La calma duró exactamente veinticuatro horas.
Valeria lo supo en el instante en que entró a la sala de juntas y vio a una mujer sentada en la cabecera que no reconocía.
Elegante. Segura. Sonrisa medida.
Demasiado cómoda para ser una invitada.
—Buenos días —dijo la mujer, levantándose—. Soy Lucía Herrera. Consultora externa.
Valeria sintió cómo algo se tensaba en su pecho cuando Damián entró detrás de ella y se detuvo en seco.
—Lucía… —murmuró él.
Ese tono.
Ese leve cambio en su voz.
No le gustó.
—Vaya —respondió Lucía, observándolo con interés—. Pensé que llegarías más tarde.
Valeria tomó asiento sin decir nada, pero cada músculo de su cuerpo estaba alerta.
—¿Desde cuándo tenemos una consultora externa? —preguntó, directa.
—Desde hoy —respondió uno de los directivos—. La segunda fase requiere una evaluación independiente. Lucía trabajará con ustedes… muy de cerca.
Lucía sonrió.
—Especialmente contigo, Damián.
Valeria no apartó la mirada de él.
—¿Se conocen? —preguntó.
Damián tardó medio segundo más de lo normal en responder.
—Sí.
Eso fue todo.
La reunión fue un desastre silencioso.
Lucía intervenía con naturalidad, cuestionaba decisiones, proponía cambios… y, sin pedir permiso, se alineaba con Damián más de lo necesario.
—Eso ya lo habíamos considerado —decía él.
—Lo sé —respondía ella—. Lo hablamos hace tiempo, ¿recuerdas?
Valeria apretó la mandíbula.
No sabía qué había pasado entre ellos, pero sabía que había pasado algo.
Y le molestaba más de lo que quería aceptar.
—Necesito hablar contigo —dijo Valeria apenas salieron de la sala.
—Ahora no —respondió Damián—. Lucía quiere revisar unos datos.
—Entonces que espere.
Lucía alzó una ceja, divertida.
—No hay prisa —dijo—. Siempre puedo esperar.
Pero no se movió.
Valeria bajó la voz.
—No me dijiste que tenías historial con la consultora.
—Porque no es relevante —respondió Damián.
—Lo es cuando afecta el proyecto.
—¿O cuando te incomoda a ti?
Valeria lo miró, fulminante.
—No juegues a eso.
Lucía dio un paso adelante.
—Si hay un problema, puedo irme —dijo—. Pero sería una pena. Damián y yo trabajamos muy bien juntos.
Silencio.
Valeria sintió el impulso irracional de decir algo cruel. Algo que marcara territorio.
Se contuvo.
—Perfecto —dijo al final—. Trabajemos.
Pero por dentro, algo ya estaba ardiendo.
Esa noche, Valeria no pudo concentrarse. Abrió el archivo del proyecto… y lo cerró. Miró su teléfono varias veces, esperando un mensaje que no llegaba.
Cuando finalmente se levantó para irse, lo vio.
Damián estaba en el estacionamiento.
Con Lucía.
No había contacto físico. No risas exageradas. Solo cercanía. Demasiada.
Valeria pasó de largo sin que la vieran.
O eso creyó.
—Valeria.
Se detuvo.
Damián se acercó.
—No es lo que parece —dijo.
Ella lo miró con frialdad.
—No te pregunté nada.
—Lucía es parte del proceso.
—Entonces aprende a separar lo profesional de lo personal.
—Eso intento —respondió él—. ¿Y tú?
Valeria tragó saliva.
—Yo no mezclo nada.
Damián la observó como si supiera que estaba mintiendo.
—Ten cuidado —dijo—. Esto apenas empieza.
Valeria se dio la vuelta.
Mientras se alejaba, una idea incómoda se instaló en su mente:
No era solo rivalidad lo que sentía.
No era solo orgullo.
Era miedo.
Miedo de perder el control.
Y, peor aún…
miedo de perderlo a él.
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Editado: 31.01.2026