Valeria sostuvo el contrato entre los dedos como si quemara.
No lo firmó.
Tampoco lo rompió.
Salió de la oficina con una claridad inquietante: huir siempre había sido su manera de sobrevivir. Pero esta vez, quedarse también daba miedo.
—Valeria.
Lucía la esperaba junto a los elevadores. No parecía sorprendida.
—¿Vienes a despedirte? —preguntó con suavidad calculada.
—Vengo a poner límites —respondió Valeria.
Lucía ladeó la cabeza.
—Los límites funcionan cuando ambas partes los respetan.
—Funcionan cuando alguien se atreve a decirlos —replicó Valeria—. Tú no decides por mí. Ni por Damián.
—No —admitió Lucía—. Pero sí conozco sus patrones.
Valeria dio un paso al frente.
—Y yo conozco los míos. Y no voy a repetirlos.
Lucía sostuvo su mirada un segundo más, luego sonrió.
—Entonces ya decidiste.
—Sí.
—Suerte —dijo Lucía—. La vas a necesitar.
Las puertas del ascensor se cerraron entre ellas.
Damián estaba en la sala de trabajo, solo, cuando Valeria entró. Levantó la vista al sentirla.
—¿Y bien? —preguntó.
Valeria dejó el contrato sobre la mesa. Sin firmar.
—No me voy.
Damián parpadeó, incrédulo.
—¿Estás segura?
—No —respondió ella—. Pero estoy cansada de elegir lo que no duele.
Él se acercó despacio, como si cualquier movimiento brusco pudiera romper el momento.
—No te prometo que será fácil.
—No quiero fácil —dijo Valeria—. Quiero real.
Damián se detuvo frente a ella. La miró como si estuviera viendo algo que llevaba tiempo esperando.
—He intentado mantener distancia —confesó—. Ser profesional. No cruzar líneas.
—Yo también.
—Pero cada vez que te alejas —continuó—, siento que pierdo algo que aún no he tenido.
Valeria alzó la mano y apoyó los dedos en su pecho. Sintió el latido acelerado.
—Entonces deja de perderlo.
Damián no respondió con palabras.
La besó.
No fue suave. No fue impulsivo. Fue contenido durante demasiado tiempo. Valeria respondió de inmediato, como si su cuerpo hubiera estado esperando permiso.
El mundo se redujo a ese punto de contacto. A la certeza brutal de que ya no había vuelta atrás.
Cuando se separaron, ambos respiraban con dificultad.
—Esto cambia todo —murmuró Valeria.
—Sí —respondió Damián—. Y aun así… no me arrepiento.
Ella negó con la cabeza, una sonrisa temblorosa en los labios.
—Yo tampoco.
Se quedaron allí, apoyados uno contra el otro, conscientes de que acababan de cruzar una frontera invisible.
Afuera, el proyecto seguía.
Lucía seguía.
Las consecuencias también.
Pero por primera vez, Valeria no pensó en escapar.
Pensó en quedarse.
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Editado: 31.01.2026