Valeria no durmió.
No porque no pudiera, sino porque cada vez que cerraba los ojos, su mente volvía al mismo lugar: una semana. Una decisión. Un miedo que ya no podía esconder detrás del trabajo.
A las siete de la mañana ya estaba vestida, café en mano, revisando el contrato de traslado por enésima vez. Todo era claro. Frío. Perfecto.
Demasiado perfecto.
El mensaje llegó a las ocho en punto.
Lucía: ¿Tienes un momento? Es importante.
Valeria dudó antes de responder. Luego escribió un seco Cinco minutos.
Se encontraron en una cafetería cercana. Lucía ya estaba sentada, impecable como siempre.
—No suelo andar con rodeos —dijo, sin preámbulos—. Damián y yo tenemos historia.
Valeria mantuvo el rostro impasible.
—Eso ya lo imaginaba.
—No terminó mal —continuó Lucía—. Terminó inconclusa. Y eso siempre deja puertas abiertas.
Valeria sostuvo su mirada.
—¿Y esto a qué viene?
Lucía entrelazó los dedos.
—A que te vas. Y cuando lo hagas, el proyecto seguirá. Yo también. Con él.
Ahí estaba. La carta final.
—No soy un obstáculo que se quite del camino —respondió Valeria, firme.
—No —admitió Lucía—. Eres una elección. Y él aún no ha elegido.
Valeria se levantó.
—Gracias por la sinceridad —dijo—. Pero no te corresponde decidir por ninguno de los dos.
Lucía sonrió con calma peligrosa.
—Veremos.
Valeria llegó a la oficina con el pulso acelerado. Caminó directo a la sala de trabajo… y se detuvo en seco.
Damián estaba allí.
Pero no estaba solo.
Dos directivos lo acompañaban, revisando documentos. Al verla, uno de ellos habló:
—Valeria, justo a tiempo. Damián nos estaba informando de un cambio.
Ella miró a Damián, desconcertada.
—He pedido una modificación en la estructura del proyecto —dijo él, mirándola de frente—. Si Valeria se queda, asumo parte de la responsabilidad operativa para cubrir el ajuste.
El aire se fue del lugar.
—¿Qué? —susurró ella cuando los directivos se alejaron unos pasos.
—Lo que escuchaste —respondió él—. Hay otra opción.
—No tenías derecho a hacer eso sin consultarme.
—Lo sé —admitió—. Pero necesitabas saber que no estás sola cargando esto.
Valeria lo miró, entre furia y algo peligrosamente cercano a la emoción.
—Esto te pone en riesgo.
—También tú —respondió—. Y aun así ibas a irte sin mirar atrás.
Se quedaron frente a frente.
—Lucía habló conmigo —dijo Valeria.
Damián frunció el ceño.
—¿Qué te dijo?
—Que tú aún no eliges.
Él dio un paso adelante.
—Está equivocada.
—Entonces dime —pidió Valeria—. Aquí. Ahora.
Damián respiró hondo.
—Si te vas, lo aceptaré —dijo—. Pero no porque no me importes. Sino porque me importa demasiado para retenerte.
El silencio se quebró.
Valeria sintió que algo dentro de ella cedía. El orgullo. El miedo. La necesidad de tener siempre el control.
—Dame hoy —dijo—. No un día. Hoy.
Damián asintió.
—Te espero.
Cuando Valeria se quedó sola, miró el contrato en su bolso.
Por primera vez, no lo vio como una salida.
Sino como una renuncia.
Y aún no estaba lista para firmarla.
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Editado: 31.01.2026