Me gustaría iniciar esta narración con un espléndido «es una verdad mundialmente reconocida que una mujer...» o tal vez con «—Pascua no será lo mismo sin mamá.» o quizá un «He regresado de la oficina de mi jefe y estoy comenzando a considerar que mi compañera de cubículo va a inquietarme por más de una causa».
Quisiera comenzar con ese tipo de frases que suelen derretir los corazones del los lectores, que prometen que todos estos pensamientos terminaran siendo un bestseller.
Si, realmente me gustaría.
Sería magnífico iniciar el relato de mi vida con la mayor poesía que se le pueda ocurrir a alguien, pero el punto malo de hacer una narración como tal es que sería mentira, así que seamos honestos e iniciemos de nuevo.
Soy la exacta definición de persona fracasada.
Una persona totalmente sin sueños, expectativas o grandes metas. No soy la persona que verás en televisión, en notas de periódico o recordarás como una compañera excepcional.
Soy todo aquello por lo cual las madres se preocupan por sus hijos.
Soy una más que sigue la corriente de la vida.
Paso ocho horas de mi día con los hombros rígidos, la espalda encorvada al punto que mis hombros reciben piquetes de dolor. Colocó cada tres horas gotas para refrescar mis ojos porque parpadeo poco al observar gráficas en el computador.
Soy una oficinista promedio.
Si observamos el panorama por completo, mi vida es totalmente aburrida. Si fuera una serie, la cancelarían por falta de trama.
Si fuese un libro publicado en alguna de esas plataformas digitales, estaría en los últimos rankings.
Pero esto no era nada de eso, era mi vida.
Mis hombros, a pesar de lo tensos que estaban por mi mala postura, no tenían peso psicológico. No tenía expectativas que cumplir porque las personas a mi alrededor habían dejado de creer en mi.
Mi mente casi nunca estaba estresada, solo entregaba el trabajo en tiempo y lidiaba con algún que otro contratiempo, pero los mayores problemas eran para mi jefe, yo no tenía un cargo importante como para resolver problemas.
Aunque las críticas de mi madre aparecían apenas ella y yo estábamos en la misma habitación, ya no les tomaba importancia, siempre eran repetitivas.
¿Que tiene de magnífica mi vida si era la definición de mediocridad para la sociedad?
Muy fácil, era feliz, a mi manera.
Tenía televisión, internet, acceso a mangas, series, animes, libros y sobre todo, novelas gráficas.
Las novelas gráficas era lo mejor que había podido encontrar en mi vida. Pasaba horas enfrascada en mi celular leyendo aquellas novelas.
Siempre había considerado que si bien mi vida no era un gran éxito a la vista de los demás, donde mi pared no estaba llena de reconocimientos o mi curriculum no era extenso y agradable de ver, lo que sí tenía era una paz que me hacía levantarme y prepararme para trabajar, conseguir dinero y gastármelo en lo que más amaba.
La idea de no pertenecer a este mundo.
Enterraba mi nariz en cada cosa que encontraba, no importaba el formato, el género o que tan conocido era la obra, si podía hacerme olvidar que afuera era un mundo competitivo y aterrador, con eso basta.
No me interesaba mucho el salir de fiesta, conocer nuevos lugares o las relaciones de todo tipo. Quería leer, no ser partícipe de una escena.
O eso había creído hasta que me vi frente a Archie, mi crush literario número uno, pero no era una portada, un cartón o uno de esos fanart que te venden los diseñadores gráficos fanáticos como yo. No. Era Archie a un metro de mi cara, sin su característica sonrisa encantadora y mejillas rojas, tenía una cara de disgusto enorme. Estaba a tan solo un estante lleno de novelas gráficas.
Esta es una pequeña historia de amor sobre dos perdedores que están dando lo mejor de sí mismos.