No.
Te declaras poeta. Y tú. Y también tú. Solo por saber unir palabras tras palabras. Como si la inspiración no fuera una llamarada macabra de la que no se puede escapar. Como comparar un remiendo con el manto de una virgen.
¿Sabes?
Te declaras artista. Sin saber el daño que una palabra a destiempo puede hacer. Sin saber asomar detrás de una sintaxis que, como yo, no cumple las normas.
Lee.
Me declaro desarmada ante la métrica. Desalmada ante ti, feliz alejada de todo. Y declaro ridículo señalarse a uno mismo como escritor. ¿También existen los habladores? Quizá sí, demasiados.
Entre líneas.
Me declaro libre: no se puede encarcelar a lo salvaje. Aquí está mi tinta. Soy verbo, la diferencia.