A la fuerza del deseo

Capítulo 1: La Llegada Del Enemigo

Valeria Ríos había aprendido a reconocer los malos presagios.

No eran supersticiones ni corazonadas sin sentido; eran detalles. El tipo de detalles que solo alguien que ha tenido que pelear por cada espacio sabe identificar. El silencio extraño en la oficina. Las miradas bajas. El murmullo contenido cuando atravesó el pasillo principal esa mañana.

Algo estaba a punto de cambiar.

Y Valeria odiaba los cambios que no podía controlar.

Dejó su bolso sobre el escritorio y encendió la computadora, decidida a ignorar la tensión que flotaba en el aire. Tenía una presentación importante esa mañana. Un proyecto que llevaba meses construyendo y que, si todo salía bien, la colocaría un paso más cerca del ascenso que llevaba tiempo ganándose.

—Val —la llamó Sofía desde el cubículo de enfrente—. ¿Te dijeron ya?

Valeria ni siquiera levantó la vista.

—Si es un chisme, no. Si es trabajo, luego.

Sofía dudó.

—Llegó alguien nuevo.

Valeria suspiró, cansada.

—Siempre llega alguien nuevo.

—No como este —insistió su amiga—. Viene directo de dirección general.

Eso sí le hizo alzar la cabeza.

Antes de que pudiera preguntar algo más, el sonido de pasos firmes resonó en la sala abierta. Pasos seguros. Con ritmo. Como si no dudaran de pertenecer ahí.

Valeria giró lentamente la silla.

Y entonces lo vio.

Alto. Traje oscuro perfectamente ajustado. La postura relajada de quien sabe que está siendo observado y no le importa. Sus ojos recorrieron el lugar con calma hasta detenerse en ella.

No fue una mirada fugaz.
Fue directa. Evaluadora.
Como si midiera el terreno… y decidiera conquistarlo.

Valeria sintió una punzada incómoda en el pecho. No miedo. No nervios. Irritación.

—Buenos días —anunció el director—. Les presento a Damián Cruz. Se integra al equipo a partir de hoy.

Damián sonrió. Una sonrisa leve, segura, casi peligrosa.

—Un placer —dijo.

Valeria no respondió.

No porque fuera descortés, sino porque algo en él despertaba un rechazo inmediato. Demasiado seguro. Demasiado cómodo. Demasiado… invasivo.

La reunión comenzó minutos después, en la sala de juntas. Valeria entró con su carpeta bajo el brazo, concentrada, dispuesta a dejar claro que ese era su territorio.

Se sentó en su lugar habitual.

Segundos después, la silla frente a ella se movió.

—¿Este asiento está ocupado? —preguntó una voz masculina.

Valeria alzó la vista. Era él.

—Sí —respondió sin rodeos—. Lo está.

Damián arqueó una ceja, divertido.

—Curioso. No vi ningún nombre.

—No necesito ponerlo —replicó ella—. Todos aquí lo saben.

Un silencio incómodo se instaló alrededor. Damián sostuvo su mirada unos segundos más, como si evaluara si insistir o retirarse.

Finalmente, se sentó de todos modos.

—Entonces tendremos que compartir —dijo con tranquilidad.

Valeria apretó la mandíbula.

—No comparto lo que me he ganado.

La sonrisa de Damián se ensanchó apenas.

—Me gustan las personas seguras de sí mismas.

—Y a mí no me gustan los intrusos.

El director carraspeó, interrumpiendo el intercambio.

—Basta. Vamos a lo importante.

Mientras la reunión avanzaba, Valeria expuso con claridad, precisión y seguridad. Cada palabra estaba calculada. Cada dato respaldado. Era su proyecto. Su esfuerzo. Su oportunidad.

Y, aun así, sentía la mirada de Damián sobre ella.

No como la de un jefe.
No como la de un colega.
Sino como la de un rival.

Cuando terminó, él fue el primero en hablar.

—Interesante enfoque —dijo—. Aunque creo que podría ir más lejos.

Valeria giró lentamente hacia él.

—¿Más lejos… o más arriesgado sin necesidad?

Algunos reprimieron una sonrisa. Otros contuvieron el aliento.

—El progreso siempre incomoda —respondió Damián—. Si no incomoda, no vale la pena.

—O tal vez solo es ego disfrazado de ambición.

Los ojos de él brillaron. No de enojo. De interés.

—Veo que vamos a llevarnos bien.

—No lo creo.

El director los observó en silencio, pensativo.

Valeria no lo sabía aún, pero en ese momento acababa de empezar algo mucho más grande que una rivalidad laboral.

Porque algunas guerras no comienzan con gritos.
Comienzan con miradas sostenidas demasiado tiempo.

Y a veces, el enemigo más peligroso…
es el que despierta algo que juraste no volver a sentir.




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