A la fuerza del deseo

Capítulo 2: Territorio Enemigo

Valeria llevaba diez minutos mirando la misma diapositiva sin verla realmente.

El reflejo del vidrio de la sala de juntas le devolvía una imagen que no le gustaba: hombros tensos, labios apretados, la mente girando alrededor de una sola persona.

Damián Cruz.

No debería importarle. No era la primera vez que alguien llegaba creyendo que podía desplazarla. El problema era que él no solo lo creía… tenía con qué hacerlo.

—Empezamos —anunció el director general, rompiendo el silencio—. Este proyecto definirá el futuro del departamento. Quiero resultados, no egos.

Valeria sintió la indirecta como un golpe suave pero preciso.

Damián, en cambio, se recostó en su silla con una tranquilidad insultante.

—Estoy listo —dijo—. Tengo una propuesta clara y viable.

Valeria giró la cabeza hacia él, fulminándolo con la mirada.

—Qué coincidencia —respondió—. Yo llevo meses trabajándola.

Las miradas del resto del equipo iban y venían entre ellos, como si presenciaran el inicio de algo peligroso.

—Entonces será interesante compararlas —replicó Damián sin perder la calma—. Que gane la mejor.

La mejor.
No el mejor.

Valeria sonrió, pero era una sonrisa afilada.

—Me parece justo.

Lo que no era justo era la forma en que él hablaba. Seguro. Dominante. Como si el espacio ya le perteneciera.

Cuando llegó su turno, Valeria se levantó. Su voz era firme, clara. Cada palabra tenía peso. Había aprendido a sobrevivir en ese mundo sin pedir permiso.

—Este proyecto no necesita grandilocuencia —explicó—. Necesita precisión, coherencia y compromiso real con el cliente.

Algunos asentían. Otros tomaban notas.

Damián la observaba sin interrumpirla, con una atención que la incomodaba más de lo que quería admitir.

Cuando terminó, hubo un breve silencio.

—Bien —dijo el director—. Ahora, Cruz.

Damián se levantó con la seguridad de quien ha estado en el centro del escenario toda su vida.

—Coincido con Valeria en algo —empezó—: esto no va de impresionar, sino de impacto. Pero el impacto requiere riesgo.

Valeria cruzó los brazos.

—El riesgo innecesario es una excusa para los errores —murmuró.

Él la escuchó. Claro que la escuchó.

—No cuando sabes exactamente lo que estás haciendo —replicó, mirándola directo a los ojos.

El choque fue silencioso, pero brutal.

Cuando la reunión terminó, la decisión cayó como una bomba.

—Trabajarán juntos —dictaminó el director—. Codirigirán el proyecto.

Valeria sintió que el estómago se le hundía.

—¿Juntos? —repitió.

—¿Algún problema? —preguntó él.

—Ninguno —respondió ella, sin mirarlo—. Solo espero que sepa no estorbar.

Damián soltó una risa baja.

—Prometo hacerlo interesante.

El primer día de trabajo conjunto fue un desastre.

Damián reorganizó carpetas sin avisar. Valeria cambió cronogramas sin consultarlo. Cada decisión era un pulso, cada comentario una provocación.

—No puedes modificar eso así —le reclamó él—. Afecta todo el flujo.

—Lo que afecta el flujo es tu obsesión por imponer —respondió ella—. Esto no es tu reino.

Él se acercó demasiado.
Demasiado.

—No me molesta compartir el poder —dijo en voz baja—. Pero no pienso cederlo.

Valeria alzó la barbilla.

—Entonces acostúmbrate a perder.

Por un segundo, algo cruzó el rostro de Damián. No era enojo. Era interés.

Y eso la irritó aún más.

Esa noche, Valeria llegó a su departamento exhausta. Tiró el bolso sobre el sillón y se dejó caer junto a él.

No entendía por qué le afectaba tanto.

No era solo el trabajo.
Era la forma en que Damián la desafiaba sin pedir disculpas.
La forma en que no retrocedía.
La forma en que parecía verla… de verdad.

Sacudió la cabeza.

—No —se dijo—. No voy a caer en eso.

Pero al cerrar los ojos, la imagen que apareció no fue la del proyecto.
Fue la de sus ojos sosteniéndole la mirada como si el mundo se redujera a ese choque constante.

Al mismo tiempo, en otro punto de la ciudad, Damián servía un vaso de whisky y miraba por la ventana.

Valeria Ríos no era como los demás.

No se intimidaba.
No se rendía.
No buscaba agradarle.

Y eso la hacía peligrosa.

—Esto va a ser complicado —murmuró.

Sonrió.

—Y completamente inevitable.




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