A la fuerza del deseo

Capítulo 11: A Simple Vista

El evento era una vitrina perfecta.

Demasiado perfecta.

Valeria lo supo en cuanto entró al salón principal del hotel: luces cálidas, música suave, ejecutivos con copas en la mano y sonrisas calculadas. Todo diseñado para aparentar control.

Justo lo que ella estaba a punto de perder.

—Relájate —murmuró Damián a su lado—. Solo es una presentación.

—Nunca es “solo” eso —respondió ella, ajustándose la chaqueta.

Se colocaron frente al escenario mientras los asistentes tomaban asiento. Desde fuera, parecían un equipo sólido. Coordinados. Profesionales. Impecables.

Desde dentro, la tensión era casi física.

Valeria presentó los avances con precisión quirúrgica. Damián complementó con cifras y proyecciones. No se interrumpieron. No se corrigieron. Funcionaban como si llevaran años haciéndolo.

Los aplausos fueron inmediatos.

—Impresionante —dijo alguien desde la primera fila—. Se nota la química entre ustedes.

Valeria sonrió. Damián también.

La palabra quedó flotando.

Después de la presentación, llegaron las preguntas. Comentarios. Felicitaciones. Y entonces, inevitablemente, las curiosidades personales disfrazadas de interés profesional.

—¿Seguirán trabajando juntos en la segunda fase? —preguntó una mujer del consejo.

Valeria sintió la mirada de Damián sobre ella.

—No —respondió, rápida—. Yo me traslado a la segunda sede.

—¿En serio? —intervino otro ejecutivo—. Es una pena. Hacen una dupla muy… interesante.

—Las decisiones estratégicas a veces requieren sacrificios —añadió Valeria.

—¿Y Damián? —preguntó alguien más—. ¿Cómo se queda con la partida de su socia estrella?

Valeria se tensó.

—No soy su socia —dijo—. Solo coincidimos en este proyecto.

Damián la miró. No la contradijo.

—El proyecto seguirá adelante —respondió él—. Como debe ser.

Las preguntas continuaron, pero algo había cambiado. Valeria lo sentía. Cada respuesta era una pequeña mentira. Cada sonrisa, una máscara.

Más tarde, en la terraza, Valeria se apoyó en la barandilla para tomar aire. El murmullo del evento quedaba atrás.

—Mentiste —dijo Damián, acercándose.

—Fue necesario.

—No para ellos —respondió—. Para ti.

Valeria cerró los ojos un instante.

—No iba a dar explicaciones personales frente a medio consejo.

—No te pedían eso —dijo él—. Solo honestidad.

Ella giró hacia él.

—La honestidad complica las cosas.

—La mentira también —replicó—. Solo que a largo plazo.

El viento movió un mechón de su cabello. Damián levantó la mano como si fuera a apartarlo… y se detuvo.

—¿Te avergüenza que nos vean juntos? —preguntó.

—No.

—Entonces, ¿por qué negarlo?

Valeria lo miró a los ojos.

—Porque si empiezo a admitirlo, no sé dónde termina.

Damián sonrió, triste.

—Ahí está el problema —dijo—. Yo sí quiero saberlo.

El silencio se llenó de cosas no dichas.

—Me voy temprano —añadió ella—. Ha sido un día largo.

—Valeria —dijo él—. No tienes que cargar esto sola.

Ella negó con la cabeza.

—Siempre lo he hecho.

Se fue sin mirar atrás.

Desde la terraza, Damián la vio alejarse entre la gente. Por primera vez, entendió que el mayor conflicto no era el trabajo, ni Lucía, ni el traslado.

Era el miedo de Valeria a dejarse ver.

Y sabía que ese miedo…
podía romperlos antes de que siquiera existieran.




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