A la fuerza del deseo

Capítulo 10: Lo Que No Se Dice

La convivencia forzada empezó al día siguiente.

La directiva decidió que, antes del traslado, Valeria y Damián debían cerrar juntos la transición del proyecto. Traducción: más reuniones, más horas compartidas, menos escapatoria.

Valeria llegó temprano a la sala de trabajo. Dejó su bolso en la silla y abrió su laptop como si eso pudiera construir un muro invisible. No funcionó.

Damián entró minutos después. No dijo nada. Tampoco ella.

Trabajaron.

En silencio.

Ese silencio no era cómodo ni hostil. Era denso. Lleno de palabras que ninguno quería pronunciar.

—El proveedor cambió las condiciones —dijo Valeria, rompiendo al fin la quietud—. Si aceptamos, perdemos margen.

Damián se inclinó para mirar la pantalla. Sus hombros casi se tocaron.

—Podemos renegociar —respondió—. Pero tendremos que ceder en tiempos.

Valeria asintió. Tomó nota. Su mano rozó la de él sin querer.

Fue un segundo.
Suficiente.

Ambos se apartaron al mismo tiempo.

—Lo siento —dijeron a la vez.

Se miraron. Una risa breve, nerviosa, se escapó de Valeria.

—Esto es ridículo —murmuró.

—Un poco —admitió Damián—. Antes nos gritábamos. Ahora ni siquiera podemos rozarnos.

—Antes no importaba.

—Ahora sí.

Valeria levantó la vista.

—No digas eso.

—¿Por qué? —preguntó él—. ¿Porque lo hace real?

Ella cerró la laptop con más fuerza de la necesaria.

—Porque no cambia nada.

Damián la observó en silencio. Luego habló más despacio.

—¿Te vas porque crees que no siento lo mismo… o porque sabes que sí?

Valeria tragó saliva.

—No tienes derecho a preguntarme eso.

—Tampoco tenías derecho a irte sin decir nada —respondió él—. Y aun así lo hiciste.

Se levantó y fue hacia la ventana. La ciudad se extendía abajo, indiferente a su conflicto.

—¿Sabes qué es lo peor? —continuó—. Que cuando discutimos, todo era claro. Éramos enemigos. Sabía dónde estaba parado.

—¿Y ahora? —preguntó Valeria, casi en un susurro.

Damián se giró.

—Ahora me importas.

Las palabras cayeron pesadas, sin dramatismo, sin adornos.

Valeria sintió cómo algo se aflojaba en su pecho. Caminó hasta quedar frente a él, manteniendo una distancia mínima, frágil.

—No sabes cuánto me esfuerzo por no escucharte decir eso —confesó—. Porque si lo acepto… ya no puedo fingir.

—No finjas —dijo él—. No conmigo.

Valeria dudó. Luego, con un gesto pequeño pero decisivo, apoyó la frente en su hombro.

No fue un beso.
No fue una caricia explícita.

Fue peor.

Fue confianza.

Damián se quedó quieto, sorprendido. Lentamente, levantó una mano y la dejó descansar en su espalda, sin apretar, sin exigir.

—No voy a retenerte —dijo—. Pero no me dejes pensando que no significó nada.

Valeria cerró los ojos.

—Eso es lo único que no puedo prometer.

Se separó antes de que el momento creciera demasiado. Antes de que cruzaran una línea que ya temblaba.

Cuando salió de la sala, Damián se quedó mirando la puerta cerrada.

Sabía una cosa con certeza:
si ella se iba, no sería sin dejar cicatrices.

Y si se quedaba…
nadie saldría ileso.




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