La silla vieja y apenas funcional de la sala del consejo, no la que usaba cuando era maestro. Con demasiada confianza. Del modo en que lo haría alguien a quien el reconocimiento le resultara un accesorio familiar.
—En estos momentos ya estaría avisandoles que se van.
Asentí, mirándolo muy seriamente. Por supuesto que diría eso.
Como cuando tomaba sus clases y…
El recuerdo no llegó completo, pero supongo que en realidad nunca lo hacían. Sin embargo, nuevamente tuve una sensación (que era mil veces peor, lo juro). La sensación de estar más abajo. Escuchando. Aguantando. Y peor, simplemente esperando a que me dijeran qué hacer.
Parpadeé.
—Voy a mandar a la mitad de niños—las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas. En mi cabeza tenía un único pensamiento consciente: Yo ya no soy así.
—Que sea en dos días, entonces— respondió él—. Eso es lo que nos tomará explicarles qué está pasando y practiquen un plan de emergencia.
—Pues que se haga así— aplaudí, solo para darle un poco más de sentencia al momento—. Te vas con ellos, por cierto. Si todo sale bien, te veré la semana que viene cuando lleve la segunda carga.
—Líder…—Liz intentó aportar algo.
Sentí su mirada clavarse en mí. Dudosa. En este punto estaba demasiado concentrada mirando con firmeza los ojos de Simón, pero no voy a negarlo, por un segundo quise retractarme y decir “no, esperen…”. Por una fracción de segundo tuve a Ehecalt en mi cabeza diciéndome que para hacer un milagro se necesitaban más que dos días. Pero entonces escuché su voz en mi cabeza de nuevo.
“¿Por fin recordaste a tu maestro?”
A decir verdad, el shock que me provocó esa frase fue arruinado completamente por la verguenza que me dió recordar el apodo idiota que me había puesto: “Belinda linda”. Casi gruñí.
#84 en Ciencia ficción
#182 en Joven Adulto
#romance #fantasía #recuerdos, #distopía, #post-apocalíptico
Editado: 10.05.2026