La competencia dejó de ser silenciosa.
Valeria lo notó el día en que su nombre apareció junto al de Damián en el correo general, resaltado en negritas, como si fueran un solo bloque.
Responsables del proyecto principal.
No codirectores.
No equipo.
Responsables.
—Genial —murmuró, cerrando el correo con más fuerza de la necesaria.
En la oficina, los comentarios comenzaron de inmediato. Miradas curiosas. Susurros que se apagaban cuando ella pasaba. Valeria estaba acostumbrada a que hablaran de su trabajo, no de una rivalidad que ya parecía espectáculo.
—¿Así que ahora son dupla? —preguntó Sofía durante el café—. Se nota la tensión desde lejos.
—No somos nada —respondió Valeria—. Solo coincidimos en un proyecto.
Sofía levantó una ceja.
—Claro. Coinciden chocando.
Valeria no respondió, pero sabía que era cierto.
Ese mismo día, la directiva anunció un nuevo incentivo: el responsable que lograra mejores métricas en la primera fase del proyecto sería propuesto para liderar el siguiente contrato internacional.
Un ascenso no oficial.
Una oportunidad única.
Damián la miró desde el otro extremo de la sala. No sonrió. No provocó. Solo asintió, como si aceptara el desafío sin palabras.
Valeria sintió algo cerrársele en el pecho.
No iba a perder.
Las semanas siguientes fueron una carrera constante.
Valeria llegaba temprano. Damián se quedaba hasta tarde. Ella afinaba detalles técnicos. Él pulía la estrategia externa. Cada avance de uno empujaba al otro a ir más lejos.
—No puedes asumir ese plazo —le dijo ella una tarde—. Es irreal.
—Lo es si no confías en el equipo —replicó él.
—O si no vendes promesas vacías.
—¿Eso crees que hago?
—Eso veo.
El intercambio fue observado por todos. Nadie intervenía ya. Era como ver dos fuerzas opuestas empujándose sin retroceder.
Pero en medio de la competencia, algo comenzó a cambiar.
Valeria empezó a notar detalles que no quería ver.
La forma en que Damián escuchaba al equipo.
Cómo defendía una idea ajena si creía en ella.
Cómo asumía errores sin buscar culpables.
Una noche, cuando ella olvidó comer por quedarse ajustando cifras, él dejó un café junto a su computadora sin decir una palabra.
Valeria lo miró, desconcertada.
—No necesitaba eso.
—Lo sé —respondió él—. Pero igual lo hice.
No fue una tregua.
No fue un gesto amable.
Fue algo incómodo.
El día de la presentación parcial llegó demasiado rápido.
Valeria expuso con seguridad. Damián cerró con una propuesta contundente. El resultado fue claro: la directiva estaba impresionada.
—Buen trabajo —dijo el director—. Ambos.
Ambos.
Valeria sintió una mezcla extraña. Orgullo. Frustración. Alivio.
Cuando salieron de la sala, Damián caminó a su lado.
—No estuviste mal —dijo.
—Tampoco tú —respondió ella.
Se miraron, casi sorprendidos de no estar peleando.
—Esto no cambia nada —añadió Valeria.
—No —coincidió él—. Solo confirma algo.
—¿Qué cosa?
Damián se detuvo.
—Que si uno de los dos cae… el otro también.
Valeria sostuvo su mirada. Por primera vez, no vio arrogancia. Vio reconocimiento.
Y eso fue más peligroso que cualquier discusión.
Porque competir con un enemigo era fácil.
Pero competir con alguien que empezaba a importarte…
Eso podía destruirte.
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Editado: 31.01.2026