A la fuerza del deseo

Capítulo 9: Decisiones Que Arden

Damián se enteró por un tercero.

No por Valeria.
No por una conversación incómoda ni por un mensaje honesto.

Se enteró en una reunión de logística, cuando el director regional mencionó, casi como un detalle sin importancia:

—Con el traslado de Valeria a la segunda sede, tendremos que redistribuir responsabilidades.

Damián levantó la vista de golpe.

—¿Qué traslado?

La sala quedó en silencio.

—¿No lo sabías? —preguntó alguien—. Ella aceptó ayer por la noche.

El resto de la reunión pasó sin que Damián escuchara una sola palabra más.

Valeria estaba revisando contratos cuando él entró a su oficina sin tocar.

—¿Te vas? —preguntó, directo.

Ella alzó la vista con calma forzada.

—Sí.

—¿Cuándo pensabas decírmelo?

—Cuando estuviera cerrado.

—Está cerrado —respondió—. Lo anunciaron en una reunión.

Valeria cerró la carpeta lentamente.

—No era tu asunto.

—Claro que lo es.

—No, Damián —dijo ella, poniéndose de pie—. No lo es. No somos nada.

Él dio un paso adelante.

—Entonces dime por qué huiste.

—No estoy huyendo.

—Mentira.

Valeria apretó los labios.

—Estoy eligiendo no complicar las cosas.

—¿Conmigo? ¿O contigo?

Ella lo miró con una mezcla peligrosa de orgullo y algo más vulnerable.

—No todo gira en torno a ti.

—Lo sé —respondió él—. Pero casualmente, cada vez que damos un paso adelante… tú te vas.

El silencio cayó pesado entre ambos.

—Lucía fue solo el detonante —continuó Damián—. Esto ya estaba pasando antes.

Valeria sintió el golpe directo al pecho.

—No sabes nada.

—Sé que me miras distinto —dijo—. Sé que te importa. Y sé que te asusta.

—¿Y a ti no? —espetó ella—. ¿O acaso te gusta perder el control?

Damián sonrió, pero no había humor en su rostro.

—Me aterra.

Eso la desarmó más que cualquier grito.

—Entonces entiende mi decisión —dijo ella, bajando la voz—. Alejarme es lo único sensato.

—¿Sensato o cobarde?

Valeria lo empujó con palabras, no con manos.

—No vuelvas a hablarme así.

—Entonces no tomes decisiones que nos rompen sin decir una sola palabra.

El aire estaba cargado. Demasiado.

Valeria dio un paso atrás.

—Me voy en dos semanas.

Damián la miró como si acabara de perder algo importante.

—Entonces aprovecha ese tiempo —dijo—. Porque después… no sé si quiera seguir fingiendo que no pasa nada.

Se fue sin mirar atrás.

Esa noche, Valeria no durmió.

Y Damián tampoco.

Ambos sabían que el tiempo se había vuelto un enemigo.

Dos semanas.
Catorce días para sostener una guerra que ya no era solo profesional.

Y cada día que pasara…
el deseo iba a doler más.




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