A la fuerza del deseo

Capítulo 4: Choque De Egos

El problema de trabajar con alguien como Damián Cruz no era su talento.

Era que sabía que lo tenía.

Valeria lo descubrió esa misma semana, cuando la directiva pidió una simulación urgente del proyecto para un cliente clave. Sin tiempo. Sin margen de error. Sin segundas oportunidades.

—Tenemos veinticuatro horas —anunció el director—. Quiero algo sólido.

Valeria ya estaba reorganizando mentalmente tareas cuando Damián habló.

—Yo me encargo de la estrategia visual —dijo—. Valeria puede pulir el enfoque técnico.

El puede le sonó a orden.

—No —respondió ella al instante—. Yo definí la estructura desde el inicio.

—Y funciona —concedió él—. Pero no impacta.

Las miradas se clavaron en ellos.

—¿Eso lo decides tú? —replicó Valeria—. ¿O es otra de tus mejoras no solicitadas?

Damián sonrió apenas, pero sus ojos se endurecieron.

—Lo decide el resultado.

El director levantó una mano.

—Basta. Divídanse el trabajo. No tenemos tiempo para medir orgullos.

Pero eso era exactamente lo que estaban haciendo.

Horas después, la oficina estaba casi vacía. El cielo oscuro se reflejaba en los ventanales, y la luz artificial volvía todo más tenso, más íntimo.

Valeria tecleaba con rapidez, concentrada, hasta que notó movimiento a su lado.

—¿Siempre trabajas así? —preguntó Damián—. Como si el mundo fuera a acabarse.

—Solo cuando me importa —respondió sin mirarlo.

—Entonces esto sí te importa.

Ella se detuvo.

—No confundas compromiso con obsesión.

—No lo hago —replicó—. Yo también sé reconocerla.

Valeria se levantó de golpe.

—Escucha bien, Cruz. No voy a competir contigo para demostrar quién es mejor.

—Mentira —dijo él con calma—. Eso es exactamente lo que estás haciendo.

Ella dio un paso hacia él.

—Porque tú viniste a desafiarme.

—Porque tú no soportas que alguien esté a tu nivel.

Las palabras chocaron como una chispa.

—No sabes nada de mí.

—Sé que no retrocedes —respondió—. Sé que odias perder el control. Y sé que cuando algo te importa de verdad, te juegas todo.

Valeria lo miró con furia.

—¿Eso crees?

—Lo veo.

El silencio se volvió espeso. Demasiado cargado.

—No me analices —dijo ella en voz baja—. No tienes derecho.

—Entonces deja de mirarme como si yo fuera el enemigo.

—Lo eres.

Damián se acercó un poco más. Demasiado.

—No —corrigió—. Soy el reflejo que no quieres ver.

Valeria sintió el pulso acelerarse. No de miedo. De rabia. De algo más peligroso.

—Aléjate —ordenó.

—¿O qué?

La pregunta quedó suspendida entre ambos.

Por un segundo, Valeria pensó que iba a empujarlo. Que iba a decir algo de lo que no podría retractarse. Que iba a cruzar una línea invisible.

En lugar de eso, pasó a su lado sin tocarlo.

—No vuelvas a hablarme así —dijo—. Nunca.

Damián la observó alejarse, con el pecho tenso.

—Eso va a ser difícil —murmuró—. Porque ya empezaste tú.

A la mañana siguiente, el proyecto fue un éxito.

Aplausos. Felicitaciones. Reconocimiento compartido.

Valeria sonrió para los demás, pero por dentro solo sentía una cosa:

Había ganado.

Y aun así, la mirada de Damián al otro lado de la sala le hizo entender algo inquietante.

Aquella rivalidad no se trataba solo de poder.
Ni de trabajo.
Ni de orgullo.

Se trataba de dos fuerzas que se negaban a ceder.

Y el choque…
apenas estaba comenzando.




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